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Humor latinoamericano *
Jorge Edwards

 

A primera vista el humor latinoamericano sería escaso. A nadie se le ocurriría decir que América, o por lo menos, eso que ahora llaman América Latina, es un continente de humoristas. Somos, al menos en apariencia, un mundo de gente ampulosa, retórica, declamatoria, violenta, susceptible, huachafa o cursi. El humor supone reflexión, madurez, no tomarse demasiado en serio, y nosotros, de acuerdo con nuestra imagen de marca, somos gente que se toma en serio en forma extrema. El europeo nos mira como seres de bigotito, tez morena, actitudes machistas, orgullosos desmedidos, que pueden llevarnos a sacar la pistola y descerrajarle dos tiros al que se permita gastarnos una broma. Desde luego, el europeo no ve muchos matices entre los diferentes habitantes de América. Un mexicano, un brasileño, un nicaragüense, un peruano, un chileno, son más o menos la misma cosa.

Algunas literaturas latinoamericanas corresponden perfectamente a esta visión. Sospecho que son comprendidas y aplaudidas en Europa con más facilidad. Los escritores de este lado proyectamos una imagen de productores de fantasías audaces y a la vez melancólicas, desprovistas de humorismo. Si inventamos indios con plumas, capataces sanguinarios, patrones feudales, niñas sonámbulas que escapan a las leyes de la gravitación y se elevan unos metros del suelo, estamos en la línea correcta. Después de la obra de Miguel Ángel Asturias, después de Cien años de soledad, esas invenciones podrían convertirse en industrias. Hay síntomas ya en las generaciones nuevas.

Entre los escritores que murieron en el accidente de Avianca, pocos minutos antes de aterrizar en el aeropuerto de Madrid, había un representante notable del humor latinoamericano, Jorge Ibargüengoitia. Fuera de México, su país natal, era quizás el menos conocido de los escritores que perecieron ahí. Esto se debía a la posición excéntrica, marginal, que implica utilizar en América el humor, el lenguaje sintético, la prosa económica, astringente. He releído Los relámpagos de agosto, la primera novela de Ibargüengoitia, un libro que ya va a cumplir veinte años, y me ha parecido más actual, más vivo, más incisivo que en la primera lectura. Por medio del humor, de la caricatura, Ibargüengoitia trazó un retrato impecable del caudillo militar hispanoamericano. Era imposible hacer un dibujo más corrosivo. Tiene algo en común con Tirano Banderas, de Valle Inclán, pero en el texto de Ibargüengoitia encontramos un desenfado, una soltura de cuerpo, una risa insolente, que lo hacen mucho más cercano a nosotros.

Valle Inclán, como Asturias y como García Márquez, sucesores suyos en cierta manera, construye grandes escenografías y utiliza el lenguaje como parte del espectáculo. En escritores de la especie de Ibargüengoitia, el lenguaje cumple una función más íntima y a la vez más reveladora. He aquí un párrafo de Los relámpagos de agosto:

“¿Por qué de entre tantos generales que habíamos entonces en el Ejército nacional había González de escogerme a mí para Secretario Particular? Muy sencillo, por mis méritos, como dije antes, y además porque me debía dos favores. El primero era que cuando perdimos la batalla de Santa Fe, fue por culpa suya, de González, que debió avanzar con la Brigada de Caballería cuando yo hubiera despejado de tiradores el cerro de Santiago, y no avanzó nunca, porque le dio miedo o porque se le olvidó, y nos pegaron, y me echaron a mí la culpa, pero yo, gran conocedor como soy de los caracteres humanos, sabía que aquel hombre iba a llegar muy lejos, y no dije nada; soporté el oprobio, y esas cosas se agradecen. El otro favor es un secreto, y me lo llevaré hasta la tumba.”

Ese “porque le dio miedo o porque se le olvidó” es un detalle maestro. También lo es la no mención del segundo favor, el que se llevará el narrador a la tumba. El lenguaje, al articularse desde una conciencia narrativa limitada y a la vez tramposa, simultáneamente sugiere y oculta.

Existe en la literatura latinoamericana una línea de humor que es muy rica y que ha sido subestimada, en general, por la crítica extranjera, al menos en estos años. El gran precursor y maestro del género es casi un desconocido fuera del Brasil, su país. Me refiero a Joaquín María Machado de Assis, que escribió en Río de Janeiro a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En toda la primera etapa de su vida, Machado de Assis fue un novelista y poeta romántico. En su madurez hizo un viraje completo, asimilando a fondo su conocimiento de los narradores humoristas ingleses, sobre todo Sterne y Thakeray. Es una conversión que no calza en absoluto con los lugares comunes actuales de la crítica, pero que dio lugar, sin embargo, a una de las obras novelescas más sólidas que se han escrito en América. En nuestra época, el único caso comparable de asimilación de literaturas europeas es el de Jorge Luis Borges, que también, como se ha dicho en Brasil de Machado, tiene una “cabeza de rumiante” intelectual.

En uno de sus cuentos maestros, “Un hombre célebre”, Machado de Assis parece definir la condición del creador latinoamericano. Pestana, el protagonista, es un autor de polkas celebres en todo Río de Janeiro, polkas que hacen reír y bailar a la ciudad entera, pero él, en su fuero interno, sufre una frustración intolerable. Se encierra en su estudio, en las noches, mientras la ciudad baila al son de sus ritmos, y trata inútilmente de componer música seria, a la altura de la que compusieron los personajes cuyos retratos decoran la sala: Mozart, Beethoven, Cimarosa, Bach, etcétera. Muere su mujer y se propone conmemorar el primer aniversario de su fallecimiento con una Misa de Réquiem de su pluma. Compone alguna polka ocasional, en minutos de inspiración, pero las ideas para ese Réquiem no le vienen a la cabeza. Celebra el aniversario con una misa común y corriente, sin el tan esperado Réquiem, y deja caer algunas lágrimas. No se sabe si todas esas lágrimas “eran del marido, o si algunas eran del compositor”. El implacable editor de las polkas visita a Pestana en su lecho de moribundo y le pide que componga una con motivo de la subida de los conservadores al gobierno. Le dice Pestana: “Como es probable que muera en estos días, le hará dos polkas; la otra servirá para cuando suban los liberales.”

El mundo latinoamericano está, desde luego, en El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias, y en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, pero también está en la frase póstuma de Pestana, comentada en el cuento de esta forma: “Fue la única pillería que dijo en toda la vida, y ya era tiempo, porque expiró en la madrugada siguiente, a las cuatro horas y cinco minutos, bien con los hombres y más consigo mismo.”

Fuera de los oropeles del barroco o de lo “real maravilloso”, el mundo latinoamericano, más variado de lo que parece a simple vista, también se expresa en la frase final del frustrado y célebre compositor de polkas de Machado de Assis; en las supuestas memorias del General de División José Guadalupe Arroyo, protagonista de Los relámpagos de agosto; en el monólogo de don Francisco Narciso de Laprida, hombre “de sentencias, de libros, de dictámenes”, minutos antes de ser pasado a cuchillo por los montoneros de Aldao, como lo describe el “Poema conjetural” de Jorge Luis Borges. Un colega chileno que tuvo que prepararse para morir, a fines de septiembre de 1973, me ha contado que se acordó del “Poema conjetural” y no de versos de Neruda o de Vallejo. Era perfectamente explicable. Mi colega, hombre de letras, como Laprida, iba a enfrentarse a la barbarie. ¡No era el momento de recitar hermosas letanías gongorinas!

Parafraseando a Hamlet, podríamos decir que hay cosas en el mundo latinoamericano que la filosofía de un académico sueco no alcanza a captar.     



 * Jorge Edwards, “Humor latinoamericano”, en Vuelta 91, México, junio 1984, pp. 49-50.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012