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Malhumorismo *

Miguel de Unamuno

 

Más de una vez se me ha ocurrido pensar si eso que llamamos humorismo no estaría mucho mejor llamado malhumorismo, y los humoristas malhumoristas. 

Gran trabajo se han dado los críticos, historiadores de la literatura y preceptistas para señalarnos las diferencias que hay entre lo cómico, lo irónico, lo satírico y lo humorístico.

Desde luego, la ironía –eironcia, como dicen algunos que seguramente no saben griego, tal vez para hacernos creer que lo saben– es algo genuinamente helénico y luego francés.

Famosa es la ironía socrática, tal cual se nos revela en los Diálogos de Platón, y hasta en las mismas tragedias griegas no faltan rasgos de ironía. Y hoy en día el más justamente celebrado ironista es Anatole France. Y esta ironía implica en el fondo aquel célebre apotegma francés: Tout comprendre, c’est tout pardonner. “El comprenderlo todo es perdonarlo todo.”

La ironía nace de un cerebro agudo, sutil y clarividente, regado por un corazón blando; es de almas en las que el sensualismo ahoga la pasión. Brota y florece en pueblos de sentimientos moderados, en los que rige el ne quid nimis. Refleja el triunfo del buen sentido sobre la pasión.

Y he aquí por qué nosotros los españoles difícilmente podemos alcanzar la ironía griega o la francesa. Nos apasionamos en exceso, y pasión quita conocimiento. Para ser irónico, para manejar esa agridulce chunga, es menester no indignarse de verdad. Cuando uno se indigna de veras contra alguien o contra algo, aunque quiera ser irónico, resulta sarcástico e insultante. Y así nosotros cuando queremos burlarnos insultamos.

Un amigo mío, portugués, hombre sutilísimo y muy culto, explicándome una vez las razones de su admiración por el gran Camilo Castelo Branco, el estupendo novelista portugués, y cómo lo prefería con mucho –lo mismo que a mí me pasa– a Eça de Queiroz, a pesar de la boga que éste ha alcanzado, me decía: “Eça es falso, es artificioso, su ironía es una cosa rebuscada y de imitación, de moda o de escuela, es algo que no le brota de las entrañas portuguesas, algo pegadizo, se ve la receta en ello, y en cambio el sarcasmo de Camilo es espontáneo, violento, pasional y sobre todo profundamente portugués. Eça es cosmopolita, mejor dicho, es francés traducido al portugués que hay en nuestra literatura. Camilo es incapaz de ironía; o su cabeza está por debajo de ella, o su corazón por encima”.

A estas observaciones de mi amigo sólo tengo que añadir lo que en una de sus conversaciones conmigo me dijo una vez Guerra Junqueiro y es que Camilo es ibérico, no ya portugués, y acaso más español que no portugués. Camilo refleja no algo privativo del alma portuguesa, sino lo que ésta tiene de común con el alma española; refleja el alma ibérica. Y me habló del parentesco que hay entre Camilo y Quevedo.

El corazón de Camilo, en efecto, era demasiado tumultuoso y encendido para satisfacerse con la ironía. Camilo insulta. Y el que quiera ver todo lo trágico del sarcasmo camiliano no tiene sino leer entre líneas aquella especie de biografía de Laura, la cantada por el Petrarca, que escribió. Murió Laura y su cantor tuvo la insolencia de sobrevivirle treinta años. (Creo que son treinta, pues no tengo aquí el libro, y no es cosa de ir a buscarlo sólo para esto). Lo cual quiere decir: “Si yo, Camilo, el portugués, hubiese escrito tales sonetos al morir Laura, me pego un tiro, y si no, es que no soy más que un farsante”.

No quiero yo decir que no hayamos tenido en España ironistas y ahí está Valera, que lo era muy exquisito. Pero hay que tener en cuenta que el autor de Pepita Jiménez era un andaluz de los finos, y el tipo fino andaluz tiene no poco de helénico y su coba mucho de sutilísima ironía.

Ahí, en América, don Ricardo Palma es el más exquisito cultivador de la ironía que yo conozco, y acaso se deba, como más de un crítico, y entre ellos José de la Riva Agüero, ha indicado, a que en el Perú, con el clima moderado e igual y la vida blanda, dulce y fácil, se ha formado un alma que no deja de tener sus analogías con el alma francesa y tal vez con el alma helénica.

Pero aunque puedan darse ironistas en España, y se hayan dado de hecho, la ironía resulta aquí una palabra exótica.

La ironía misma de Jacinto Benavente, tan justamente celebrada, es de un acre amargor que no tienen, en general, ni la helénica ni la francesa; es una ironía que llega con frecuencia, casi siempre, al sarcasmo y que en muchísimos casos es humor a la inglesa. La de Benavente no es sonrisa, sino un contraído gesto de dolor y de asco, que la disimula o finge. Y por eso resulta tan español, tan profundamente español, Benavente, uno de nuestros más castizos escritores.

Repito que los españoles somos poco capaces de esa blanda, suave e indulgente zumba del que todo lo perdona porque todo lo comprende. Estamos más expuestos a condenarlo todo, no sé si por no comprender nada o por comprender demasiado bien. Y el fondo de todo ello es que no solemos estar bien avenidos con la vida. Somos, en el fondo, pesimistas.

Siempre he creído ver una íntima relación entre nuestros satíricos, moralizadores y graves, y nuestros místicos y escritores ascéticos, moralizadores también, tanto o más que contemplativos. Y no sin razón hay quien coloca a Quevedo entre los místicos. Mejor acaso sería colocarle entre los ascéticos. Su libro sobre el gobierno de Dios y el régimen de Cristo lo patentiza. El grave y agrio don Francisco tenía más de escritor ascético que de otra cosa. Su burla tiene siempre un agrio dejo de dómine.

Y he aquí por dónde nuestra sátira, nuestro sarcasmo, se parece más al humour inglés que no a la ironía francesa.

Y sin entrar a dilucidar qué sea el humor, conviene fijarse bien en el origen fisiológico de este vocablo. Sabido es lo que llamamos humores del cuerpo. Y el humor, en efecto, me parece que casi siempre es de origen, no ya fisiológico, sino patológico. El humor suele ser un mal humor, engendrado, tal vez, por dispepsia. El humor suele ser hijo del spleen o murria, y la murria proviene de que se hacen mal las digestiones o de otro motivo análogo.

Lo cual, entiéndase bien, no es denigrar ni rebajar el humor y el humorismo, sino tal vez  –y en mi opinión, seguramente– exaltarlo. Acaso no puede apreciar el verdadero valor de la vida sino un enfermo. El hombre sano vive en perpetua ilusión y en perpetuo engaño, olvidándose de que tendrá que morirse un día. Y el enfermo, en cambio, sobre todo cuando es aprensivo, tiene de continuo ante sí el morir habemos, y a la luz de esta soberana sentencia ve el mundo tal como es y lo aprecia en su justo valor.

Leyendo hace pocos días en la magnífica obra que mi amigo el profesor Andrew D. White, presidente que fue de la Universidad de Cornell y ministro de los Estados Unidos en Alemania y Rusia, dedicó a la guerra de la ciencia con la teología en la cristiandad (A History of the warfare of science with theology in Christendom), obra que me propongo hacer traducir íntegra al español, me encontré con un párrafo en que, hablando de Carlyle, con la acritud de un yanqui contra aquel malhumorista, que tan despiadadamente trató a los yanquis, nos dice que se burló de Darwin “con la petulancia natural en un eunuco dispéptico”. Y esta recia invectiva fue para mí, que antaño leí tanto a Carlyle, y hasta le traduje, un rayo de luz. ¡Un eunuco dispéptico!

Es evidente que Carlyle, prototipo de humoristas, fue hombre amargado, gruñón, y es muy fácil que fuera dispéptico. Sólo que faltaría averiguar el origen de su dispepsia, y si lo era, si el mundo en que vivía fue el que le estropeó el estómago. Y me parece, por otra parte, muy natural que viviera molestado por no tener hijos, fuese o no capaz de hacerlos.

El mal humor de Carlyle es evidente, y la morbosidad de su espíritu más evidente aún. Y repito que con esto, lejos de querer rebajarle, busco exaltarle. Y si acudimos a otro formidable malhumorista, al más amargo y más cáustico tal vez, de los humoristas, a Swift, ¿quién no ve el mal humor y la morbosidad de este tétrico irlandés?

Hay que desengañarse, el hombre perfectamente sano –y gracias a Dios, no creo que pueda darse tal hombre–, el hombre que sea una perfecta ecuación fisiológica, será un excelente gañán, pero también un burro de reata y un majadero de solemnidad. El agua químicamente pura es impotable, y la sangre fisiológicamente pura no puede llevar al cerebro aquellos estimulantes, siempre de origen más o menos tóxico, que nos hacen pensar algo más que para vivir.

Se dice que los artríticos suelen ser gente de aguda mentalidad, y hay quien se ha puesto a dilucidar si es que se han hecho artríticos por ser vivos y despejados de inteligencia, o si es la vivacidad y despejo de ésta lo que les trajo la artritis. Ambas cosas a la vez. El hombre inteligente y de corazón, el que no es un porro, se preocupa o inquieta más que el torpe, lleva peores ratos, sufre más insomnios, toma más disgustos, y, naturalmente, se le vicia la sangre y da en artrítico, y la artritis a su vez le hace preocuparse. 

Conocido es el aforismo aquel de que todo cardiópata viene a dar en neurópata. El corazón nos altera los nervios y los nervios nos alteran el corazón. Y es muy cómodo ir y decirle a un paciente que tenga que vivir en el mundo y del mundo y que sea sensible e inteligente, que no se tome disgustos ni malos ratos. ¡Como si esto dependiera de nosotros! ¿Puede evitarse acaso el que a un hombre inteligente y sensible le pongan de mal humor las desgracias o las torpezas de su patria o le irriten las tonterías o las maldades de sus semejantes?

La sensibilidad y la inteligencia suelen ir de par; el tonto es casi insensible. Un majadero, por bueno que sea, no puede sentir la muerte de un hijo como la siente un hombre inteligente.

Guillermo James, en su tan conocido libro sobre las variedades de la experiencia religiosa, hace notar que con decir que Santa Teresa era histérica –y nos lo dice ella misma, que describe su enfermedad– nada se ha dicho contra su doctrina. Es como si para desvirtuar el descubrimiento de un químico se dijera que éste padece del hígado. Y voy más lejos, y es a suponer que acaso llegue día en que uno tenga cualquier extraña enfermedad de la vista haga un descubrimiento astronómico o biológico y precisamente por tener la vista enferma y permitirle su enfermedad ver a través del telescopio o del microscopio lo que a través del él no vieron los demás mortales de vista normal.

¿Vista normal? ¿Y qué es esto? ¿Qué es lo normal? Léase en uno de los humorísticos prólogos de Bernardo Shaw a sus feroces comedias unas atinadísimas consideraciones sobre esto de la vista normal.

Nadie, creo, sabe bien lo que es normal, y en último caso, lo normal resulta puramente teórico y abstracto. No hay, me parece, un hombre fisiológicamente normal. Todos estamos más o menos enfermos, y los más de nosotros vivimos de nuestra enfermedad, cada cual de la suya.  Y hasta nos jactamos de ella y nos envanecemos.

¿No ha observado acaso el lector cuánto gustan los hombres de hablar de sus propias dolencias y que les hablen de ellas? Si se hiciera una estadística de los asuntos de conversación, sobre todo entre gentes del pueblo, se vería que el tema de la salud y de la enfermedad entra en una relevantísima proporción.

Y los esfuerzos que se hacen para curarnos de una enfermedad cualquiera no son sino esfuerzos para producirnos la contraria. Hasta la gimnasia no tiende, ni con mucho, a hacer hombres normales. Un atleta no es un hombre normal, y con frecuencia es un dispéptico. Y si se me dice que la gimnasia pedagógica no tira a hacer atletas, diré que hasta esa gimnasia no normaliza ni mucho menos.

Y en cuanto a los deportes o sports, ¿quién puede colocarlos sobre todo por lo que hace al cerebro, cuya función de pensar nos es hoy tan fisiológica como la función de respirar los pulmones? Y sobre el peligro que hay en los deportes, de que lleguen a producir una generación de brutos, voces elocuentísimas se han alzado en Inglaterra y los Estados Unidos, donde el deportismo llega a ser una verdadera enfermedad.

Es inútil querer librarnos de las enfermedades, y además de inútil, es dañino. El problema estriba en acomodarnos a ellas de tal modo que no nos molesten sino lo preciso para que no nos durmamos en las pajas y que podamos vivir con ellas todo el tiempo preciso para sacar adelante a nuestros hijos y dar guerra a los enemigos de la vida o de la verdad.

El progreso humano estriba en asimilarnos las enfermedades. El día en que nos asimilemos el microbio de la tuberculosis y logremos que viva en nuestra sangre sin peligro para nuestra vida –es decir, sin que acorte en nada la vida media–, ese mismo microbio o sus deyecciones tóxicas serán un estimulante para nuestra actividad mental.

El bueno de Lombroso escribió todo un libro sobre el parentesco entre el genio y la locura, libro, sin duda, lleno de sofismas y sobre todo de peticiones de principio y donde se empieza por determinar, previamente al criterio dependiente de los resultados, qué sea genio y qué no, pero no cabe duda de que hay un fondo de verdad en su tesis. Todo hombre que no se limite a comer, beber, dormir, jugar y reproducirse es un hombre enfermo. Y hasta en el jugar hay su parte de enfermedad.

Y acaso una de las buenas definiciones que del humorismo pueden darse es decir que es la visión del mundo a través de una enfermedad, no ya de un temperamento.

En un país húmedo y frío, donde han de producirse fácilmente el artritismo y la dispepsia, ha de haber malhumoristas, y los ha de haber donde las bruscas oscilaciones de temperatura y de presión traen de continuo al corazón en jaque.

Por lo que a mí personalmente hace, puedo asegurar a mis lectores que nunca tengo más ganas de ejercer mi facultad satírica o humorística –y no digo ironista, porque la ironía se me escapa– que cuando estoy de mal humor o se me exacerban las aprensiones por el estado de mi salud.

Ved, pues, cómo para justificarme forjo teorías. Es lo humano.

              


 * Miguel de Unamuno, “Malhumorismo”, en Soliloquios y conversaciones, Obras completas, t. III, Nueva York, Las Américas Publishing Company, 1968, pp. 418-423. Publicado por vez primera en La Nación, Buenos Aires, 25 de diciembre, 1910.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012