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Tres realidades correspondientes al humorismo *
Enrique Jardiel Poncela

 

Siempre que se ha suscitado el tema del humorismo lo he rehuido por no caer en esa cosa monstruosa y horrenda que es tener que sentar jurisprudencia para los problemas del espíritu.

De otra parte, el tema del humorismo y del humor ha sido tan zarandeado por los solventes y por los insolventes que su solo enunciado ya provoca el vómito.

Hoy, que forzosamente he de rozar el dichoso tema, de buena gana la rehuiría también; pero es imposible rehuirlo del todo, y voy únicamente a establecer las tres realidades del humorismo que se olvidan, y se equivocan y se confunden, a saber:

Que el humorismo no es una escuela definida;

que no es privativo de las razas del Norte ni mucho menos de Inglaterra;

que en el caso particular de España la chispa racial del humorismo no ha saltado siempre en Castilla, y dista mucho de ser cosa moderna.

 

I
El humorismo no es una escuela: es una inclinación analítica del alma, la cual resuelve en risa su análisis. De aquí que en lo humorístico estén comprendidos lo irónico, lo sarcástico y lo satírico, con las naturales y propias diferencias de matiz de cada uno y aun de las circunstancias en que se produce cada uno.

El prurito clasificador de lo que es humorístico y de lo que no lo es —manía muy actual— me parece tan disparatado como lo sería el emprender la tarea de separar la arena del polvo en el desierto del Sahara u obstinarse en determinar dónde acaba la razón y empieza la locura en el cerebro del agente de seguros.

Fijar exactamente lo humorístico —repito una frase que escribí en el prólogo de una de mis novelas— es intentar clavar una mariposa utilizando para ello un palo del telégrafo. El método y el razonamiento, por sutiles que sean, auxiliados por la torpe expresión de la palabra y de la letra humanas, resultan demasiado bastos y groseros para actuar con ellos con éxito en la ingravidez e imponderabilidad del humorismo.

Humorismo es el “alma que analiza y se ríe de lo analizado”. Y de ahí la existencia de una verdad de apariencia falsa y de índole cierta, y es que lo cómico y lo humorístico no son conceptos antitéticos, como pretenden los pedantes, sino que, por el contrario, lo humorístico abraza muchas veces dentro de su órbita a lo cómico. Y de ahí también el que lo cómico no sea siempre inferior, sino que tenga a menudo tanta calidad como lo humorístico, por parte integrante de un todo. (Lo cómico, igual que lo trágico, es superior cuando es bueno y es inferior cuando es malo; pero no es malo ni inferior “per se”.)

Absurdo considerar el humorismo como una tendencia sometida a reglas absolutas, porque absurdo es clasificar y reducir a límites el alma. El humorismo no es un “aspecto de la literatura”: es “una singularidad del espíritu”. Y por ello se puede ser humorista y no escribir. (Luis Esteso fue un buen humorista; el pintor Gutiérrez Solana, lo es también, y, sin embargo, a ninguno de los dos puede considerárseles como escritores netos.)

 

II
Peculiarísima inclinación e idiosincrasia de un alma, el humorismo ni es uno, único y sometido a leyes, ni es privativo de un pueblo, de una raza o un clima. Por el contrario, cada pueblo, cada raza, cada clima tiene el suyo.

Inglaterra tiene su humor; mejor dicho, su humour; y dentro de Inglaterra, la cuna del humour es Irlanda, que, a veces, lo ha exportado a América del Norte, caso “Mark Twain” y caso “Charlot”.

A ese humorismo inglés se refieren únicamente, aunque crean referirse todos, los que han caído en la manía de definir el humorismo como una escuela literaria y revelado el manoseado clisé de “la lágrima oculta bajo la sonrisa”, etc.

 

III
España, por lo tanto, también tiene su humorismo estricto, personal, racial, que no guarda punto alguno de contacto con el traído y llevado humorismo inglés de la sonrisa y la lágrima y que no llora, sino que muerde.

Lo inglés es humour; lo español es humor. (Y así se dice:

—Es un hombre de humor.

—Hoy no estoy de humor.

—Son humoradas de Fulano.

Etcétera, etcétera.)

Nuestro humorismo racial, auténticamente español, personalmente fisonómico, no es melancólico, dulce y tierno como el inglés, ni tiene —ni puede tener— su origen en el Norte. Ni siquiera en el norte de España. Es acre, violento, descarnado, y su cuna se ha balanceado siempre en Castilla con alguna derivación hacia Aragón y la Rioja. Y en él lo cómico salta constantemente al paso del lector hasta en la forma que más suelen despreciar los idiotas y los cursis; la de la gracia verbalista.

No es el humorismo, como pretenden algunos, una invención moderna. Tan vejo como el juego de la morra, su nacimiento no puede preverse en el calendario del espíritu ni en nuestra Patria ni en el Extranjero.

Respecto a la afirmación de que el humorismo español tiene su origen en Castilla con derivaciones hacia Aragón y la Rioja, queda rotundamente comprobada con sólo recordar los nombres de las figuras geniales más representativas del humorismo español y sus lugares de nacimiento desde Cervantes y Quevedo hasta Larra, pasando por Goya y por Gracián.

Todos ellos tiene una característica espiritual y humorística común: la acritud, la violencia, la descarnadura. Todos son auténticamente racialmente españoles.

Por consecuencia, los humoristas de España que hagan un humorismo dulce, tierno y melancólico —caso de los gallegos, los satures y de alguna parte de los vascos— podrán ser unos “grandes humoristas”, pero no son españolas su esencia, sus características ni su idiosincrasia.



 * Enrique Jardiel Poncela, “Tres realidades correspondientes al humorismo”, en Obras completas, t. I., Barcelona, Editorial AHR, 1960, pp. 144-147.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012