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Del humor inglés *
Madame de Staël

 

Cabe distinguir diversos tipos de humor en la literatura de todos los países, y nada resulta tan útil para conocer las costumbres de una nación como el tipo de broma más generalizado entre sus escritores. Se es serio en solitario, pero se es divertido para los demás, especialmente en lo que se escribe. Sólo se puede hacer reír mediante ideas tan familiares a los que escuchan que les impacten al momento y no exijan ningún esfuerzo especial de atención.

Aunque el humor no puede trascender tanto del ámbito nacional como una obra filosófica, está sometido, al igual que cuanto atañe al esprit, al juicio del buen gusto universal. Se necesita mucha agudeza para determinar las causas del efecto cómico, pero no es menos cierto que las obras maestras del género despiertan la aprobación general como en cualquier otro.

La gracia que deriva, por decirlo así, de la inspiración del gusto y del genio, la nacida del ingenio y de lo que los ingleses llaman humour no tiene casi nada que ver una con otra. Y no hay que buscar en el origen de ninguna de estas variedades la disposición de un natural alegre, porque está comprobado que no hay casi nada en el talento que conduzca forzosamente a escribir obras cómicas. La alegría del esprit resulta fácil de encontrar en todos los hombres que tienen esprit, pero únicamente el genio de un hombre solo y el buen gusto de muchos pueden inspirar la verdadera comedia.

Examinaré en uno de los capítulos que seguirán las razones por las que sólo los franceses han alcanzado esta perfección de gusto, gracia, ingenio y observación del corazón humano que ha dado lugar a las obras maestras de Molière. Pero tratemos de averiguar antes la razón por la que los hábitos de los ingleses se oponen al genio auténtico de lo cómico.

La mayoría de los ingleses, entregados como están a sus negocios, sólo buscan el placer como una distracción, y del mismo modo que la fatiga, al abrir el apetito, se contenta con cualquier clase de alimento, el trabajo continuo y reflexivo tiende a darse por satisfecho con cualquier entretenimiento. Su vida doméstica, sus ideas religiosas totalmente severas, las ocupaciones serias y un clima lúgubre hacen a los ingleses muy susceptibles a la enfermedad del ennui, y por esta misma razón las diversiones delicadas y espirituales no le bastan. Su abatimiento requiere sacudidas violentas y los autores comparten el gusto de los espectadores en este punto o se adaptan a él.

La gracia necesaria para construir una buena comedia exige una observación muy aguda de los caracteres. Para que el genio cómico se desarrolle, es preciso vivir mucho en sociedad y otorgar mucha importancia al éxito social. Hay que saberse mover en ella y captar todos los matices del interés y de la vanidad que son el origen del ridículo unidos al orgullo excesivo. Los ingleses viven retirados en el seno de sus respectivas familias o se reúnen en asambleas públicas para discutir asuntos de interés nacional. Aquel ambiente intermedio que llamamos "la sociedad" prácticamente no existe en su país, y es precisamente en este espacio frívolo donde se forman la fineza y el gusto.

Las relaciones políticas entre los hombres tienden a borrar las distinciones sutiles y a acentuar las personalidades individuales. La importancia de los objetivos perseguidos y la fuerza de los medios utilizados determinan que desaparezca todo interés por cuanto no se considera verdaderamente útil. En las monarquías, donde todo depende de la voluntad de un solo hombre o de un puñado de delegados, todos se esfuerzan por conocer los secretos mejor guardados de los demás, los matices más leves de los sentimientos y las debilidades de cada uno.[1] Pero cuando la opinión pública y la reputación del pueblo constituyen la influencia principal, la ambición abandona lo que necesita y las mentes no pierden el tiempo buscando lo efímero, puesto que no hay ningún interés en adivinarlo.

Los ingleses no tienen entre sus comediógrafos un Molière, y si lo tuvieran, no apreciarían todas sus gracias. En piezas como el Avaro, Tartufo o el Misántropo, que pintan naturalezas humanas que se dan en todas partes, hay bromas muy delicadas y matices que no llamarían la atención del público inglés. No se reconocerían en ellas, por muy naturales que sean. No se conocen a ellos mismos con tanto detalle. Las pasiones profundas y las tareas importantes les han hecho aceptar la vida sin entrar en detalles.

A veces hallamos en Congreve chistes sutiles y bromas groseras, pero nunca sentimientos naturales. Por un singular contraste, cuanto más sencillas y puras son las costumbres de los ingleses en el ámbito privado, más exageran en sus comedias el retrato de todos los vicios. La indecencia de las piezas de Congreve nunca se habría tolerado en el teatro francés. Hay en ellas ideas ingeniosas, pero las costumbres que estas comedias presentan están imitadas de malas novelas francesas que jamás han reflejado las auténticas costumbres de Francia. Nada se parece menos a los ingleses que sus comedias.

Se diría que, para resultar divertidos, los ingleses han creído necesario alejarse lo más posible de lo que son realmente, o que, respetando profundamente los sentimientos que hacían la felicidad de su vida doméstica, no han dejado que se prodigaran en su teatro.

Congreve y la mayoría de sus imitadores amontonan en sus piezas inmoralidades de todas clases y lo hacen sin medida ni verosimilitud. Estas escenas no tienen consecuencias en una nación como la inglesa: el público se divierte como si fueran cuentos o imágenes fantásticas de un mundo que no es el suyo. Pero en Francia la comedia, que retrata las costumbres, podría acabar influyendo sobre ellas y, por ello, conviene imponerle leyes más severas.

Raras veces encontramos en las comedias inglesas personajes auténticamente ingleses: quizá la dignidad de un pueblo libre se opone en Inglaterra, como ocurría entre los romanos, a que se permita representar sus propias costumbres en el teatro. A los franceses les gusta reírse de ellos mismos. Shakespeare y algunos otros han representado en su teatro caricaturas populares como Falstaff, Pistol, etc., pero la exageración excluye completamente la semejanza. Los públicos de todo el mundo se divierten con las bromas groseras, pero tan sólo en Francia la diversión más picante se presenta a la vez como la comedia más delicada.

Sólo Mr. Sheridan ha compuesto en inglés algunas comedias en las que se aprecia el esprit más brillante y original en todas las escenas. Pero una excepción no cambia nada de lo que se ha dicho al tratar el tema en general. Hay que distinguir el esprit jocoso del auténtico talento, cuyo modelo es Molière. En todos los países del mundo un escritor capaz de concebir numerosas ideas puede oponerlas entre sí de un modo ingenioso. Pero así como las antítesis no constituyen el único elemento de la elocuencia, los contrastes no son el único secreto de la gracia. Y hay en la gracia de numerosos autores franceses algo todavía más natural y difícil de explicar: aunque el pensamiento puede analizarlo, el pensamiento por sí solo no es capaz de engendrarlo. Vendría a ser una especie de electricidad comunicada por el esprit general de la nación.

La gracia y la elocuencia comparten una cosa: tanto en una como en otra es la inspiración involuntaria lo que permite alcanzar la excelencia a la hora de hablar o de escribir. El esprit de los que os rodean y de la nación donde vivís desarrolla en vosotros el poder de la persuasión o de la broma de un modo mucho más eficaz que la reflexión o el estudio. Las sensaciones vienen de afuera y todos los talentos que dependen directamente de las sensaciones necesitan recibir el impulso de los demás. La gracia y la elocuencia no son simples resultados de combinaciones de esprit: es preciso sentirse inflamado y modificado por la emoción que deriva de ambas para obtener el éxito en ambos géneros. Ahora bien: la disposición común a la mayoría de los ingleses no incita en absoluto a sus autores al género divertido.

Swift en su Gulliver y en su Cuento del tonel, al igual que Voltaire en sus escritos filosóficos, extrae conclusiones muy graciosas de la oposición que existe entre el error recibido y la verdad proscrita, entre las instituciones y la naturaleza de las cosas. Las alusiones, las alegorías, las ficciones del esprit y, en general, todos los disfraces y voces que toma prestados son trucos que han producido desde siempre hilaridad. Pero aunque en todos los géneros sus esfuerzos intelectuales vayan muy lejos, nunca es capaz de alcanzar la ligereza ni la felicidad inesperada que surge de las impresiones espontáneas.

Existe, sin embargo, una clase de gracia natural que aparece en algunos escritos ingleses y que nos admira por su originalidad. La lengua inglesa ha inventado una palabra, humour, para expresar esta clase de gracia que es casi una disposición tanto de la sangre como del espíritu. Está vinculada a la naturaleza del clima y a sus usos nacionales y sería inimitable en cualquier otro lugar que no contara con las mismas causas. Algunos escritos de Fielding y de Swift, el Peregrin Pickle, el Roderick Random, pero, por encima de todo, las obras de Sterne nos dan una idea completa de este género llamado humour.

Hay una cierta morosidad, casi diría una cierta tristeza, en esta "gracia": el que os hace reír no experimenta el placer que os causa. Se nota que escribe en un estado de ánimo sombrío y que casi se irritaría con el lector si supiera que le divierte. Como las formas bruscas otorgan a veces algo más de acidez al encomio, la gracia de la broma se ve realzada por la gravedad de su autor.[2] Los ingleses no han admitido casi nunca en la escena el tipo de gracia que llaman humour: carecería de eficacia teatral.

Cabe también que aflore una cierta misantropía en la broma de los ingleses, del mismo modo que a veces hay sociabilidad en la de los franceses. La primera se nota sobre todo cuando se lee para uno mismo y la segunda cuando hay otros oyentes. Lo que los ingleses entienden por ligereza suele conducir casi siempre a un resultado filosófico o moral; la de los franceses suele tener por fin único el placer mismo.

Los ingleses tienen un gran talento a la hora de describir personajes excéntricos, porque abundan mucho entre ellos. La sociedad borra las singularidades, mientras la vida del campo tiende a conservarlas.

La imitación les sienta mal a los ingleses: sus ensayos imitando la gracia y la levedad que caracterizan la literatura francesa suelen andar faltos de finura y encanto. Intentan desarrollar las ideas, pero exageran los matices, convencidos de que no se les va a entender si no gritan y pintan todos los extremos. Sorprende que los pueblos ociosos sean menos duchos en el empleo del tiempo que dedican a sus placeres. Los hombres habituados a los negocios están acostumbrados a los desarrollos largos, mientras que los entregados al placer se fatigan con mayor rapidez. Un gusto muy refinado se sacia deprisa.

Es raro que haya fineza en los espíritus que se aplican diariamente a resultados prácticos. Lo que es realmente útil resulta fácil de entender y no requiere el concurso de una mirada penetrante para percibirlo. Y un país con tendencia a la igualdad es menos sensible a las faltas de etiqueta. Como la nación es uniforme, el escritor suele tener en cuenta en sus obras el juicio y los sentimientos de todas las clases. En resumen: los países libres han de ser serios.

Cuando el gobierno es fuerte, puede permitirse no temer la inclinación de la nación hacia la broma; pero cuando la autoridad depende de la confianza general y el espíritu público es su principal origen, el talento y la chispa que desenmascaran el ridículo y se complacen en la burla pueden resultar excesivamente peligrosos para la igualdad política. Hemos hablado de las desgracias que sufrieron los atenienses por su afición excesiva a la broma, y Francia podría habernos proporcionado otro ejemplo de lo mismo si la fuerza derivada de la revolución hubiera permitido al pueblo desarrollarse con naturalidad.

 


 Madame de Staël, "Del humor inglés", en La literatura y su relación con la sociedad, Córdoba, Editorial Berenice, 2015, pp. 181-187.

 [1] Inglaterra es gobernada por un rey, pero todas sus instituciones tienden a conservar la libertad civil y sus garantías políticas.

 [2] Una vez entré en Londres en un gimnasio y vi los ejercicios más grotescos (equilibrios, salto de vallas y trapecio) ejecutados por ancianos provectos de aspecto sombrío con la mayor gravedad. Se entregaban a esos ejercicios para reforzar su salud y no parecían sospechar el efecto que causaba el ejercicio de su mustio exterior y sus juegos de niños. 

Guillermo Espinosa Estrada, 2012