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...Y las veras en burlas *
Alfonso Reyes

 

Evidentemente que el humorismo no es cosa de ayer por la mañana. “Es más viejo que préstame un ochavo”, diría Quevedo. Pero lo que ya tiene novedad es esto de dar al humorismo una categoría respetable. Por lo cual me dejé decir cierta vez que gran parte de la estética contemporánea, para las artes como para las letras, consiste en tomar por lo serio las humoradas (Marginalia, segunda serie, pág. 183). Pero todavía pude añadir que el pedir al humorismo una explicación filosófica de la existencia parece ser una postura determinada por el auge de las filosofías “anti-intelectualistas”, las que no se conforman ya con los recursos y los útiles de la razón; las que insisten en que la razón no es más que un pequeño coágulo transportado por la corriente de la sinrazón. Porque he aquí que hemos llegado al trance de repetir con Feliciano de Silva (consúltese el Quijote): “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace...”, etc. Tal es, en efecto, una de las condiciones que distinguen al siglo XX del siglo anterior. Y hoy sí que hemos llegado al “elogio de la locura”, y no en el sentido que decía el cuerdo Erasmo (Moriae Encomium es una mera sátira contra los teólogos y los dignatarios de la Iglesia), sino en un sentido más profundo. ¡Ay! Cuando aún era cubista Diego Rivera y cuando aún había que romper lanzas por el cubismo, hará cuarenta años, ya gritaba yo pidiendo que se reconociera el derecho a la locura, y me preguntaba, entre desconcertado y burlón: –¿Qué hay, pues, en el fondo de la vida humana, que sólo se deja empuñar por el humorista?– Estamos viviendo, sin remedio, en la época de las burlas veras, en lo que Rodrigo Caro llamaría los Días lúdicros, y lo mejor que podemos hacer es resignarnos, no tomarlo con demasiada solemnidad. Pero ¿acaso no es también de siempre esta postura? Porque ya Góngora se queja:

Arrímense ya las veras

y celébrense las burlas,

pues da el mundo en niñerías,

al fin como quien caduca.

Pero no, no es eso. No es lo mismo gustar, usar y hasta abusar de las burlas que conceder a las burlas categorías de principios y de explicaciones enigmáticas y misteriosas. Precisamente el mal –o si se prefiere no calificarlo, el rasgo distintivo de nuestros tiempos– está en desvirtuar las burlas, haciéndolas sentarse en un trono que les es ajeno. Porque el bien llamado burladero fue siempre defensa contra el toro de la realidad, pero a nadie se le ocurría antes equivocar el salto al burladero con la verdadera faena de la muleta y estoque. Los antiguos decían que los sueños engañosos entraban por unas puertas de marfil, y los sueños auténticamente augurales (hoy diríamos “premonitorios”) por unas humildes puertas de cuerno. Pues he aquí que hemos confundido las puertas o que hoy, en mezcla y confusión, las puertas se han vuelto (en griego para mayor claridad) keratoelefantinas, que viene a ser “de marfil córneo” o también de “cuerno marfilino”. Y aquí atajo mis divagaciones y, según los cuentos de mi niñez, “entro por una puerta y salgo por otra”.

Abril de 1956



 * Alfonso Reyes, “...Y las veras en burlas”, en Marginalia, Obras completas, v. XXII, México, Fondo de Cultura Económica, 1989, pp. 663-664.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012