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Humorismo *
Ramón Gómez de la Serna

 

I
Sin querérsele reconocer del todo estado, el humorismo inunda la vida contemporánea, domina casi todos los estilos y subvierte y exige posturas en la novela dramática contemporánea.

No es una cosa concreta, sino expansiva y diversificada, que ha de merecer concesiones en toda obra que se quiera sostener en pie sobre el terreno movedizo del terráqueo actual.

Hay que recordar en principio el valor que se dio a la vida humoral para comprender, por su misma etimología, el significado de humorismo.

Hipócrates y Praxágoras sostenían que el equilibrio de la vida se debía, principalmente, a que los humores estuviesen compensados, y toda enfermedad creían que procedía de una perturbación de algún humor.

El humorismo dista de ser un síntoma directo de esos humores físicos, pero se puede decir que cuentan con ellos, y se estimula gracias a ellos y los estimula a su vez.

Todo el fondo humoral del ser se complace en el humorismo, se solaza en él.

Hoy parece volver a imperar la teoría de los humores mantenida por los médicos, desde Marañón, que preconiza la inyección de la alegría, a Pittaluga, que prejuzga el sentido del humorismo al definir el temperamento como algo que “surge del conjunto de las correlaciones bioquímicas humorales, dependientes, a su vez, de la actividad trófica y glandular o diastásica de las células que integran nuestros órganos, muy en particular los órganos de secreción interna. Ejercen éstos directa y continua acción sobre el sistema nervioso vegetativo; y por medio de este último y del plasma sanguíneo, otorgan al sistema nervioso central las cualidades específicas de nuestra sensibilidad”.

Todas las teorías endocrínicas y metabólicas vienen a intrincar de nuevo la teoría humoral de Galeno.

Se sabe la influencia en la alegría de un buen endrocinismo y metabolismo, y espero que pronto se encuentre la glandulilla basamental del humorismo, y que a los hipohumoristas les podrá compensar una inyección de preparado humorístico.

Definir el humorismo en breves palabras, cuando es el antídoto de lo más diverso, cuando es la restitución de todos los géneros a su razón de vivir, es de lo más difícil del mundo.

Conocidos los glóbulos blancos y los glóbulos rojos en la intimidad latente del ser, yo supondría unos terceros glóbulos, que quizá se podrían llamar amarillos y que son los glóbulos humorísticos, que vienen a dar un sentido superior a la circulación, redimida de su crudeza, consolada de su seriedad, cohonestada su rigurosa fórmula.

En el momento de girar la épica hacia otro avatar, surge lo humorístico como la fiesta más eternal, porque es la fiesta del velatorio, de todo lo falso descubierto y de todo lo que estuvo implantado, y a lo que le llega la hora de la subversión.

Cuando suena el momento de la restitución a la sensatez, lo humorístico entra a gobernar, como momentánea restitución de la cordura a la locura, como pacífica tregua en el mismo andén.

De nuevo, en cuanto se formen otras grandes mentiras para otra etapa, parecerá que lo humorístico se esfuma, pero es lo único que reaparece como alba sagaz sobre los campos de la batalla.

La actitud más cierta ante la efimeridad de la vida es el humor. Es el deber racional más indispensable, y en su almohada de trivialidades, mezcladas de gravedades, se descansa con plenitud.

Se sobrepasa gracias al humor, esa actitud por la que sólo se es un profesional del vivir, en toda la sumisión que representa ese profesionalismo.

El humor ha acabado con el miedo, debe acabar aún más con él. Cosa importantísima, porque sabido es que el miedo es el peor consejero de la vida, el mayor creador de obsesiones y prejuicios.

El humorismo es una anticipación, es echarlo todo en el mortero del mundo, es devolvérselo todo al cosmos un poco disociado, macerado por la paradoja, confuso, patas arriba.

Cuanto más confunda el humorismo los elementos del mundo, mejor va. Que no se conozca si es objetivo o subjetivo su plan. Que cometa el dislate de reunir dos tiempos distintos o repetir en el mismo tiempo cosas remotas entre sí.

Hay que desconcertar al personaje absoluto que parecemos ser, dividirle, salirnos de nosotros, ver si desde lejos o desde fuera vemos mejor lo que sucede.

Sólo a través de esas disipaciones del humorismo se entreabre una raja en la bóveda del cielo que deja transparente el piélago inmenso del vacío, que se sonríe por la hendidura.

El humorismo no es más, muchas veces, que una evolución, que una cosa dicha dando al mundo por desengañado de sus etiquetas y prejuicios.

La comprensión elevada del humorismo que acepta que las cosas puedan ser de otra manera y no ser lo que es y ser lo que no es. El acepta que en la relatividad del mundo es posible lo contrario, aunque eso sea improbable por el razonamiento.

No se propone el humorismo corregir o enseñar, pues tiene ese dejo de amargura del que cree que todo es un poco inútil.

Casi no se trata de un género literario, sino de un género de vida, o mejor dicho, de una actitud frente la vida.

El humorismo ha de tener una nobleza improvisadora de poeta. ¡Qué feo es ese humorismo sistemático de sota, caballo y rey, sin la feracidad sentida del artista! La tremulancia que necesita el humorismo no se encuentra jamás en esos humoristas de ajedrez, verdaderos simuladores del humor, que realizan su papel como actores repetidos del humorismo.

Hay cosas que encuentra perfectamente serias el humorista y que acaricia como tales, pero sin considerar esa seriedad más que como actitud momentánea que tiene que rematar un acto de humor un resumen jocoso o arbitrario, algo que pruebe que todo eso tan serio y tan emocionante puede tener un desmentís completo, en última concomitancia con lo vacío y con lo incoordinable.

El humor muestra el doble de toda cosa, la grotesca sombra de los seres con tricornio y lo serio de las sombras grotescas.

El humor hace pariente de la mentira a la verdad y a la verdad de la mentira.

El humor parece que va excitar a la risa, y después aduerme en lo sentimental. Presenta a su héroe como un dislocado y acaba por conmoverse con él y hacer cierta y profunda su tragedia, al parecer, grotesca.

El humor, por ser tan extenso de significado, no puede ser considerado como un tropo literario, pues debe ser función vital de las obras de arte más variadas, sentido profundo de toda obra de arte.

El humor es ver por dónde cojea todo, por dónde es efímero y convencional, de qué manera cae en la nada antes de caer, de qué modo está ligado con lo absurdo, aunque no lo crea, como puede ser otra cosa o ser de otra manera, aunque esté muy pagado de cómo es.

El humor abaja las alcurnias y hace soportable el hecho de la autoridad.

Sólo se puede soportar el tinglado de lo social gracias al humor, que desface idealmente lo que es irritante que esté tan hecho, tan unificado, tan en estrados de entronización.

El humor es que rezonguen las palabras con un deje de más enteradas de lo que parecen y como dando a entender que puede estar la verdad en todo lo contrario de lo que dicen o en la paradoja que proclaman.

El humorismo tiene que tener genialidad y estar aquilatado, equilibrado y sopesado como nada. Lo serio es una simpleza a la que le falta el revés, el darse cuenta, el volver, el contraste con todo lo que es alegre y disparatado en el mundo.

El humorismo es una situación sui generis y superior para juzgar la vida que pasa, para desarmar lo alevoso. Es el intermedio entre el enloquecer de locura o el mediocrizarse de cordura.

En el humor se mezcla todo lo inconcluso, lo que sólo puede lanzarse como hipótesis o en vía de ensayo, y todo con una última duda sonriente, con un último horror a que pueda ser o pueda no ser unida a la visible indiferencia de que sea o no sea.

El humorista es el gran químico de disolvencias, y si no acaba de ser querido y a veces se oponen a él duramente los autoritarios, es porque es antisocial y al decir antisocial antipolítico.

Pero él se debe a sus impasibles mixturaciones, a mezclar lo que repugna con el sentimiento de repugnancia, pues de esa mezcolanza resultan sus mejores composiciones.

El humorismo es lo más limpio de intenciones, de efectismos y de trucos. Lo que parece en él truco es, por el contrario, la puesta en claro de los trucos que antes se quedaban escondidos y sin delación, y que por eso eran más responsables y graves. Lo que se muestra a las claras y por delante, no engaña a nadie.

El humorismo sobre la necesidad de apelar al juego de distribuciones y contrastes que es toda obra literaria, aclara precisamente lo que de verdadero hay alrededor de ese juego, el anhelo, el descontento y el vacío que hay en la vida, la limpia desesperación de reír, que es en lo que más vida requiere la inteligencia desengañada, es decir, sin engaños, en el máximum de su refocilamiento.

En el humorismo se falta a esa ley escolar que prohibe sumar cosas heterogéneas, y de esa rebeldía saca su mayor provecho.

Vive de poner en espectáculo lo menos espectacular, y consigue con sus dislates una nueva movimentación de la vida, una particular aceleración de su ritmo, un salirse de sí por montañas rusas que dirigen a mundos lunares y como marginales al mundo.

En el humorismo está la fraternidad de todas las cosas, y los absurdos que tienen una sed pavorosa de realizarse, se realizan al fin, tienen una especie de vida sobrenatural.

El humorismo no es cinismo. Cuando el alma más blanda y en confianza está, cuando el alma dice: “Voy a oír, por fin, el comentario que merece el mundo”, es cuando más humorista se siente.

Él ha de sostener la escena, ha de reconocer lo patético en medio de ella y que resulte rezo de la vida lo que se va diciendo. Lo que tiene es que, en medio de lo que declara, da un salto y se pone fuera, del otro lado del patetismo, reconociendo su trampa estrecha.

Más que un género literario es una manera de comportarse, es una obligación de alta mar en los siglos, es una condición de superioridad.

Que los pastores que tienen obligación perentoria de conducir los ganados por las cañadas aprovechen los viejos motivos. El humorismo no es un incentivo para pastores, sino para tipos señeros, que hablan a lo que se ha evadido del pastoreo, que preconizan otras épocas, que no tienen el papel de mezclarse a las luchas del momento, a las consignas perentorias de los comicios, al mercado del día.

No hay que creer que el hombre creado por el humorista es un hombre ficticio, creación abstracta del intelectual frente al hombre real, que es creación del novelista. Lo ficticio del personaje del humorista va circunscrito al hombre real, y lo que hace es sobrepasarle, llevarle a más, corrigiendo su garrulería y su tozudez.

Gracias al humorismo se salvan los temas y se hacen perdonar su calidad de obsesión, su siempre simple intriga, sus usadas pasiones.

En este momento de transición, en que se ve lo que va a desaparecer y ya está de algún modo como desaparecido, y no se ve aún lo que aparecerá de nuevo en toda su rotundidad, el humorismo es el puente ideal.

Convencido el artista de que toda pasión tiene un valor temporal, procura remontar esa decadencia temporaria, que llevaría en sí el apasionarse, y se salva de ese modo más que se salvaría si se encerrase en su obscura obsesión.

Gracias al humorismo, el artista evita el creer resolver problemas que son insolubles y que tal vez ni problemas son, sino la vida mal planteada, defectos de la vida confinada en pequeños círculos. Gracias a ese recurso de elevación se pone en extremos de luz el margen en que estará el porvenir con respecto a muchas cosas y deja abierto el círculo en vez de cerrarlo de esa manera que ha vuelto insoportable muchas obras literarias por atosigación de su seriedad y de su calidad de género cerrado.

Es fácil hacer sospechoso al escritor al señalarle como humorista, como las formas de una avanzada política se logran hacer suspectas sólo con denunciar su nombre titular.

Pero nosotros hablamos, o debemos hablar, más allá de los medios alevosos de la oposición fácil, y en ese terreno el humorista es un propugnador de nuevas libertades, el primer heraldo de nuevas revanchas, de nuevos géneros desenlazados, en mayor libertad de acción.

Toda obra tiene que estar ya descalabrada por el humor, calcada por el humor, con sospechas de humorística; y si no, está herida de muerte, de inercia, de disolución cancerosa.

Todo lo que no tenga humorismo se convierte en un cuento de miedo que no mete miedo a nadie.

Aun se defienden viejos géneros que no tienen humor, porque hay una convivencia literaria entre retardados y críticos; pero el lector, que hasta a veces agota los libros alabados, se divorcia, cada vez más, de la literatura por desengaño de su monotonía, de su autoinspección, llena de vanos conflictos sentimentales.

Los más grandes escritores son los humoristas; y téngase por los más grandes escritores, no los que se reputan por tales, sino los que son leídos, los que vibran en el presente, los que pueden vivir la inquietud de nuestros días, los que no están en los museos con sus grandes esqueletos, admirados por un público de los domingos, aquellos ante quienes no se dice sólo: “¡Oh, sí!”, sino que se les puede alternar con todo lo moderno.

El lector de hoy tiene ojos de humorista; y hasta lo que no es humorista se lee en humorista, se le añaden sonrisas a través de las páginas.

Si es importante la imagen, sólo se la perdona y se la resiste si está lanzada con gesto humorístico, si está entregada con cierta sonrisa.

Toda literatura en que no haya humorismo tendrá un defecto de tiesura, un defecto declamatorio que la hará no curada y sólo cuadro episódico del escenario del mundo, monstruosidad en una sola dirección, aislamiento de un crimen sobre el conjunto del vivir.

Si no se hace abstracción de un motivo y no se obliga, por disciplina antinatural, a que todos hagan esa abstracción, ese motivo caerá sobre el mar vital del humorismo, y al entrar en el conjunto del mundo tendrá fondo humorístico.

En este momento de desobediencia radical para las abstracciones literarias, todo se reintegra a su fondo humorístico, y por eso se descompone el arte y la literatura de escuela y se habla de crisis, cuando sólo se trata de la disolución del arte concebido en grandes pedruscos.

El humor entra en las cosas por el lado por el que no existen, y que es el que las revela más.

Lo que de mastodóntico y aplastado tiene el mundo, sólo lo compensa la mirada humorística. Todo es montaña para el hombre si el hombre no es humorista.

Frente al humorismo, que debe ser una maravilla de dosificación –y en eso entra el estro poético del humorista y su verdadera vocación–, está el amarguismo.

El humorista debe cuidar, por eso, de que ni lo cómico ni lo amargo dominen su creación, y de una bondad ingénita debe presidir la mezcla. Al humorista ha debido conmoverle lo que ha escrito, aunque a los otros les haga reír o les anonade con su burla.

El amarguismo hace doloroso el humorismo y antipático, y es obra del mal genio, en vez de ser obra del mejor genio; un genio tan bueno, que debe ser de algún modo desgraciado.

Hay que rechazar toda forma del amarguismo y denunciarlo como tal, pues se disfraza de humorismo en sus réplicas, es su desagradabilidad, en su fondo aguafiestas.

En el humorista se mezclan el excéntrico, el payaso y el hombre triste, que los contempla a los dos.

Es la tragicomedia sin crimen ni sangre, con baile de cosas, seres y hechos en medio de su acción.

La mejor pintura que se ha hecho del humorista es la que le representa en pos de remedio a su hipocondría, pidiendo consejo para curar su melancolía a médicos, a sabios y a amigos; hasta que tropieza con uno que le recomienda que vaya a ver al escritor hilarizante que está más en boga; y el pobre humorista responde:

–¡Imposible, inútil!

–¿Por qué?

–Porque soy yo.

Una objeción que se hace al humorismo es que no suele ostentarlo la mujer, que la mujer no es humorista.

No es objeción seria esa; porque es que a la mujer se la ha acostumbrado demasiado a llorar, y el humorismo es una nueva fórmula para evaporar las lágrimas. Todavía se necesita algún tiempo para que aprenda a sonreír de lo que le hacía llorar.

Si la mujer no puede ser clown es porque su coquetería se opone a ella, pero no por una razón antihumorística. Ese impedimento de ser la que ha de agradar con sus gracias, mantenidas en un solo sentido de armonía, es lo que evita que entre en la gran experiencia de las contorsiones ultravertebradas.

No se pueden mezclar a las disolvencias humorísticas, porque tiene una misión enquistada de cómica del amor.

Sólo una mujer muy excepcional puede comprender a los humoristas. La mujer nunca sabe cuándo habla el humorista y cuándo el hombre trágico.

La mujer llega a comprender lo cómico y lo dramático; pero lo que la irrita, lo que la descompone y saca de sus casillas es ese no saber cuándo es dramática una cosa ni cuándo es cómica, situación del humorismo que es el estado especial en que son vencidos los dos elementos y convertidos en una tercera complacencia, que no abusa de lo cómico ni de lo dramático, que sacrifica las ventajas de las dos situaciones.

La mujer que abusa de las escenas trágicas y que saca también mucho partido de las cómicas, se ve en una situación desinteresada del juicio que acaba con su coquetería dramática y su coquetería jocosa y se siente desacorde.

 

II
Estudiemos como químicos lo ingredientes que entran en el humorismo y que después se diversifican en él, formando algo que no tiene que ver nada con los elementos sueltos.

Lo grotesco entra en un tanto por ciento imprecisable en lo humorístico.

De lo grotesco apenas dice nada el diccionario español, y el italiano le aplica cierta gracia, calificando así a lo que es pintado de un modo libre y ornamentalmente barroco, porque no le conviene pintura más noble y regulada.

El vicio al juzgar lo grotesco está en creerlo indigno, poseído de indignidad. Claro que inspira este desprecio toda la cursilería social que no sabe apreciar sino sus categorías y a las otras les aplica juicio negativo.

Lo grotesco es excelso y tiene un sentido formidable por como se hace imponente lo humano al conseguir ese grado. Pero hay que desconfiar de lo grotesco industrializado, barato, con marcado aspecto decorativo.

El sarcasmo, que quiere decir en su primera etimología mordedura, es el mordiente que debe entrar en su composición, mezclado de socarronería para rebajar el exceso del mordiente en que pueda incurrirse.

Lo bufo debe pasar como una sombra, y en huída, por la imaginación humorística, pues lo bufo es lo grotesco en calzoncillos.

Lo patético debe perder su color en la mezcla, pero debe estar dentro de ella.

A ese total se le añadirá un grano de la especia épico–burlesca, mezclando al todo elementos inclasificables de incongruencia pura, de expectación de ojos abiertos.

Como se ve, quedan fuera del humorismo las substancias con que se le imita: el chiste, que es el humorismo que se arrastra; el retruécano, que es una cosa mecánica; la tomadura de pelo, que es una cosa de barrio bajo; el choteo, que es una cosa chulesco-matónica, y la burla, que no cree en lo que dice y que cuenta con lo ridículo, impiedad de que carece el humorismo.

Lo satírico se irroga una misión moralizadora, y hay por eso en la sátira un elemento moral impertinente, una crítica rigurosa que no merece la vida.

Lo satírico es una “crítica reflexiva y didáctica” sin el lado de libre inspiración que hay en lo humorístico y es en los mejores casos la oposición del poeta a la realidad, cuando en el humorismo se hace que la realidad haga la oposición a la misma realidad y es, por decirlo así, la contienda de dos realidades, una supuesta y otra cotidiana, sino es una única realidad vista de dos maneras o quimerizada y resuelta para que se encienda más de su propio sentido.

Esa moraleja latente que hay en la sátira no debe concurrir en el humorismo, que no debe hacer propaganda de nada ni propugnación de ninguna nueva mentira civil de renacimiento. Si un nuevo renacimiento se inicia con formidables afirmaciones con que congregar de nuevo la vida social, el humorismo debe hacerse a un lado y permanecer en su puesto, porque le llegará la hora de eslabonarse en otra época con el de la época anterior, pues es la única posición altiva y flotante que se eslabona cuando los renacimientos pierden su eficacia, ya que son mucho más falaces de lo que les pareció a los humoristas al iniciarse.

Arquiloco iba tan lejos en sus sátiras que a veces se suicidaron los que fueron satirizados por él.

El humorismo es incapaz de ese ensañamiento,

El humorismo acaba en sí mismo, se completa en sus propios cuadros, se satisface en sus escenas.

El epigrama y lo epigramático es lo más episódico del humorismo y su sentido es de retorsión sobre una agudeza, redondeado por un trallazo ingenioso, círculo cerrado de una opinión zumbona, epitafio de un ser o de un sucedido –los primeros epitafios se llamaron en realidad epigramas–, soneto en prosa que sintetiza una escena cómica, un carácter puesto al descubierto, un acontecimiento dilatado en sus vicios y pecados, una fisonomía revelada en su bisojez o en su mueca con melladuras y chirles.

La ironía es flaca y el humorismo es recio, y en ella no se comprende la inspiración calenturienta, la efusión de medios.

La ironía, según Littré, “es un perro que no puede morder y enseñar los dientes”, Pelayo González dice: “que es una hiel que cristaliza en agujas”.

La ironía está llena de un entrometimiento que dislacera la obra literaria y tiene un chirrido que ataca los nervios al subrayar las cosas.

La ironía es una intervención un tanto procaz.

La ironía es una paradoja artificial y petimetra, mientras que el humorismo es una paradoja vital y solemne.

La ironía implica otro hombre en el secreto de su doblez, y el humorismo no incurre en cómplices, sino que se entrega a lo que dice, sin miradas de soslayo, sin buscar al otro, en esa soledad fervorosa –de solo en el mundo– con que se construyen las obras de arte, las páginas imperecederas.

La ironía se apoya muchas veces sólo en las palabras y es condescendiente con aquel que se espera que condescienda entendiendo la traslación de la propia significación de una cosa a la opuesta, mientras que el humorismo juzga las cosas sobreponiéndose a que el mundo entero se hunda en su comentario y quede tergiversado por un contagio.

La ironía tiene un deje francés y un tonillo ofensivo. Es un humorismo sin curar, al que falta la nota grave y profunda que hace perdonar el agravio.

Complicando más el asunto se ha dicho que entre la concepción estética y la ética el término es la ironía, y entre la ética y la religiosa, es el humorismo.

Ese disamble de la ironía no va con España. Lo que no ha hecho arraigar a Anatole France, lo que ha revuelto contra el escritor francés algunas de las plumas más representativas de España, lo que ha dejado corta su obra es ese fondo de supercategoría que enorgullece a la ironía, es que en la ironía no está todo echado a barato y el ironizador no entra en el baile de las contorciones en que da por metido a lo que ve. No torea en el mismo revolotum. Se queda al pairo y como secreteando con alguien al que cree tan superior como él y tan ajeno a la gárrula feria.

La creación humorística admite entusiasmo y credulidad, mientras que la creación irónica siempre mantiene al autor desplazado, frío, directorial, deslabazando la creación por causa de la ironía.

La ironía que quiere dar a entender lo contrario de lo que dice, entra ya así en un amaño frío, con algo de juego de sociedad.

Es la ironía reticente con sus ocultaciones del pensamiento con coquetería de dejar y no dejar ver.

La ironía tiene malignidad, y aunque revele refinamiento, revela también mezquinería.

Lo cómico se verá siempre que ha sido un abuso y que ha aprovechado la indefención y el azoramiento del que se ríe. Contra lo cómico se puede volver vengativo el que pudo ser logrado por su efecto, pero contra lo humorístico no cabe esa reacción, y si ha sido acertado su golpe, se comprenderá cada vez mejor.

Hay quien ve el ridículo como base del humorismo, pero ni lo ridículo ni lo cómico son base del verdadero humorismo, de ese humorismo que se abre como una sombra última sobre las cosas.

El humorista es un ser enlutado por dentro que hace sufrir la alegría. Ama los clowns y no tiene que ver nada con ellos, pues también ama los enterradores y no tiene tampoco nada que ver con esos lúgubres oficiantes.

Tampoco hay que confundir al humorista con el bufón. Ese sería un crimen de lesa majestad, pues el humorista es el rey sobrehumanado, es el rey con facultad de juicio y de ironía.

El buen humorismo no exige que se ría, porque la risa, después de todo, es un acto tan esporádico como el estornudar.

Si la risa de lo cómico supone una ausencia de la emoción, el humor hace que la emoción no se disuelva en lo cómico.

Nuestro Séneca ha dicho “ríete, pero sin carcajada”, y con eso corregía ya la malicia de lo cómico. Nosotros iremos más lejos en la prescripción, que atañe directamente al humorismo y deja atrás la ironía: “Ríete, pero sin sonreír siquiera.”

 

III
Con paciencia he reunido varias definiciones del humorismo, porque el entrechoque de todas añade matices a su concepto.

Lipps lo ha definido como “sublimación de lo cómico a través de lo cómico mismo”.

Juan Pablo Richter ha dicho “que es como el pájaro mérceps, que sube al cielo con la cola hacia las nubes, o como un juglar, que bebe danzando sobre su cabeza”.

Revilla dice “que es el punto más álgido del lirismo, su exageración, el momento en que el poeta afirma con energía su pura subjetividad; poniéndose a veces hasta en contra de la sociedad entera”.

Taine, con acierto dentro de su garrulería, dice del humorismo:

“Como procedimiento artístico, confunde todos los estilos, mezcla todas las formas, acumula alusiones paganas a reminiscencias bíblicas, abstracciones germánicas a términos técnicos, la poesía al argot y los arcaísmos a los neologismos. La libertad subjetiva que degenera en arbitrariedad varía indefinidamente la perspectiva del humorista, mirando lo grande desde lo pequeño y viceversa, y convirtiendo lo sublime en ridículo y lo ridículo en sublime. Toca de esta suerte en el límite del absurdo, hace núcleo de su inspiración el contraste, y con él la parodia y la paradoja para llegar a una risa triste o irónica sublime que conserva un dejo cariñoso o simpático hacia lo mismo que se zahiere y censura. Audacia e impotencia juntas, anhelo que no se cumple, ideal que se presiente y no se concibe, síntesis que se anuncia y no se realiza, mesianismo igual al de la teología judaica: tal parece ser el humorismo, nube preñada de auroras. El humorismo es lex inversa, que introduce lo serio en lo jocoso y convierte al diablo en bufón. A su vez el humorista es un Diógenes o un Sócrates; demente que posee, según dice Schlegel, una genialidad fragmentaria, en cuanto se desvía del medio social que constituye su atmósfera nutritiva. Hijo pródigo de su propio talento, lo derrocha el humorista, protestando contra un orden aparatoso, cuya medula es un desorden que a su vez busca normalidad dentro de síntesis superiores. Con excesiva preferencia hacia los contrastes, vistiendo las ideas más serias con la casaca del arlequín y produciendo irrupciones de locas alegrías en mundos de tristeza, cual eco lejano de una eterna danza macabra, el humorista aparece ante todo como un escritor autónomo, y el humorismo como una poesía equívoca, porque el autor y la obra, sumergidos en el fuego de la sensibilidad, se ven asfixiados por el humo.”

Pirandello, más cercano a la listeza moderna para comprender lo que es humorismo, dice:

“El humorismo no es más que una lógica sutil. Los humoristas son lógicos que viven en medio de los absurdos de la retórica y de la visión unilateral de la vida.” Y para comprobar que el humorismo es una lógica sutil y pacífica, cita Pirandello dos frases de Allais, la que dijo en respuesta a la suposición de Pascal, según la cual si Cleopatra hubiera tenido la nariz un centímetro más corta, se hubiera cambiado la faz del mundo: “No; si Cleopatra hubiera tenido la nariz un centímetro más corta, se habría cambiado la faz de Cleopatra.” Y la otra frase: “No dejes para mañana lo que puedas dejar para pasado mañana.”

Con más seriedad, Pirandello ha dado otra definición del humorismo que hay que estampar aquí: “El humorismo es el sentimiento del contrario, un Hermes bifronte, una de cuyas caras se ríe de las lágrimas que vierte la otra.”

Jean Paul ha dicho: “El humor es lo cómico del pesimismo; un cómico más fino y más profundo que el de la comicidad ordinaria”.

Bergson ha dicho que el humorista es “un moralista que se disfraza de sabio”, y con incomprensión despectiva quiere explicarse lo cómico por rigideces, fenómenos de distorsión, apariencia de cosas que toman los seres, conversión de tipos mecánicos de los tipos humanos, ¡qué sé yo cuántos más falsos síntomas!

Como esos pensadores que creen que lo cómico es la simple degradación de presentar una idea elevada como mediocre, no sospechan que esa clara exhalación que produce la risa es comprensiva de que lo elevado es verdaderamente mediocre y que hay una moral práctica frente a la moral ideal y el humorismo es el conflicto de las dos morales.

Los poetas han acertado más con las definiciones difíciles, y así Gautier dice que “lo cómico extravagante es la lógica de lo absurdo”.

El misterio de la risa es un misterio mucho mayor que el del dolor, tanto que cuando un dolor llega al paroxismo acaba en risa.

A los filósofos se les escapa el secreto del humorismo. Spencer dice que “la risa es el indicio de un esfuerzo que de pronto se encuentra en nada”, y Kant, de modo parecido, cree que “procede del algo que se esperó y que inesperadamente se resuelve en nada”.

Con humorismo, Mac Sennett contesta a estos menosprecios, cuando dice: “A cualquiera puede hacérsele llorar con una cebolla; pero aun no se ha descubierto legumbre ninguna que haga reír.”

“Risa en la niebla” se ha llamado también al humorismo, y con redundancia pedagógica: “Disposición del espíritu que permite descubrir y expresar alegría de las cosas tristes y la tristeza de las cosas alegres, o un matiz del talento irreductible a concepto.”

Pawlowski ha dicho “que el humor es el sentido exacto de la relatividad de todas las cosas, es decir, la crítica constante de lo que cree ser definitivo, la puerta abierta a las nuevas posibilidades sin las que ningún progreso del espíritu sería posible. El humor no puede llegar a conclusiones, puesto que toda conclusión es una muerte intelectual, y es precisamente este lado negativo del humorismo el que disgusta a muchas gentes, aunque él indica el límite en nuestras certidumbres y es la mayor ventaja que se nos puede conceder”.

“El humor –añade el mismo autor– no es la risa. El reír es un tribunal social que juzga y condena las ridiculeces, comparándolas con la verdad admitida que hace la ley. El humor no está al servicio de la sociedad, sino de los dioses, y se dedica a mostrarnos o a que atisbemos el encuentro de lo conocido con lo desconocido.

“El humor no tiene nada que pueda agradar a los que se sacian de orgullo encerrándose en sus certitudes, ya que, por el contrario, es el nerviosismo de una inteligencia que quiere volar, nerviosismo siempre doloroso, pues al abrir sus alas, el espíritu se martiriza contra los barrotes de su jaula.”

Un enemigo del humorismo ha dicho “que el arte compone y el humorismo descompone”, sin tener en cuenta que esa otra composición que hay en lo humorístico, que aunque no es un sistema de aplicaciones y armonías, sino situaciones extremas, también tiene su alcurnia creadora y confeccionadora, que sólo al tirar contra él con bala rasa puede desconocerse.

Otros creen que es una forma catastrófica del arte y que lleva al desequilibrio, pero en esos está más clara su condición de no entender.

Para imaginarse un ser que haya pasado por toda la civilización, ya en la hora final del mundo, hay que imaginárselo convertido al humorismo, supremo humorista.

“El mundo --ha dicho Horacio Walpole-- es a la vez una comedia y una tragedia: una comedia para el hombre que piensa y una tragedia para el hombre que siente.”

El humorista reúne a esos dos hombres en uno solo.

 

IV
Lo que se apoya en el aire claro de España es lo humorista; lo que responde al ambiente es lo humorista. Por eso hasta sus mayores políticos, los que por más tiempo la han dominado, han sido los que han tenido mayor sentido humorístico.

Sin embargo, como España es una contradicción con su propia verdad, la literatura podrá tener otras apariencias y hasta las teorías propugnar otras cosas.

Sin ese fondo humorístico, que es lo que hace barroca toda literatura española, quedan despreciables guirnaldas, adornismo que no merece mirarse, cosas sin zarpar en el ambiente.

Se podría decir que todo lo que no se corrige por esa nota no adquiere carta de naturaleza, es como si no existiese; entra sólo en archivos de cortesía, en los falsos “¡oh, sí, muy hermoso!”, superficiales.

En España se prepara sólo el guiso de la verdad, del sentido puro del vivir, sin ambiciones de ninguna clase, sin ansias internacionales, sin deseo de colonización ninguna. Parece que recapacita sólo en el sentido de la vida y de la muerte, perfeccionando su sensibilidad.

Todo el mundo vive en España como en un estado preagónico exquisito, como si todos, en medio de su alegría, estuviesen gozando el último día al sentirse por dentro como en plena peritonitis. Así, al preguntarle a Quevedo cuál es el momento más feliz de la vida, respondió: “el penúltimo”.

Por eso sólo espera el español morir congraciado con la verdad, tener un atisbo último de lo que ha sido la vida deleznable y la muerte no le amedrenta, pues sabe recibirla como un torero, dándola un pase de pecho, en alegría de ruedo taurino.

Gracia sin rictus no es gracia para nosotros. Tiene que hacerse daño el gracioso, que quejarse, que hacernos daño. ¿Qué es eso de la descarada alegría sin aprensiones últimas?

El español siempre está haciendo contraposiciones, y es maestro en el morir habemus; aunque con tono de Carnaval conteste: “Ya lo sabemos”.

En España sólo se cree en Dios, pero de una manera muy difícil de comprender; tanto, que así como el ateo español dice: “Soy ateo, gracias a Dios”, el creyente podría decir: “Creo en Dios, gracias al diablo”.

No hay modas en España, sino el sentido pleno de la raza, y en medio de todo desparpajo y del ludibrio de todo, como única manera de coordinar la realidad y su insolencia, acepta el humor.

España sólo se desfanatiza gracias a Dios.

El humorismo español está dedicado a pasar el trago de la muerte, y de paso para atravesar mejor el trago de la vida. No es para hacer gracias, ni es un juego de enredos.

Es para transitar entre el hambre y la desgracia. Así se aclaran las almas, y no se ponen sobre ellas pesados panteones de trascendencia.

El mayor reactivo de la vida, lo que la ataca en lo entrañable es este contraste entre la risa y el llanto, entre la vida y la muerte.

En China, ante la hora del entierro, todo es algaraza y risa, hasta que el pariente más próximo dice: “¡Ha llegado la hora de llorar!”, y todos lloran hasta que de nuevo dice: “¡Basta!”, y comienzan de nuevo las risas. Con esta escena humorística dedican al muerto toda la gama intensa de la vida y le hacen homenaje de la doble verdad del corazón.

Nuestros velatorios, para dar también todo el sentimiento entrañable al acto, son a menudo juergas, momentos en que toda la vida adquiere sincero ensamble.

El humorismo debe ser esa explosión de realidad inevitable que surge en las fiestas y en los funerales, como comentario definitivo del vivir, como preparando al mundo al bien morir.

El Fígaro francés dice: “Me apresuro a reír de todo... por temor a verme obligado a llorar por todo.”

Este susto sobre ascuas, este nerviosismo sobresaltado, esta chulería del reír para avasallar el llorar, es lo que se manifiesta de modo álgido en la literatura española.

El éxito del humorismo está en que no brote ni de lo muy cómico ni de lo muy fúnebre, que se mueva en ese trozo de calle que va del teatro a la funeraria.

El gráfico de la danza de la muerte cuando llega a España tiene un gran éxito y se convierte en papel de aleluyas del país, reproduciéndose por todas partes ese baile cómico y macabro que es la venganza contra reyes, obispos y buhoneros.

La gente veía el políptico sonriendo de esa especie de teatro de polichinelas profundo en que la muerte es el polichinela de garrotazo y tente tieso que dispersa las altiveces y arrogancias. Aquellos públicos gozaban al ver convertida en farsa teatral con elementos de auto sacramental la historieta espeluznante y divertida.

Los momentos de supremo humorismo han sido al borde de la tumba. No hay nada que los supere.

Algunos grandes hombres dieron ya ejemplo de esa actitud magna ante la muerte.

Sócrates es el más sereno retozón ante el morir y se acuerda del gallo que debe, y a su esposa, que le llora como a inocente, le replica: “¿Es que hubieras querido que muriese culpable?”

Rabelais dice como sus últimas palabras: “¡No tengo nada, debo mucho y… el resto se lo dejo a los pobres! ¡Ahora bajad el telón, que el sainete ha terminado!”

Lafontaine, cuando ya estaba poseído por el hipo final, exclama: “¡Como escape de ésta, vaya sátira que voy a hacer contra el hipo!”

En España este humorismo final se repite mucho.

Cuando en el lecho de muerte instaba a Quevedo el vicario de Villanueva para que subsanase un olvido que había en su testamento, no consignando el bastante dinero para que su entierro fuese lujoso y con asistencia de músicos, el gran humorista respondió:

–La música páguela quien la oyere– y púsose a morir al punto.

El suicidio de Larra es un rasgo de humorismo mudo.

Luis Taboada –un humorista injustamente olvidado–, cuando llegó la hora de pedir los santos óleos, encargó a quien iba a avisarlos:

–Di que los traigan los mejorcitos, que son para mí.

Un escritor farfullero y pícaro de estos tiempos, contaba a los amigos el entierro de su hijo, llevado por él bajo la capa al lejano cementerio del Este, de Madrid, y para explicar su borrachera de vuelta, contaba que era el cadáver del niño que le decía al pasar junto a la puerta de cada taberna: “¡Bebe, papá, bebe!”

Un caballero español de gran ingenio iba a morir cuando llegó a verle un amigo pesadísimo, de esos que no se van nunca y alargan la visita con su charla anodina. El moribundo resistió todo lo que pudo, pero hubo un momento final en que le dijo: “¡Con el permiso de usted voy a entrar en el período agónico!”, y se volvió hacia la pared para fallecer.

Un granadino, no hace mucho, al ir a morir, dijo a los presentes: “¡Colorín colorao, este cuente se ha acabao!”

Hay muchos suicidas españoles que se matan porque les “da la gana”, según dejan escrito en el papel final. El doctor Marañón me contaba el caso de un caso perdido de encefalitis letárgica, que cuando él dictaminaba que su muerte sería segura, ante los alumnos que rodeaban al que estaba debajo del sueño fatal, éste respondió, desde el fondo del sueño: “¡Que te crees tú eso!”

Verhaeren, en su viaje por España en compañía del pintor Regoyos, ve este contraste entre la vida y la muerte que caracteriza el espíritu de España juerguista sobre esos conceptos, y le choca encontrar que en las funerarias vendan, muchas veces, guitarras.

En realidad, la broma más grande es el morir. Por eso el cantaor, con el humor suficiente y con serena incongruencia, dice en su cantar:

Cuando estaba en la agonía

Me dijo mi padre:

–Cierra la puerta, García.

Casi todos los cantares de juerga apelan a la muerte y al cementerio, y, sin embargo, se está cantando para disfrutar, para estar alegre, para beber.    

El borracho español siempre está repitiendo la frase del poeta: “Despierta y bebe, que para dormir tienes siglos”; y así, entre cantares y sentencias, lo que se ingurgita va más hondo.

Un viejo revistero de toros, al ir a morir, recordó ese momento en que el matador, al encararse con la suerte suprema, manda que se retiren todos lo peones, y dijo a sus deudos, con concisa frase taurina: “¡Dejarme solo!”

Animador de la muerte, un aragonés que entre en los últimos momentos de su compadre, le dice: “Con que se agoniza ¿eh?...”

Los toreros han tenido muchas veces rasgos de humor ante la muerte; y conocida es la frase de aquel matador que al ir a matar a un negro y bravo cornúpeto, dijo al espada, que iba de luto por una tía:

–¿Quiere usted algo para su señora tía?...

Los duelos de los entierros madrileños se han despedido, durante mucho tiempo, en la plaza de la Alegría, creando así la paradoja máxima.

Este contraste de alegría y tragedia no está mal, porque no viste al amarillo ir en mejor compañía que con el negro; de tal modo que se convierte en galones de oro, en alcurnia del negro.

El español sabe que lo más enemigo de la vida es el gusanillo, y todo lo que hace es para contrarrestarlo; desde por la mañana, que toma su aguardiente de muchos grados para matar el gusanillo, hasta la noche, en que oye cante jondo y bebe para acabarlo de matar.

Todo lo que es solemne trata de corregirlo el español, gracias a como lo toma con aire humorístico; y si se fotografiase la expresión con que atisban los más listos las grandes paradas, se vería dominar el gesto humorístico.

Cuando un español recibe un álbum para escribir algo en él, se venga del empaque del álbum y corrige su osadía de posar de autografiado, plantando un humorismo en la plana rutilante que se le ofrece.

El vagabundo español se compensa de sus hambres y dolores gracias a un golpe de humor; y así no se me olvidará que un pobre vagabundo madrileño que yo bauticé con el nombre de Pirandello, substituía el refrán español de “Dios aprieta, pero no ahoga”, por otro que lanzaba a la risa de todos, y en el que ponía él una jovialidad triturada: “Dios ahoga, pero no aprieta.”

El miserable español corrige lo que de indigno pueda haber en su pobreza, gracias al humorismo con que pide o con que cuenta sus desgracias. Se burla de sus dolamas, y así consigue mejor dádiva de los demás.

Casi todos los humorismos internacionales son un juego, un trucaje, y frente a ellos el humorismo español tiene un sentido entrañable y es como la pesadilla de las entrañas retorcidas.

Este pueblo puro, que sólo vive en su humanidad y su rectitud como si se hubiese encerrado en sus fronteras sólo para eso y para bien morir, propugna su humorismo como una solución verdadera del ánimo, como un consuelo de lo problemático invariable, como una salida de las más profundas congojas.

El humorismo español es la manera trascendente de suspirar sin incurrir en la cobardía del suspiro, curándose en lo que de ironía hay en lo humorístico.  

Todos los que tomaron demasiado en serio su obra y la envolvieron en solemnidad retórica figuran en las antologías, es obligado escolarmente recordar su nombre, no se empeña el hombre culto en denigrarlos, pero la verdad verdadera es que están olvidados.

España es el sitio en que un literato dice en su lecho de muerte a sus deudos, como secreto último de su vida: “Ahora que voy a morir os diré que... me revienta el Dante.” Y es que en el Dante no hay resquicios de humorismo.

Juvenal no es el primer humorista español, porque aun hay demasiada claridad ingenua y meridiana sobre la tierra para que pueda ser otra cosa que satiricense y zumbón, con una epigramática retórica.

El Arcipreste es un placentero dado al dicharacheo, pero ya pone fondos de mueca y contrastes de escarnio a lo que zambombea.

La Celestina y la picaresca española es el humorismo con poso rusticano, pero ya con la nota acerba que merece la vida que pasa y sus espectáculos de señorío atrabiliario.

Así Cervantes, Hurtado de Mendoza y, por fin, Quevedo, que lleva al laberinto de la ciudad, al baile de la Corte, el humorismo verdadero, enjundioso, con espesura, con profundidad.

Quevedo se arrastra por la vida y luce su gesto de humorista, su arraigado punto de vista de gusano que está en lo cierto, lo cual no evita que se empine con altivez y se crea más gallardo que el que más.

Azorín, en su hora mejor, encontró a Baltasar Gracián, que tiene zumba humorística y que por sólo eso estaba embalsamado. Gracián exhumado resultó como esos seres que al abrir el sepulcro se muestran incorruptos. Con su enjundia de moralista y de disquisidor filosófico hay muchos otros grandes hombres literarios y, sin embargo, no son resucitables como Gracián, que unió a su estilo el humor.

Los mismos grandes poetas españoles, destacándose entre ellos Góngora, dan un sentido humorístico a su poesía, la intercalan de un ligero desplante irónico, dejan caer un verso entre sus versos con desgaire y desfachatez humorística, salvan lo barbilindo que pueda haber en su poesía con gestos y contradicciones en que aparece el garabito del humor, el desplante que debe haber como remate del saludo más rendido, como castigo que debe pronunciarse en la galantería, alevosa a la par que exquisita. Venganza en el amor. Herida en el lirismo. La imagen atada a su muerte. La conceptuosidad ahorcada en el último giro. Veneno en la rutilante sortija del verso. Fría sonrisa en la declamación. Suicidio en el soneto.

Góngora es el poeta que se salva entre culteranos y eglógicos, porque pone en todas sus cosas guasa poética, displicencia llena de desfachatez, burla en la sutileza, broma última en la galantería y retuerce el cuello del cisne poético en un último garabato que es esencialmente humorístico.    

Tuvo Góngora la reticencia que salva al verso de su engolamiento y le hace perdonar la solemnidad el lado por donde cae, y lo que se requinta hace guiño de ironía, y el saludo parsimonioso tiene un retoque de exceso que es ya humor puro.

Ese su rivalizar de un verso con otro y de una galantería suprema con otra más suprema, es verdadero humor.

Goya pone en toda su obra un sentido humorístico, en sus cuadros de carnaval, en la familia del rey, pintada como en antesala de fusilamiento de honor y de humor.

Las paredes de su vivienda en la ribera del Manzanares las pintarrajea de comadrería y juerga macabra, poniendo en esos negros cuadros desgañitamiento de aquelarre, con algo de velatorio y de boda espúrea.

En sus aguafuertes está el léxico y el estilo del humorismo español con fuerza inusitada, en sobrias leyendas.

Bajo esa dama que vuelve el hombro con desdén a la vieja que se le aproxima como a pedirle caridad, escribe: “¡Dispense hermana!”, y era su madre.

Bajo este cadáver, que levanta la losa de su tumba, escribe: “¡Nada!”

Bajo las mujeres que llevan las sillas sobre sus cabezas locas pone: “¡Ahora tendrán asiento!”

Bajo los petimetres: “¡Lo que puede un sastre!”

Pero más está su humorismo en ese sentido que no logra agotarse, en las rayas de sus aguafuertes, en la trama de burla muchas veces humorística con que hiere sus cobres.

Quedó zumbando después de Goya un sentido desdeñoso, sonreidor y acerbo, que Fígaro recoge admirablemente y que culmina, precisamente, en su artículo sobre el día de difuntos en Madrid, repasándolo todo, desde palacio a la cárcel, y leyendo en todos los sitios los más sardónicos “aquí yace”.

Silverio Lanza, que era un puro humorista, dividía a los seres como a las almendras en amargas y dulces, en agradables y desagradables, abogando por el imperio y la categoría de los agradables, los únicos que pueden intentar el humorismo.

Silverio Lanza gasta las primeras bromas humorísticas a la vida después de un cuarto de siglo retórico, y se pone el sombrero de copa para que le distinga el ahijado que lleva de la mano por si por casualidad se pierde, y describe la vida de un ministro español que no sabe leer y por eso lleva gafas ahumadas, y cuando tiene que jurar jura sobre el descote de las mujeres y todo lo ve con duda, tolerancia y sarcasmo, llegando a comprender las vibraciones del amor como si hubiese sido un amoroso empedernido.

Después de Miguel de los Santos Álvarez y Silverio Lanza, no hay quien lea a Pereda, porque no tiene humorismo, sino sorna en entretelas de rusticanería. Galdós está en otro rango, porque mezcla lo cómico a su obra, aunque le faltó también la comprensión del humorismo.

Azorín practicó el humorismo en todas sus andanzas, y está en el tono de su estilo y en sus enfoques de la realidad.

Baroja se amontona porque no es avizor del humorismo más que en esas ocasiones en que produce sus mejores páginas. Unamuno sería un mazorral si no hubiese encontrado sus nivolas y sus paradojas humorísticas.

Cuando Valle Inclán adquiere su mayor triunfo es cuando deja su línea de elegancia de parque italiano y mima lo grotesco y se lanza al esperpento y a la bibria.

Sin que se decida a teorizar su estética, Valle reconoce ya en su vejez que el camino español es el de esa contradanza que desbarajusta el ritmo, que le desdibuja con muecas descompuestas.

 

V
El humorismo sin hache en Italia –umorismo– tiene siempre una composición de comedieta de arte y cuenta con las categorías como todo en Italia. Siempre hay en él composición y decoración, sin perder nunca el tono heroico ni la disciplina de las clásicas perspectivas.

El humorismo norteamericano, fuera de ese caso remoto a los siglos que es Poe –apóstol humorístico de la Creación del Sinaí de su primera declaración humorística–, es un humorismo sano y cívico que hace decir a Thakeray: “Escritor humorista es el que despierta y dirige nuestro amor, nuestra compasión por los débiles, nuestro desprecio por la mentira y por la hipocresía, nuestra misericordia por los pobres, por los oprimidos, por los desgraciados”; y a Twain: “El humor es nuestra salud. Cuando aparece, toda dificultad se vence, todo rencor se evapora. Y la tempestad de nuestras cóleras se abre a un alegre sol.”

Tiene un aspecto deportivo, con que se preparan demasiado sus gracias, estudiados todos los pros y contras del tema y todas sus interferencias limpias de fondo humano.

El humorismo francés, fuera de las excepciones –más abundantes que en ningún sitio en Francia, tanto que lo que la eleva es lo excepcional sobre lo ambiente–, vive de ponerse a tono humorístico, a juego de humor, con un tono de fingimiento, de creación al por mayor, de final de banquete entre compadres.

El humorista francés se recobra luego de ser humorista y se convierte en un probo señor que cree en todas las categorías.

Por eso el humor francés no se suele remontar sobre la ironía o si aparece es mezclado a cosas de otra naturaleza y en una visible falta de vocación. No puede el humorista luchar contra un medio francamente antihumorístico, así como el norteamericano se prevalece de que el medio es francamente humorístico.

El humorismo inglés aplica lo flemático del hombre a la contemplación de los más fuertes problemas de la vida, y por eso ha podido ocurrírsele a un humorista inglés que “la solución de la cuestión irlandesa era comerse con coles a los niños irlandeses”.

También consiste el humorismo inglés en añadir como razonamiento convincente en una cuestión seria una apoyatura completamente falsa, aunque aparentemente verdadera. Así, Bernard Shaw, para probar que el vegetarianismo en último extremo es ventajoso, dice: “Además, la fruta es tan maravillosa que tiene pepitas y bastará que sembréis una para que crezca un árbol. ¡Sembrar un hueso de cordero y no nacerá nada!”

El único contacto que hay en el humorismo inglés con el humorismo español está en lo más grande de su literatura, en esos locos melancólicos de Shakespeare, y se podría decir que Yorik y que mucho de Hamlet es español y ha estado en sus príncipes rebeldes y en sus bufones reconcentrados.

El humorista inglés se puede preparar a ser humorista, puede perfeccionar su profesión, hasta se podría dar una Universidad de Oxford para humoristas.

El español es espontáneo y no admite el humorismo como artificio ni género colectivo, pues se ofendería grandemente el humorista español si se supiese que premeditaba la degradación de las cosas, que no era confesional su humor.

El humorismo inglés es el que merece el premio –aunque eso no quiera decir que cumpla ese deber barroco e inconcursable que debe tener el humorismo–; pero hay en él, en medio de su perfección, un aire autoritario y un deseo de última salvación de la sociedad que le hacen algo superfluo.

No agota los extremos, no juega lo bastante a la tragedia, se penetra de cuento demasiado y tiene el rictus displicente e impasible del inglés llevando a cabo la acción más absurda con toda impasibilidad. De todos modos, es admirable.

Uno de los más perfectos humorismos que ha habido ha sido el de Oscar Wilde.

Las grandes mentiras humorísticas de su arte de hablar tenían esa moral sobrepuesta a todo del humorismo que se propone desvelar y sobrepasar la agonía de la vida, oponer a las verdades que se dan por seguras las verdades supuestas, confundiendo al mundo.

Cuando Wilde dice que “la única manera de quedar en la memoria de las clases comerciales es no pagando sus facturas” pone una amarga sonrisa frente a todas las posibilidades de gloria.

El humorismo alemán tiene un sentido exterior y gráfico de caricatura, generalmente, y es incisopunzante como él sólo. Otras veces tiene la melodía sentimental del más exquisito humorismo, como en Heine, que sinfoniza el humor y que lo hace tan penetrante en el corazón.

Lo mejor de la literatura rusa, lo que la salva, sobre su estructura monótona, afondada, de raza difícil, es el humorismo, que la levanta sobre la tierra, que la arranca a la fuerza de gravedad.

El mismo Dostoiewski, en casi todas sus obras, pero, entre otras, en El idiota y en El eterno marido, coloca en medio de todo, en las situaciones trágicas, junto a mujeres que no comprenden sino el dolor y la pasión, seres con aspecto de protagonistas que danzan en toda la obra como seres humorísticos, de comportamiento extraño, con raras siluetas, en contraste de un bufo trágico sobre el fondo obscuro en todas las obras, sobre la aciaga resaca de la calle.

El humorismo ruso sale demasiado en medio de vientos, acribilla de reticencias a sus víctimas, se ensaña en sus situaciones. Se le conoce por lo de pronóstico reservado que es y porque empuja, a la vorágine, a la plataforma de la risa de la plaza pública o del centro del salón de reuniones, a los seres objeto de la befa.

Lo cómico y lo dramático entran en disputa homicida en la obra rusa, y las crestas de los personajes quedan sangrando como en una alborotada riña de gallos.

Tiene una hilaridad lo humorístico ruso en que suenan destempladas, con guirigay funesto, todas las teclas de la burla.

En fin, casi todos los escritores contemporáneos se salvan por su humorismo, y gracias a él quitan a los conflictos lo que tienen de irresistibles. Ya no se atreve nadie a entrar en un tema con solemnidad, con demasiada credulidad, sin el control del humor.

 

VI
En la misma poesía nueva campea el humorismo. Los nuevos poetas de España, al intentar el superrealismo, incurren en el humorismo más alterado, en el superhumorismo. Las últimas imágenes dichas con todo empaque poético tienen dislate humorístico, entremezclas de imposible.

Es lo que les era necesario hacer bajo las luces exigentes de España, que necesitan rebeldía para todo amaño de arte, burla en la línea, guasa en medio de la recitación, remate cínico en la filigrana. El mismo torero se queda con gesto de haberse burlado cuando termina la suerte trágica.

La categoría, la ínfula, el orgullo español no pueden lucirse sin contrapeso como esas mismas altiveces de Francia, por ejemplo.  

El que ha recibido la condecoración necesita sonreírse de ella, y el que ha sido investido necesita descomponer con un gesto su investidura.

En el cubismo, en el dadaísmo, en el superrealismo y en casi todos los ismos modernos hay un espantoso humorismo que no es burla, ¡cuidado!, ni estafa, ni es malicia callada, sino franca poesía, franca imposición, franco resultado.

La burla es no creer en lo que se dice, distanciarse de ello, no amarlo apasionadamente, encontrarlo ridículo, y en todos esos humorismos del nuevo arte hay solaz que termina en su propia obra, y están sus artistas unidos espiritual y carnalmente a sus temas, encontrándolos gallardos y dignos, pudiéndose decir que los lloran con emoción al mismo tiempo que los ríen.

Por eso cuando el público, ante las cosas modernas, cree que el autor es un guasón, es que no comparte la complacencia interior de otros motivos que los que a ese público le complacen, es que no ve que como objetivo de contemplación el artista actual siente otras cosas divergentes, rotas, sugerentes de otros mundos.

Cuando a mí me dicen: “Eso del alma y expresión de los faroles o de las chimeneas lo habrá dicho en guasa”, yo me revelo, pues he sentido el contraste de esas cosas de la noche y ese sentimentalismo me ha parecido menos amanerado, menos cargante que otros sentimentalismos que atraen la atención de los que no comprenden la poesía que se levanta sobre lo cotidiano.

Lo que no puede el arte contemporáneo es delatar su humorismo y disociarlo de su intrínseca seriedad.

Un gran sigilo para callar que es humorismo necesita el humorismo de la poesía y del arte actuales. Nadie debe despertar la ingenuidad con que se presentan. Nadie debe decirlo. Necesita como la farsa escénica, que nada descubra la farsa, que todos entren en ella, y que se llegue a creer que se está ante una seriedad de la vida idéntica a sus otras seriedades.

Por esa necesidad de guardar el secreto de que es humorismo puro es por lo que el arte contemporáneo tiene que llegar a desmentir que lo sea y hasta matar a quien lo suponga. Como sabe muy bien que todas son convenciones en la vida, quiere que se entre en su convención con la cortesía y el arrebato sincero con que se entra en las otras. No hay derecho en querer desenmascarar lo nuevo, que por lo menos tiene la supremacía de lucir una máscara sin monotonía, cuando se respetan las otras máscaras degradadas por el uso.

El arte tiene, agotada la representación, una amargura ante la fijeza escénica y como idiotizada de las formas que le hace rebelarse. Su deseo de originalidad y de inventiva no es un deseo de imitación, y por eso recurre a la paradoja y al humorismo.

El arte contemporáneo se ha dado cuenta de que para variar las formas, llega un momento en que no hay otro remedio que desviar, que cambiarlas radicalmente, que evocarlas desde parecidos lejanísimos.

Los nuevos autores representan cosas que el humorismo ha desentrañado, ha destrozado, ha hecho viables, ha hecho divertidas, ha aclarado, ha comprendido.

Los artistas modernos no presentan una caricatura o un engaño, sino una cosa fijada, desproblematizada, descubierta.

¿Que den más razones y explicaciones? No pueden. El entusiasmo que les ha merecido cada hallazgo se desplazaría, se borraría, se enflaquecería si diesen demasiadas explicaciones, si volviesen sobre lo que han hecho. El descubrimiento debe ser sobrio y un poco al azar. Su alma no les perdonaría la revelación y sería menos inaudita en sus próximas creaciones.

Picasso mezcla humorismo y pintura pura, pero que nadie se lo diga.

Una gran lección del humorismo contemporáneo ha sido el cinema. La vida ha influído en la gran sábana de la pantalla, pero también la pantalla ha influído de un modo redoblado en la vida y ha creado en ella muchos millones de Charlots.

En el espejo del cinema se han mirado las gentes más serias y se han afeitado el rostro y alma según la imagen interior de ese espejo.

Ya nadie lleva un bigote fastuoso y erizado, sino bigotes de forma humorística. El solemne alemán va contrarrestado en lo que tiene de imponente gracias a su bigote humorístico.

El humorista se ha adelantado al gran contraste que será la tierra caliente, y con sentido humano junto a la tierra al cabo de la consumación de los siglos fría y con una sonrisa desdentada frente a otros muchos vivos y lejanos.

El humorista se puede decir que adivina el final del mundo y obra ya un poco de acuerdo con la incongruencia final.

El humorismo de hoy será la seriedad del mañana, pues la vida se venga de lo disolvente casándole con la nueva burguesía; pero, al final, la nueva enciclopedia será el último diccionario del humor.

En futuros Parlamentos despuntará el partido humorístico, que primero se discutirá, como cuando apareció el socialista, si es legal o ilegal, pero al fin será el que conduzca el gobierno de la vida con el único arte soportable.



 * Ramón Gómez de la Serna, “Humorismo”, en Ismos, Madrid, Biblioteca Nueva, 1931, pp. 197-233.

 

 

Guillermo Espinosa Estrada, 2012