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Para una teoría de la humorística *
Macedonio Fernández

 

Supongamos el caso del chiste conceptual específico: “Eran tantos los que faltaban que si falta uno más no cabe.” Las personas muy disciplinadas creerán apenas la verdad enunciada, pero las personas inexpertas creerán en ese instante que ya no cabía un más faltar, que el local era estrecho para que faltaran más personas. La equivocación la hay, pues el más de una cosa, en los más frecuentes casos, ocupa más espacios, y de lo más el público espera que por un momento llegue a no caber; que no cupieran más faltantes. Aquí hay alusión a felicidad, a contento, en el hecho de que el autor juega con el lector, y puede haber en el público que ha conservado la virginidad de sus emociones, la risa madre; el incauto se reirá al advertir que ha creído en semejante disparate por un momento (la ausencia de una cosa, si aumenta mucho, no cabe); habrá dos risas: la de reírse de sí mismo por haber creído un absurdo y al mismo tiempo la risa amistosa hacia el hombre que ha jugado con él, actitud en el autor que aporta dos intuiciones de signo placentero: el hecho de jugar y el hecho de poseer la destreza de provocar un caos mental momentáneo en otro.

Insistiendo en otros términos, diré: se crea en la conciencia del oyente o lector la expectativa de un dato fuerte (“Fueron tantos los que faltaron que si falta uno más”), y se prorrumpe un absurdo (“no cabe”). Se trata de una subordinación del género cuantitativo, con su modalidad, la adición, que resulta en una mayor suma, mientras en este caso, por la calidad de lo sumado, resulta la menor suma, que es presentada como resultando la mayor. Pero, ¿por qué causa gracia el absurdo? ¿Y todo absurdo causa comicidad? Deben cumplirse las demás condiciones señaladas: la expectativa o espera o estado de tensión, la sorpresa y la referencia optimista o contenido grato o alusión a felicidad. Lo chistoso deriva de que ha habido una preparación para que todos caigan en un asentimiento momentáneo al absurdo: cuantos más faltan menos cabe el faltar; cuanto más de algo en algo, menos cabida queda: así que el faltar no cabe. (El faltar puede sumarse: Cuanto más llueva, menos vendrán; pero no menos cabida habrá para que otros falten.) No es, pues, el caso del absurdo por sí mismo sino por la preparación a esperar otra cosa, un hecho o concepto lógico; si no se estuviera preparando para el asentimiento el espectador se limitaría a decir: “Es claro”.

Creo que lo fundamental es la invención de un absurdo, que es una ingeniosidad, y en segundo término el hacer creer, que es voluntad de juego. Hay, adicionalmente, en este chiste una solicitación de piedad a la gente, con lo cual los oyentes se sienten así placidos del fracaso del conferencista implícito y dignificados de que se los elija para confidentes. El hecho de que las personas que se estaban sintiendo importantes como oyentes de una confidencia, con cierto matiz “sobrador”, de repente sufran la caída al vacío mental creyendo por un instante la logicidad del absurdo, es un elemento no esencial pero que realza el placer.

Todavía habría que agregar que cuando se dice No se espera generalmente algo adverso; el “no” tiene un tizne de pesimismo, aunque muchas veces sea lo contrario: “el barco no se hundió”. O sea que hay que ser tan hábil en el enunciado verbal como para los cuidados poemáticos de Mallarmé.

En fin, podría intentarse proseguirlo así:

A: Fueron tantos los que faltaron que si falta uno más no cabe.

B: ¿Y cuál fue el que faltó último?

A: Recuerdo que faltaron en parejas el que faltó último y el que faltó más.

Y si aun el oyente tratara de que no se apague el chiste:

B: En estas ocasiones, sería bueno hacer una lista en orden sucesivo del nombre de las personas que van faltando, como se hace en el “Instituto de Disertaciones”.

A: No me parece, pues al día siguiente, cuando uno encontrara a las personas que no asistieron, habría disputas sobre prioridad: “Yo falté antes que usted”; “Yo fui el número 10 y no el 14”; “Yo falté en seguida después de Gómez”; “Usted me ha anotado mal”. Uno que sabría disculparse diría: “Yo falté, es cierto, pero fui de los primeros”.

B: Bueno, si mi proposición no acierta, ¿qué se debiera hacer en estos casos? ¿Qué le parece a usted? Porque si se dejan las cosas así, sin más, que vayan como quiera, la oratoria va a ser un género que se pierde.

A: Yo también lo pensé. Creo que podrían darse primero las conferencias y anunciarlas después; o, como en el “Círculo de Intelectuales”: “Hoy no da conferencia el novelista Tal”. Porque no teniendo hora asignada, no cabe la faltancia, así que siempre tendríamos lleno completo.

B: También podría difundirse: que el notorio conferencista Acuña acostumbra publicar después de sus conferencias las opiniones más comprometedoras de los inasistentes. “Domínguez, que faltó a la última, ha manifestado que es la única conferencia que merece ser atendida.” Otro expresará que es tal la nulidad de los conferencistas de Buenos Aires que si no fuera por la genialidad del conferencista Acuña estaríamos arruinados en la opinión del mundo. Con lo que todos los asiduos faltantes a sus conferencias tendrán temor de faltar otra vez, para no caer en el odio de todos los demás conferencistas que resultan menoscabados por estos elogios (y con este miedo tendremos asistencia regular). En suma, que al cabo de cierto tiempo a nadie se le tendría más temor de no asistirle que al conferencista Acuña, y a los juicios de nadie temeríase tanto como a los juicios de los famosos faltantes a conferencias del famoso Acuña.

A: Me pongo en el caso de Acuña: para desautorizar las opiniones elogiosas que les atribuye a sus faltantes y que les han traído la malaquerencia de los demás conferencistas, deberá dar certificados de inasistencia a los que concurren, para que los otros disertadores no los maltraten en represalia de asistirle a Acuña. [1]

B: “Acredito que el señor Dudino Domínguez es el más asiduo faltante a mis conferencias”, dirán los certificados de faltancia.

A: Pero entre los faltantes hay no sólo de los más asiduos sino de los mejores.

B: De alguno se dirá: “Sólo una vez, y por enfermedad, dejó de faltar.”

A: Con esta diplomacia extraoficial del Faltar…

B: Y así podría Acuña proclamar que era un embuste notorio el que se propalaba de que sus conferencias no cabían de faltantes cuando las de los otros no cabían de concurrentes.

Desperecémonos, lector: yo también estuve ahora trabajando.

Excúseseme este ejemplo de inesperada imitación, en el Chiste, de los ejercicios de “variaciones” en Música. Ya véis lo que sucede cuando el disparate se da ampliamente su lugar: engendra la más amplia concurrencia.

¿Cuál es el efecto conciencial, para nosotros genuinamente artístico, que produce el humorismo conceptual? Que el Absurdo, o milagro de irracionalidad, creído por un momento, libere al espíritu del hombre, por un instante, de la dogmática abrumadora de una ley universal de racionalidad. Aunque la “racionalidad” tiene una resonancia afectiva positiva, es decir placentera, porque parece síntoma de seguridad general de la vida y conducta, sin embargo basta que se la presente como una ley universal inexorable para que sea un límite a la riqueza y posibilidad de la vida. Y esta limitación, como cualquier otra, tiene en la conciencia una resonancia afectiva negativa. “Variedad” y “libreposibilidad” revisten tonalidad optimística; pero además se adiciona a esta tonalidad temática, según va repetido, el hecho de que el autor ha jugado, mejor dicho ha logrado jugar con las vigilancias más alertas y universalidad de nuestra vida mental. Este jugar, por una parte, tiene tonalidad positiva en cuanto juego, aunque a costa de nosotros (pero a un costo absolutamente inofensivo: un instante de creencia en el absurdo), y la tiene también en cuanto el autor despliega una gran facultad, una sutileza envidiable de arte de engañar; toda facultad es deseable y todo despliegue de facultad es espectáculo grato.

Como se ve, para mí es un mérito que un procedimiento artístico conmueva, conturbe nuestra seguridad ontológica y nuestros grandes “principios de razón”, nuestra seguridad intelectual. ¿Cómo pueden ser un mérito estas turbaciones? Mi argumento parecerá intrincado; para mí es bien claro: si con actitudes o dichos de un personaje de novela consigo por un momento que el lector sintiente, vivo, se crea “personaje” vacío de existencia, sentirá por lo mismo la liberación de la muerte, es decir que su noción de que ha de morir es poco consistente puesto que cabe en su experiencia, en su vida en suma, que ocurra el hecho mental de creerse muerto, en lo que creerse es un vivir. Asimismo, en la que yo llamo Ilógica de Arte o Humorismo Conceptual, el desbaratamiento de todos los guardianes intelectivos en la mente del lector por la creencia en lo absurdo que ella obtiene por un momento, lo liberta definitivamente de la fe en la lógica, como que se libró William James, y yo, gracias a él, quizá, de esa lógica que nos dice todos los días: “puesto que todos mueren, tú has de morir”, o “no hay efecto sin causa”.

La Novelística y la Belarte de Ilógica deben ponerse a tono con la agilidad y desdoblamiento de la aguda conciencia contemporánea. Tomemos en cuenta que estamos en el siglo de la Tercera Reflexión del Yo (el Yo que piensa en el Yo que pensaba ayer en el Yo).



 * Macedonio Fernández, “Para una teoría de la humorística”, en Obras completas, t. III, Buenos Aires, Corregidor, 1974, pp. 259-308. Publicado por vez primera como “Una teoría de la humorística”, en Revista de las Indias, Bogotá, noviembre-diciembre de 1940. Fragmentos.

 [1] Reflexiones de un lector, ahora: “Yo he venido de visita a este libro, no he venido a trabajar. Como de tal autor, esto debe entenderse perfectamente, pero no en cualquier día”.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012