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De las crisis irrisorias *
Baltasar Gracián

 

Es tan fácil esta agudeza, cuan gustosa, porque sobre la ajena necedad todos discurren y todos se adelantan antes al convicio que al encomio; pero el ingenioso por naturaleza, aquí dobla su intención. La sutileza destos conceptos consiste en notar en otros la simplicidad; de suerte que difiere esta especie de crisis de la pasada, en que aquélla censura el artificio ajeno en el proceder, ésta la falta dél; aquélla la malicia; ésta, la sencillez o la necedad. Gran epigrama, éste de Bartolomé Leonardo, para ejemplo:

El metal sacro en Julio Celsa suena,
Émulo de proféticos alientos,
Que nos previene a insignes movimientos
Con propio impulso y sin industria ajena.
Ofusca el sol su faz limpia y serena,
Arrojando esplendores macilentos,
Y sacudido el orbe de portentos,
Se aflige y brama en su fatal cadena.
Y mientras que el horror de lo futuro
Los ánimos oprime o los admira,
Tú, Cremes, obstinado en tus amores,
Remites a los cetros la gran ira,
Y adulas a tu Pánfila con flores,
Deshonesto, decrépito y seguro.

Sólo puede competirle este otro de tan su igual, como de Lupercio, tan su hermano, que fueron los dos mellizos hijos de la más hermosa de las nueve:

Llevó tras sí los pámpanos octubre,
Y con iguales lluvias insolente,
No sufre Ibero márgenes, ni puente,
Mas antes los vecinos campos cubre.
Moncayo, como suele, ya descubre
Coronada de nieve la alta frente,
Y al sol apenas vemos en Oriente,
Cuando la opaca tierra nos lo encubre.
Sienten el mar y selvas ya la saña
Del Aquilón, y encierra su bramido
Gente en el puerto, y gente en la cabaña.
Y Fabio, en el umbral de Tais tendido,
Con vergonzosas lágrimas lo baña,
Debiéndolas al tiempo que ha perdido.

Concluye floridamente con la extremada improporción, que hace más picante el concepto. Frecuento estos grandes autores en los ejemplos, porque dan alma de agudeza a lo que dicen; los que no propongo a la imitación, no es no por haberlos visto casi todos, sino porque los hallo sin espíritu de concepto; forman muchos libros, cuerpos, pero sin alma conceptuosa.

Da materia a este modo de conceptear de ordinario la desproporción del que obra, y glósala con gracia el que censura. Fue raro Marcial en este género de agudeza. A Basa, que tenía el servicio de oro y el vaso en que bebía de vidrio, la dijo:

Ventris onus misero, nec te pudet, excipis auro,
Basa: bibis vitro: carius ergo, et c[acas].

Qué ajustadamente y con qué propiedad traduce don Manuel Salinas:

Basa, en el vidrio beber,
Y en el oro fino purgar,
Gusto es particular,
Más te cuesta proveer.

Censúrase comúnmente la diversidad o contraposición de los adyacentes del sujeto, aquella contrariedad que hay entre ellos, que es la que funda la desproporción. Así Horacio pondera la variedad de los músicos, que rogados comienzan, y después nunca acaban:

Omnibus hoc vitium est Cantoribus inter amicos,
Ut numquam inducant animum cantare rogati,
Injusi numquam desistant. Sardus habebat
Ille Tigellius hoc. Caesar qui cogere posset
Si peteret per amicitiam patris, atque suam non
Quidquam proficeret. Si collibuisset, ab ovo
Usque ad mala citaret.

Otras veces se nota la improporción entre diferentes sujetos, ponderando la simplicidad en todos. Discurrió con mucha donosidad, como solía, el maestro Fray Hernando de Santiago, el mayor orador de su siglo, ornamento de la sagrada familia de Nuestra Señora de la Merced, en el sermón segundo de Cuaresma, y en la consideración tercera, dice: Siempre el pecador estos trabajos, enfermedades y muertes los mira como en casa ajena. Muere un mozo fuerte, recio y de gran salud, y dice el viejo: “Tan presto va el cordero, como el carnero; mozos desreglados, sin concierto, a la primera van”; muere el viejo anciano, y dice el mozo: “Ese naturalmente muere; todos los malogrados así”; muere un hombre enfermizo, que todas las coyunturas barruntan mejor los tiempos que las grullas, y a quien sus trabajos han hecho astrólogo. Dice el que vive sano: “Ese, años ha que estaba contado con los muertos”; muere el muy sano, dice el achacoso: “No hay que fiar en salud; éstos que nunca saben qué es mal, el primero los despacha”; muere el rico, dice el pobre: “Son glotones comedorazos; no hacen ejercicio, cierto es que han de morir esos”; muere el pobre, dice el rico: “Esos desdichados nunca comen sino mal pan; beben malas aguas, andan mal abrigados; duermen en el suelo; no tienen hora de vida segura”. Todos echan la muerte a casa ajena. La moralidad que tiene un punto de satírica, es muy gustosa, pero ha de ponderar en común para ir segura.

Tienen también su agradable variedad estos conceptos en su artificio, ya de su parte del objecto y de la desproporción censurada, ya del modo con que se zahiere. Cuando hay contrariedad en el objeto, se nota con plausibilidad. Así Lope, en su epitafio al inglés Enrico:

Más que desta losa fría
Cubrió, Enrique, tu valor,
De una mujer el amor
Y de un error la porfía.
¿Cómo cupo en tu grandeza
Querer, engañado inglés,
De una mujer a los pies,
Ser de la Iglesia la cabeza?

Doblar el desacierto es doblar el concepto. Censuraba uno a los mercaderes de aquella calle de Toledo, llamada Alcaná: ¡Oh, gente necia, de día sin mujeres, de noche sin haciendas! Decíalo, porque es toda de tiendas muy pequeñas, y así sus dueños los días están en ellas y las noches se vuelven a sus casas.

Aumenta también mucho la sutileza el encarecimiento con que se pondera la improporción, y si hay dos juntas, mejor. Así don Luis Carrillo, en este valiente epigrama al varón más valiente, digo a Sansón, nota dos improporciones: una en el juez que le condena y otra en él, que no vio los engaños de una mujer:

Verse duda Sansón, y duda el lazo
Lo que él duda. Sansón duda, y procura
Hurtarse fuerte en vano a la atadura;
Ella tiembla temor y fuerza el brazo.
Aquel valiente, aquel que de un abrazo
Puso puertas a un monte y su espersura,
Flaca para él –un tiempo– ligadura
Es a su libertad fuerte embarazo.
Llega el fiero juez, condena a muerte
Los ojos. Y él, risueño y sosegado,
Dijo (más, que su fuerte brazo, fuerte):
“Si tres veces de Dálila burlado
Sus engaños no vi, juez, advierte
Que a dellos estaba despojado”.

Por otro encarecimiento explica con su mucha erudición y sazonado estilo, Mateo Alemán, la sencillez del villano en decir que nunca supo amar, a la donosidad del pregonero en exclamar: “¡He aquí tu asno!” Célebre cuartilla fue ésta, del culto jurado, a una doble necedad:

No fiéis en promedio,
Pues que pecáis de contado;
Que quien no paga tentado,
Mal pagará arrepentido.

Las crisis que son a la ocasión y tomadas de la especialidad de las circunstancias, son las más ingeniosas, porque se conceptea con fundamento. Desta suerte, el doctor don Juan Orencio de Lastanosa, canónigo de la iglesia catedral de la ciudad de Huesca, varón de profundo juicio, conocida virtud, mucho saber, grave madurez, perfecto y cabal eclesiástico, suele ponderar que antes la piscina estaba arrimada al templo, con que le iba bien a la sombra de la limosna y caridad de los eclesiásticos, pero ahora la piscina de los hospitales se ha juntado a la sentina de las comedias, con que no le puede ir bien, sino muy mal. Está grandemente ponderado, y nótese el artificioso careo de los términos, la contraposición entre ellos, piscina con hospital, templo con teatro.

Del objecto especial se pasa con grande artificio a satirizar en común, y dase la doctrina por universidades, así como se dirá también en la agudeza sentenciosa. De un varón docto, tiranizando del indigno amor, toma ocasión Alciato para un elegante emblema, ponderando que bien bastaba haber sido ultrajada Palas, diosa de la sabiduría, de un mancebo liviano en competencia de Venus, y no ahora segunda vez de un alumno suyo, de quien debiera ser preferida a todas las demás.

Immersus studiis, dicundo, et jure peritus,
Et maximus libellio,
Helianiram amat, quantum nec Thracius unquam
Princeps sororis pellicem.
Pallada cur alio superasti judice Cypri?
Num sat sub Ida est vincere?

Satirízase en general con la misma sutileza y gracia, y nótanse las necedades comunes, que no es la menos principal parte de la sabiduría prudente. Así uno fingió la descendencia de los necios, diciendo: Que el Tiempo Perdido casó con la Ignorancia, tuvieron un hijo, a quien llamaron Pensé que; éste caso con la Juventud, en quien hubo muchos hijos, a No pensaba, No sabía, No di en ello, Quién creyera. Ésta casó con el Descuido, y tuvieron por hijos a Bien está, Mañana se hará, Tiempo hay, Otra ocasión vendrá. Tiempo hay casó con doña No pensaba, y tuvieron por hijos a Descuídeme, Yo me entiendo, No me engañará nadie, Déjese deso, Yo me lo pasaré. Yo me entiendo casó con la Vanidad, y tuvieron por hijos Aunque no queráis, Yo saldré con la mía, Galas quiero; ésta casó con No faltará, y de ellos nacieron Holguémonos, y la Desdicha, que tuvo por marido a Poco seso, y por hijos Bueno está eso, Qué le va a él, Paréceme a mí, No es posible, No me digas más, Una muerte debo a Dios, Ello dirá, Verlo héis, Excusado es el consejo, Esto es hecho, Aunque me maten, Diga quien dijere, Preso por mil, Qué se me da a mí, Nadie murió de hambre, No son lanzadas que dineros son. Enviudó Galas quiero, y casó segunda vez con la Necedad, y gastó todo su patrimonio; dijo el uno al otro: “Tened paciencia, que a censo tomaremos dineros con que nos holguemos este año y el otro; Dios proveerá”, y aconsejados con No faltará, hicieron así, y como al plazo no hubiese con qué pagar lo que debían al censo, el Engaño los metió a la cárcel. Fueron visitados por Dios hará merced. La Pobreza los llevó al hospital, donde acabaron la autoridad de Galas quiero y No miré en ello. Enterráronlos con su bisabuela, la Necedad; dejaron muchos hijos y nietos, que andan derramados y perdidos por el mundo. Contráense después, y aplícanse estas crisis generales a la ocasión con otra tanta agudeza.

No sólo se censura el desacierto moral, sino el material también. Así dijo Bartolomé Leonardo a una natural belleza, deslucida antes que ayudada del arte:

Quita ese afeite, oh, Lais, que se aceda,
Y él mismo en el olor su fraude acusa,
Déjanos ver tu rostro, y si rehusa
El despegarse, quítalo con greda.
¿Qué tirano la ley natural veda,
O qué murtas el diestro acero atusa,
Que alegren más que la beldad confusa
Del bosque inculto o bárbara arboleda?
Si lo blanco y lo purpúreo, que reparte
Dios con sus rosas, puso en tus mejillas
Con no imitable natural mixtura,
¿Por qué con dedo ingrato las mancillas?
Oh, Lais, no más que en perfección tan pura,
Arte ha de ser el despreciar el arte.

De muchas crisis conglobadas se hace un discurso satírico agradable y fórmase la correspondencia entre los sujetos de la censura. Tiene muchos muy recibidos el juicioso Trajano Bocalini; entre todos, fue sazonadísimo aquel en que se pide a Apolo mande sea colocado entre los libros selectos de su biblioteca inmortal El Galateo cortesano, y su majestad consulta los príncipes y repúblicas sobre el caso; está ingeniosamente discurrido, digo en su original o en sus primeras impresiones, que después, en cada lengua y nación le han reformado según su conveniencia.

Pondérase con mucha sal el desacierto, cuando desciende de un extremo a otro. Físgase Marcial de Gelia, que mientras andaba escogiendo maridos, y al principio asqueaba todo lo que no era casar con un príncipe, hízose vieja y casó al cabo con un esportillero:

Dum proavos, atavosque refers, et nomina magna;
Dum, tibi noster eques sordida conditio est;
Dum te posse negas, nisi lato, Gellia, clavo
Nubere nupsisti, Gellia, cistifero.

La gustosa y elegante traducción se debe al erudito don Manuel Salinas:

Tú, que tu antigua nobleza
Contabas, y dar la mano
A un caballero romano
Tenías por gran bajeza.
Gelía, que casar primero
Con senador blasonaste,
Pasó el tiempo, y te casaste
Con un feo esportillero.

Al contrario, se hace la ponderación del extremo principal al menor entre los cuales está la desproporción del desacierto. Desta suerte dijo Augusto César, cuando supo que Herodes ni a su propio hijo había perdonado del degüello de los Santos Inocentes: “Que en casa de Herodes mejor era ser puerco que hijo, porque, como judío, no lo mataría”.

Por una inconsecuencia en el hecho, se censura con fundamental sutileza. Dijo, tan ingenioso cuan acertado, un truhán suyo al primero Francisco de Francia: “Sire, estos vuestros consejeros, me parecen unos necios, que discurren por dónde habéis de entrar en Italia, y no os aconsejan por dónde habéis de salir.”

De la malicia de uno y de la candidez de otro se hace un mixto muy artificioso para un gran concepto. Así dijo Alonso Salas, en este perfecto epigrama a San Juan:

Cumbre de santidad, monte sagrado,
Que al Cielo nos enseña y encamina,
Tan señalado en santidad divina,
Que el mismo Dios por vos fue señalado.
Índice de aquel libro celebrado,
De la verdad que a la virtud inclina,
Y mano que corristes la cortina
Al sumo Dios cubierto y disfrazado.
¿Para qué le mostráis, varón famoso,
A un pueblo, que después, tiranamente,
Ha de ser de su sangre carnicero?
Encoged vuestro dedo milagroso,
Y advertid que el mostrarle a aquesta gente,
Es mostrar a los lobos el Cordero.

Cuando con una nota se zahiere a dos es doble el concepto. Caminaba muy aprisa, y aun con indecencia, Tulia, hija de Cicerón; al contrario, Pisón, su yerno, muy despacio; díjole a éste, estando presente ella: “Pisón, camina como hombre”. Con una palabra, notó la falta de ambos. Irónicamente corrigió el célebre orador agustiniano Castro Verde, y el mayor que ha habido en España, la inquietud de su numeroso auditorio, diciendo a unos se sosegasen, y no despertasen a otros, que dormían; con esto los compuso a todos.

La contraposición de circunstancias trocadas, glosó el jurado de Córdoba, en esta redondilla:

Válgame la soberana
Virgen y Madre de Dios,
¡Qué mujer se pierde en vos
Y qué hombre en vuestra hermana!

Equivocar la necedad, y pasarla de un sujeto a otro, mudadas las circunstancias o valiéndose de la artificiosa condicional, es sutileza primorosa. Asentó en el libro de las necedades de un criado coronista, cortesano dellas, en el palacio del arzobispo de Toledo, don Alonso Carrillo, a su mismo amo, porque había dado una gran cantidad a un alquimista para traer materiales y hacer oro. Leyéndolas al fin del mes, como acostumbraba, replicó el arzobispo: “¿Y si viniere?”. “Entonces, dijo el coronista, borraremos a V. Ilustrísima, y le pondremos a él”.

Por un encarecimiento, se glosa con realce la necedad. De un señor que había gustado mucho en una cosa de poquísima substancia, dijo uno que había hecho fuego de canela para asar un rábano. La semejanza favorece mucho a la crítica ponderación. Del jurar con verdad, decía el cuerdo, sobre el ingenioso Rufo, que era encender hachas al medio día.

Mayor fuerza de ingenio arguye el fingirse las necedades, que el suponerlas y notarlas. De semejantes chistes y donosidades están llenos los libros de placer, levantando mil graciosos testimonios a las naciones, a los pueblos, y aun a los oficiosos y estados. Trae muchos muy ingeniosos el excelentísimo príncipe Don Juan Manuel, en su nunca bien apreciado libro El Conde Lucanor, en que redujo la filosofía moral a gustosísimos cuentos; bástele para encomio haberlo ilustrado con notas y advertencias, e impreso modernamente Gonzalo Argote de Molina, varón insigne en noticias, erudición, historia, y de profundo juicio. Entre muchos muy morales trae éste, para ponderar lo que se mantiene a veces un engaño común, y cómo todos van contra su sentir por seguir la opinión de los otros; alaban lo que los otros celebran, sin entenderlo, por no parecer de menos ingenio o peor gusto, pero al cabo, viene a caer la mentira y prevalece la poderosa verdad.

“Llegaron, dice, tres burladores a un rey, diciéndole que tejerían un paño con grandes labores; pero de tal arte, que cualquier que fuese de mala raza, bastardo o agraviado de su mujer, etc., no las podría ver. Holgó mucho el rey de oír esto, y mandóles dar un palacio donde lo tejiesen; tomaron mucho oro, plata y seda, pusieron sus telares y daban a entender que todo el día tejían; al cabo de algunos días fue uno dellos a decir al rey cómo el paño era comenzado, y que era la cosa más fermosa del mundo, y que si su majestad lo quisiese ver, fuese solo. El rey, queriendo certificarse, envió su camarero para que lo viese, pero no le apercibió que lo desengañase. Fue el camarero, y cuando oyó a los maestros la calidad del paño y lo que decían no se atrevió a decir que no veía tal cosa, y contó al rey que viera el paño y las labores, y que era una cosa extremada. Envió el rey otro caballero, y dijo lo mismo que el primero; y después que todos los que envió le dijeron que habían visto el paño, fue el rey a verlo; entró en palacio, vió los maestros, que estaban haciendo como que tejían, y decían: “Ésta es tal labor, y ésta tal historia, y ésta tal figura, y éste tal color, concertando todos en una cosa”. Cuando el rey oyó esto, y por otra parte que él no veía cosa, y que otros lo habían visto, túvose por muerto, ca creyó que no era fijo de su padre, etc., y por ende comenzó de loar mucho el paño, y vuelto a casa, comenzó a decir maravillas de cuán bueno era e cuán maravilloso. Al cabo de tres días, mandó a su alguacil mayor a que fuese a ver aquel paño, y por no perder la honra, comenzó a loarlo tanto como el rey, y más, de lo cual quedó el rey más triste; y otro día, envió otro su privado, y sucedió lo mismo, con que desta guisa quedó engañado el rey, y cuantos fueron a su tierra, ca ningun osaba decir que no vía el paño, e así pasó esto, fasta que vino una gran fiesta, e dijeron todos al rey que se vistiese de aquel paño; los maestros hicieron como que lo traían envuelto en unas toallas, y ficiéronle entender que lo descogían, y tomaron la medida, e ficieron como que cortaban; e el día de la fiesta volvieron, diciendo traían cosidos los vestidos, e ficiéronle entender que le vestían, e desque fue vestido, cabalgó en su caballo, con sus Grandes, para andar por la Corte. E desque las gentes lo vieron así venir, e sabían que el [que] no veía aquel paño era borde o judío o afrentado de su mujer, todos gritaban que lo veían y lo alababan, fasta que un negro, que guardaba el caballo del rey, se llegó a él, y le dixo: “Señor, vos vais en camisa, desnudo ides”. Otro que lo oyó, gritó lo mismo, y de uno en otro fueron confesando que no lo veían, fasta que los Grandes, y el mismo rey, perdieron el recelo y confesaron su engaño. Fueron a buscar los burladores, y ya habían desaparecido con todo el oro, plata y sedas, y mucho dinero que el rey les había dado. Así prevalecen muchos engaños en el mundo, y tanto puede el temor de perder el crédito, por ser singular”.

Ramo es deste género de conceptos, aunque por lo contrario, el censurar que no hubo desacierto ni necedad, donde tanto lo parecía. Así Marcial, de uno que habiéndole pedido prestada una gran suma un mal pagador, le dio dada la metad, dijo que no había sido simplicidad, sino gran treta, por no perderla toda:

Dimidium donare Lino, quam credere totum,
Qui mavult, mavult perdere dimidium.

Tuvo especial donosidad el Salinas en la traducción destas sales tan breves y tan vivas:

El que con Lino halló modo
De darle lo medio dado,
De lo que él pidió prestado,
No lo quiso perder todo.

Fúndase en la desproporción de los dos extremos, aquella necedad, que cuerdamente zahiere Rufo a dos avaros:

¡Oh, ayunadores cautivos,
Quién vió tales desaciertos!
Por engordar gatos muertos,
Enflaquecer gatos vivos.

Ayuda a la desproporción de los opuestos extremos la antítesi, que fue siempre la hermosura de decir. Con el mismo primor ingenioso, dijo don Luis de Góngora:

En los contornos inquiere,
Doliéndose en los contornos
De que le niegue un recato
Lo que concediera un odio.

Acompañó la crisi con la gustosa sentencia el jurado de Córdoba, en aquella sentenciosa carta a su hijo, donde cifró lo mejor de la prudencia, dijo:

Eso es fácil de inferir,
Pues no hay razón que consienta,
Que sea el mentís afrenta
Y que no lo sea el mentir.



 * Baltasar Gracián, “Discurso XXVII. De las crisis irrisorias”, en Agudeza y arte de ingenio, t. I, Ed. Evaristo Correa Calderón, Madrid, Castalia, 1969, pp. 265-279. 

Guillermo Espinosa Estrada, 2012