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El humorismo del Quijote *
Miguel Otero Silva

Inevitablemente, y no por postiza o estudiada modestia sino porque ello ajusta como llave en cerradura a la descocada realidad, he de comenzar este palabreo preguntándome a mí mismo lo que ya vosotros os habéis preguntado al ver mi nombre incluido entre los artesanos de este ciclo de conferencias cervantinas: ¿Qué hace ahí, metido o entrometido en el cenáculo de sabios y profesores, ese periodista que no tiene de cervantino más que el Miguel y de don Quijote más que la falta de seso? Y como tan descomunal absurdo no logra encontrar otro esclarecimiento sino la anécdota, por no decir el chisme, me veo precisado a denunciar al profesor Ángel Rosenblat como principal o solitario responsable de tal desaguisado. En efecto, me hallaba yo de lo más tranquilo y resignado en la redacción de mi periódico, como lo estuviera Sancho en su parcela de labrantío antes de que lo solicitara el hidalgo manchego, cuando fue en mi busca el mentado profesor Rosenblat y tanto me persuadió y tantas razones adujo que determiné a la postre el salirme con él hasta la Universidad y el servirle de escudero. Debo confesar, en su descargo, que no me prometió ínsula alguna, ni me ofreció trocar mi falta de sal en la mollera por elevado ingenio, si me decidía a acompañarle en la descabellada aventura que para mí entraña esta disertación. Ya que lo ajustado al buen juicio sería que esta plática no llevara por título “El humorismo del Quijote”, como han dado en llamarla los periódicos, sino “De cómo un desatinado periodista atrevióse a dictar una conferencia sobre el Quijote en una ilustre Universidad, creyéndose gigante y no molino de viento como era y confundiendo su muñón enclenque con el poderoso brazo de Amadís de Gaula”. Lo cual luciría, indudablemente, mucho más cervantino y, sobre todo, mucho más ceñido a la verdad de esta historia.

Pero ya sobre el caballo, o más apropiadamente sobre el jumento, cabalgadura que a Sancho y a mí nos corresponde, no me resta otra elección sino dejarme guiar por el instinto y el destino a través de ese campo de Montiel, para mí poco más o menos desconocido, que es la maravillosa e imperecedera prosa de Miguel de Cervantes. El otro más reciente don Miguel, el de Unamuno, escribía tozudamente que España y la humanidad estaban urgidas de la audacia, la valentía y la fe que don Quijote ponía en mantener que las bacías de barbero eran yelmos y en batirse contra quienes sostuvieran lo contrario. Convendréis conmigo en que al menos la audacia no me ha faltado en la presente ocasión. Podéis vislumbrar la demasía de mi atrevimiento si os confieso que sólo tres veces he leído el Quijote. La primera en la adolescencia, que fue como no leerlo; la segunda a los veinte años; y la tercera con motivo de esta charla. Y admitiréis al cabo que, para atreverse a hablar del Quijote ante un auditorio universitario, con tres lecturas apenas y de prisa, se requiere tanto o mayor arrojo como para batirse con pellejos de vino tomándolos por el gigante Pandafilando de la Fosca Vista.

Vaya parejamente en disculpa de mi osadía, y ya tratando tímidamente de entrar en materia como quien se arriesga a introducir un dedo del pie en el agua fría, el afirmar que el Quijote es fuente tan espléndida de humanidad y de conocimiento que, al correr de los siglos, cada quien ha tomado ese libro, o ha tomado de ese libro, según su leal saber y entender le ha dictado.

Para unos, el Quijote es el libro de la lengua y del estilo, el crisol primoroso en cuya cuenca el castellano se acendra y se depura para esparcirse luego como semillero inagotable de belleza y de arte. En el parecer de quienes así lo miran, el Quijote es la raíz más jugosa de la literatura española, el inagotable venero del buen decir, el tronco añoso pero fresco del árbol de la novela, ya no española, sino de todas partes. Ellos hablan del Quijote como gloria de nuestro lenguaje y como rutilante gema de las letras universales, y a fe mía que no les falta razón.

Para otros, el Quijote es el libro de la justicia porque es la historia de un caballero que abandonó casa y hacienda para lanzarse en perseguimiento de aventuras y peligros, alumbrado por el propósito de castigar a los malandrines y a los follones, de amparar a los menesterosos y a los desdichados, de enderezar los entuertos y deshacer los agravios. Nada importa que el testarudo hidalgo sea apaleado o burlado al final de cada aventura, si su fe se mantiene intacta, su valentía incólume y su denodado pecho resuelto a acometer nuevas y desiguales contiendas en resguardo de los débiles y de los desposeídos. Tal interpretación del Quijote es la más elevada y la más hermosa y a ella principalmente se debe que el nombre del soñador manchego se sembrara con tanta hondura y tanta perdurabilidad en el corazón de una humanidad curvada por la injusticia y el desafuero. Se sembrara, digo, codo con codo y en el mismo sitio donde reposaba, con quince siglos de prioridad, el recuerdo de un carpintero, o hijo de carpintero, que se llamó Jesús, nació en Galilea y, como don Quijote, recorrió los campos y atravesó los poblados predicando la igualdad, arrojando mercaderes de los templos, enderezando tuertos y deshaciendo agravios. Poco interesa que ambos hubiesen sido locos, o al menos considerados locos por sus contemporáneos que les escucharon, a causa de que el uno se decía Dios y el otro se proclamaba caballero andante. En las palabras del uno creyeron sus apóstoles o escuderos; en las palabras del otro creyó Sancho, su apóstol o escudero. Y tal convicción de sus seguidores ha bastado para que quien pregonara la justicia creyéndose Dios y quien la voceaba proclamándose caballero andante, hiciéranlo por locura o por lo que fuese, hayan subsistido centuria tras centuria como paradigmas de lo que dijeron y pretendieron ser. Gozó Jesús el privilegio de que su historia la escribieron los apóstoles o escuderos –los únicos que la sensatez de su verbo admitían–, en tanto que la de don Quijote no la pudo escribir Sancho sino un genial humorista de su época que jamás puso crédito en la cordura del caballero. Pero fue tal la pasión que ambos iluminados exprimieron en la dulce sinrazón de sus sentencias, tal el coraje con que sostuvieron sus principios frente al peligro y ante los poderosos adversarios, tal la pródiga nobleza de sus ideales, que, después de tantos siglos de haberse apagado sus voces, si preguntáis al azar en cualquier rincón de la tierra al primer ser humano que topéis:

–¿Quién es Dios?

No os responderá los vibrantes apelativos de los dioses tradicionales, de los dioses creadores de sistemas planetarios, de los dioses inmortales y omnipresentes, de los dioses que poseyeron atributos sobrehumanos, sino os mencionará al carpintero de Galilea, que nació y murió como los hombres, pero diciéndose Dios y predicando la justicia.

Del mismo modo si os acercáis a alguien de alguna otra parte y le demandáis:

–¿Quién es el Caballero Andante?

No os replicará los motes o divisas de los caballeros andantes verdaderos –que fueron los irreales–, de los que cumplían hazañas singulares frente a gigantes y dragones, de los Amadises, Belianises y Florismartes, sino que, recordando al pobre enajenado de la Mancha, iluso evangelista de la libertad, os dirá sencillamente:

–¡Don Quijote!

Y de esa manera, por obra y gracia de la sed de justicia de los pueblos y de la bizarra tenacidad con que Jesús y el Quijote lucharon por calmar esa sed, inútilmente intentarán psiquiatras y filósofos convencernos de que el uno y el otro, fueron locos y no un gran Dios y un excelso caballero andante.

Mas retornando a las diversas interpretaciones de la novela de Cervantes, añadiremos que para otros el Quijote es el libro y el símbolo de España. Thomas Mann compendia ese concepto al afirmar que el caballero cervantino resume las cualidades clásicas de su patria: “La grandeza, el realismo, la generosidad mal aplicada y la caballerosidad inútil”. Y añade que Cervantes las sitúa en el hidalgo manchego con el propósito de ironizarlas implacablemente, pero que ellas se sobreponen a la sátira y llegan a cautivar el respeto del propio Cervantes. Dentro de esta diferente percepción del Quijote, él es el pueblo español, con su sentimiento trágico y a la par risueño de la vida; con su inextinguible valentía que le ha llevado, dando tumbos por los caminos de la historia, a acometer las más desiguales y descabelladas empresas; con su amor por la justicia que le ha hecho dar tantas veces en tierra con las costillas rotas y las muelas bañadas en sangre. Todos sabemos que para los curas, los barberos, los bachilleres armados y los duques, el pueblo español ha estado siempre rematadamente loco, tal como don Quijote. En vano han intentado los curas sanarle lo que denominan locura, aun cuando en ocasiones sinnúmero hayan apelado al expediente oscurantista de arrojarle los libros a la hoguera. En vano los barberos, los politicastros con alma y labia de barberos, han tratado y continúan tratando de engañarle, diciéndole que tiene razón, que sí es caballero andante, pero pugnando por encerrarlo en un carro de bueyes, en el anacrónico carromato de bueyes de la monarquía, para mantenerlo maniatado al turbio recinto sin horizontes de su aldea. En vano los bachilleres armados, los Sansones Carrascos de sable y presillas, han procurado domeñar por la fuerza la altivez de su espíritu y hacerlo desistir de sus intenciones justicieras. En vano los duques, que las más de las veces no son españoles sino ingleses, han querido divertirse a su costa, bajarlo de Rocinante para encaramarlo a Clavileños mecánicos, humillar su orgullosa miseria con pringoso dinero y fementida alcurnia. Han despilfarrado y seguirán despilfarrando su tiempo los curas y los barberos, los bachilleres de sable y los duques. El pueblo español sigue siendo loco de justicia y seguirá siendo loco de justicia, por los siglos de los siglos, amén.

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En verdad, los distintos interpretadores del Quijote que he mencionado andan en lo cierto, como andan igualmente en lo cierto otros que se quedan en el meollo, porque el Quijote es un libro ecuménico y cósmico que acepta y proporciona las más diversas exégesis. Es el libro del idioma y del estilo, es el libro de la justicia y de la libertad, y es el libro de las luces y las sombras de España. Pero es también el libro de la gracia y en esas aguas era donde yo deseaba anclar, ya que he sido invitado a esta sala para hablar de la gracia del Quijote y no de otra cosa.

En la mira inicial de don Miguel de Cervantes, el Quijote no fue posiblemente sino esto último: el libro de la gracia. En sus páginas primeras no palpitó tal vez el propósito de lograr una obra humanística, ni una ejemplar novela universal, sino el riente designio de burlarse de los libros de caballerías. Que el humorismo fue el germen deliberado de la obra lo expresa Cervantes en el divertido prólogo de esta manera:

“Procurad también que leyendo vuestra historia el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada de estos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más: que si esto alcanzárades, no habríades alcanzado poco.”

Con idéntico carácter de obra esencialmente humorística fue acogido el Quijote por los primeros que lo leyeron, que fueron los contemporáneos de Cervantes. De ello da fe una anécdota del rey Felipe III que ha sido aceptada y repetida por los biógrafos de don Miguel. Se refiere en ella cómo Felipe III divisó en cierta ocasión desde sus balcones a un estudiante que reía a carcajadas con un libro entre las manos. Y dijo el rey, volviéndose hacia uno de sus vasallos:

–Aquel mozo o está fuera de sí, o lee la historia de don Quijote...

Y ese humorismo, que hacía estallar la risa estruendosa de un estudiante hace trescientos cuarenta y cinco años, continúa regocijando a la humanidad, particularmente a los jóvenes que no se afanan por descifrar el profundo mensaje de la obra, ni se detienen a analizar la galana belleza de su prosa. Por lo que a mí respecta, recuerdo que a mis veinte años, cuando leía el Quijote mientras me ocultaba de la policía que me perseguía a causa de mis actividades revolucionarias, acaecióme un hecho llovido del cielo para ser referido en este trance. Sucedió que una mañana, al despertar en el estrecho cuartucho provinciano donde me había refugiado, observé la extraña desaparición de los dos gruesos y altos volúmenes de una edición antigua del Quijote. Llamé a la valerosa viejecita que me brindaba albergue y le notifiqué alarmado la enigmática ausencia de los libros. Y ella me respondió:

–Me los llevé yo misma, hijo. Porque usted se ríe tan recio cuando está leyendo ese bendito Quijote, que todo el pueblo va a terminar por enterarse de que yo tengo un hombre escondido en mi casa...

No obstante, si la intención del autor fue simplemente la de escribir un libro satírico contra las obras de caballerías, y si como tal lo recibió la gente de su época, la verdad fue que el genio de Cervantes, a medida que avanzaba en el desarrollo de la historia y hacía llover mofas y desventuras sobre el desdichado y loco caballero, fue tallando en su roca figura tan humana y tan generosa, tan varonil y tan plena de entereza, tan española y tan universal, que acabó por cobrarle amor y culto, y por hacérselos cobrar de todos cuantos la obra leyeren. Es creencia de muchos que Cervantes no tuvo al principio por aquel libro suyo la estima que se merecía, que nunca lo presintió su obra maestra, que situaba en más alto escaño La Galatea o cualquiera otra de sus novelas. En soporte de tal opinión, señalan el hecho de que, a despecho del éxito alcanzado por la primera parte del Quijote, Cervantes dejó pasar diez años sin concluir la segunda y sólo lo hizo apresuradamente cuando un Avellaneda usurpador pretendió escribirla por él. Es posible que estén en lo cierto quienes tal cosa aseveran. Quizás Cervantes, tras concebir aquel libro humorístico con el ánimo de zaherir a los disparatados autores de la literatura caballeresca, pensase que el humorismo era un tono menor del arte literario, como lo han repensado innumerables escritores y críticos de todos los siglos, inclusive del que vivimos, y no columbrara que se pudiera perdurar gracias a su ejercicio. Pero el propio Quijote es el más grande mentís a la tan difundida teoría discriminatoria del humorismo. Pues si Cervantes comenzó por burlarse del hidalgo manchego y concluyó por glorificarle, Alonso Quijano le pagó con la misma moneda, opacando primero toda la obra de Cervantes que éste tenía en mayor estima y haciendo de él uno de los más grandiosos escritores de la humanidad.

*

Y ya que he mencionado accidentalmente el desdén que determinados autores manifiestan con respecto al humorismo, porque lo consideran obra artística, y a veces ni eso, de escasa alzada, destructiva y frívola, la circunstancia me obliga a hilvanar algunas palabras acerca de la esencia misma de la obra humorística, la cual no debe ser confundida con la sátira destemplada del amargado, ni con la risotada barata del tonto de capirote.

Pero es el caso que buscar una definición ajena del humorismo –ya que no juzgo a mi sensato auditorio tan ingenuamente optimista como para imaginarse que yo estaba en capacidad de inventar una–, buscar una definición de humorismo, repito, es tarea tan riesgosa como perderse en la selva oscura de Dante, o en la Sierra Morena de don Quijote, o más comprometida aún, en la intrincada espesura de la filosofía alemana, de la cual sale muy poca gente con el seso sano.

Los más ilustres pensadores que en el mundo han sido, se han quemado las pestañas durante varios siglos tratando de decirnos en una frase breve y precisa lo que la risa, la comicidad y el humorismo son y significan. Kant llegó a esta síntesis: “Una afección que nace de la reducción repentina a la nada de una intensa expectativa”. Y Schopenhauer a esta otra: “La percepción repentina de una incongruencia entre una idea y el objeto real”. Y Spencer a la suya: “Un esfuerzo que de pronto se resuelve en nada”. Pero estas citas, que naturalmente no he tomado directamente de Kant, ni de Schopenhauer, ni de Spencer, sino de un esforzado erudito que tuvo la paciencia de rastrearlas y reunirlas, se refieren más al efecto que al humorismo en sí. Y en cuanto al humorismo como género literario, no se refieren de ninguna manera. Posteriormente se han puesto de acuerdo filósofos, ensayistas y críticos para proclamar que definir el humorismo como género literario es faena extremadamente difícil, si no imposible, y para esquivarle el bulto al problema cuando alguien se lo plantea de frente. La fórmula más cómoda es la de Benedetto Croce, quien se sale por la tangente de esta manera: “No hay humorismo, lo que hay son humoristas”. O de esta otra: “El humorismo es indefinible, como todos los estados psicológicos”.

Sin embargo, otro italiano bastante menos conocido que Croce, Enrique Nencioni, se había atrevido a lanzar a fines del siglo pasado una definición del humorismo que se lee con agrado: “El humorismo es una natural disposición del corazón y la mente para observar con simpática indulgencia las contradicciones y los absurdos de la vida”.

Por mi cuenta añado que el brete en que se han visto tantos pensadores al intentar una definición del humorismo se debe fundamentalmente a la complejidad, a la diversidad del asunto que han ensayado definir. El humorismo es agua que se desata y corre por entre prados y sembrados, llanuras secas y barrancos de piedra, rugiendo a veces como torrente, cantando otras como fontana. Toma el ropaje de la poesía, o el de la novela, o el de la historia, o el del teatro, o el de la música, o el de la pintura, según el pensamiento o la mano que lo engendran. Difiere de la ironía y de la sátira, de la caricatura y de la mueca, de lo festivo y de lo superficial. Una gavilla de atributos lo separa abiertamente de todas esas cosas que por humorismo entiende mucha gente.

En su solicitud por precisar tales ingredientes, Pío Baroja ha dicho que el humorismo es, fundamentalmente, contraste, contraposición de conceptos antagónicos, salto de lo trágico a lo cómico, desdoblamiento psicológico de la personalidad, aparición intempestiva de lo inesperado. Son los condimentos técnicos, formales del humorismo que ya habían sugerido Kant, Schopenhauer y Spencer y que aparecerán resumidos en la pauta “sentimiento de lo contrario” bajo la cual presentará más tarde Luigi Pirandello su propia definición. El humorismo es mucho más. El mismo Baroja afirma un trecho más lejos, “que el humorismo es tanto más verdadero cuanto menos fórmula emplea”. Y viene a ser, a fin de cuentas, el subversivo escritor vasco quien nos ayuda a desentrañar las substanciales cualidades que caracterizan la obra humorística.

Pío Baroja es demasiado prolijo en su ensayo y llegan a ser excesivos los requisitos y las raíces que al humorismo le adjudica. A nuestro juicio, las condiciones imprescindibles del humorismo, a más de su característica técnica pirandelliana como “sentimiento de lo contrario”, no pasan de cinco y son las siguientes: innovación, rebeldía, imaginación, realismo y humanidad.

El primer atributo es la innovación, porque no se comprende en sana lógica al humorismo aferrado a lo tradicional, ni quebrando lanzas para ridiculizar a lo porvenir. Está tan consubstanciado el humorismo al concepto de lo nuevo y a la acción de renovar que, cuantas veces surge un reformador audaz en el campo científico o artístico, el vulgo, que por lo general nunca llega a entenderlo, suele murmurar que se trata de un humorista extravagante decidido a mofarse de los principios inamovibles. Copérnico y Galileo fueron tildados de humoristas. Igual calificativo se endilgó a Darwin y a Newton. Y en la actualidad, en pleno siglo XX, llegó a estar harta difundida la creencia pazguata de que Einstein y Picasso son tan sólo dos geniales tomadores de pelo.

La segunda cualidad es la rebeldía, parienta muy cercana de la innovación. No es admisible expeditamente la idea del humorismo satisfecho, ni del humorista resignado. Por el contrario, una de las turbinas generadoras del humorismo es la inconformidad con el medio ambiente, con la estructura de la sociedad que rodea al artista, y el afán insurrecto de éste por quebrantar con el serrucho agudo de su ironía los pilares que la sostienen.

La tercera cualidad, cualidad y vehículo predilecto del humorismo, es la imaginación. No se concibe al humorista circunscrito a los fenómenos que percibe con los sentidos, como no se concibe un pájaro con las alas de piedra.

La cuarta cualidad del humorismo ha de ser el realismo que, lejos de construir negación o freno de la imaginación, sirve para realzarla e imprimir mayor majestad a su vuelo. La antítesis del realismo no es lo imaginativo sino lo artificioso. Y esto último sí es cierto que no tiene relación alguna con el verdadero humorismo. Cuando el humorista pretende nutrirse de artificio o desplante, que bastantes ejemplos hallamos en la literatura europea de este siglo, resulta postura forzada de clown, o esguince intelectualizado de ballet en el mejor de los casos. Es un tipo de humorismo que no determina la risa sino la convicción mental de sentirnos en el deber de reírnos.

La quinta cualidad del humorismo es la humanidad, la cual se nutre del realismo y se orienta por las agujas del corazón. El humorista desprovisto de humanidad se aquerencia por lo general en la sátira, en el sarcasmo, o en la invectiva, que están más cerca del mal humor que del buen humor. En contradicción abierta con el moralista, el humorista no concibe al hombre perfecto, ni al hombre íntegramente imperfecto, sino al hombre mezcla de lo perfecto y lo imperfecto, al hombre contraste, ya que el contraste es la base específica del humorismo. Y ese hombre contraste, para fortuna de los humoristas, es el hombre real. De ahí que los humoristas resulten siempre mucho más humanos que los moralistas.

Estos cinco atributos, que yo he seleccionado un tanto arbitrariamente como substancias medulares, atrapándolos en el curso del largo desfile que Baroja apunta, están presentes en El ingenioso hidalgo más que en ninguna otra obra de arte lograda por la mano del hombre. No os sorprendáis, por tanto, si el libro de Cervantes se mantiene lozano a través de los siglos, mientras se han marchitado y prosiguen marchitándose, a su vera, centenares de obras humorísticas realizadas por genios o semigenios, pero desprovistas de las cinco condiciones que vengo sustentando y arguyendo.

*

Aunque no juzgo necesario dilapidar mis energías en convencer a quienes han leído el Quijote de cómo en sus páginas desbordan las cualidades señaladas –novedad, rebeldía, imaginación, realismo y humanidad–, citaré algunos pasajes donde aparecen de relieve tales cinco condiciones, lo cual servirá al menos para demostraros que mi osadía no ha llegado al extremo de venir a meter baza en estas cuestiones sin haber ojeado antes con devoción el libro de Cervantes.

La novedad, innovación o renovación, está presente en toda la obra y nutre el espíritu de ella que no es otro en sus comienzos sino el de arremeter contra los libracos de caballerías, las citas eruditas, los sonetos y prólogos de encargo, así como muchas otras monsergas tenidas hasta entonces por tradicionales y más o menos dignas de respeto. Cervantes lo manifiesta en el prólogo:

“De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué anotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio como hacen todos, por las letras del ABC; comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoilo o Zeuxis aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro.”

Y suple los sonetos de encargo con aquellos deliciosos escritos de su propia mano, dirigidos a don Quijote, a Sancho, a Dulcinea, a Rocinante, y firmados por los más afamados caballeros andantes, sus damas, sus escuderos o sus cabalgaduras. No puedo resistir a la tentación de repetir aquel que respalda la firma del académico argamasillesco y fue compuesto en loor al discreto escudero Sancho Panza:

Sancho Panza es aqueste, en cuerpo chico
pero grande en valor. ¡Milagro extraño!
Escudero el más simple y sin engaño
que tuvo el mundo, os juro y certifico.
De ser conde no estuvo en un tantico,
si no se conjuraran en su daño
insolencias y agravios del tacaño
siglo, que aun no perdonan a un borrico.
Sobre él anduvo (con perdón se miente)
este manso escudero, tras el manso
caballo Rocinante y tras su dueño.
¡Oh, vanas esperanzas de la gente!
Cómo pasáis con prometer descanso,
y al fin paráis, en sombra, en humo, en sueño.

En cuanto a la rebeldía, ella es la luz permanente encendida en el viejo corazón de don Quijote y en las páginas todas del libro, no obstante las angustias y los albures que acarreaba el ser rebelde en aquellas edades de hogueras inquisitoriales y de galeotes encadenados por la Santa Hermandad. El amor a la libertad y a la justicia, que ha sido por siempre la simiente más pura de la rebelión, constituye la razón determinante de todas las sinrazones del caballero cervantino. Como expresivo ejemplo no citaremos la famosa aventura de los condenados a galeras, ni la destrucción del mentiroso retablo de maese Pedro, sino justamente la primera aventura que aconteció a nuestro denodado caballero, cuando aún andaba por el mundo sin escudero que lo acompañase. En aquel instante, para dar principio a la historia de sus hazañas, don Quijote se dispuso a batirse con el labrador sin entrañas que azotaba a su criado y, por añadidura, se negaba a pagarle cuanto le adeudaba por nueve meses de trabajo a siete reales cada mes. Allí, al iniciar su carrera de caballero andante bregando porque a los trabajadores se les pagase lo que por su esfuerzo les atañía, anuncia en temprana hora don Quijote que la rebeldía justiciera y la beligerante inconformidad van a ser el aliento vivificador de su destino.

De lo imaginativo en el Quijote, no es preciso insistir mucho. Toda la obra es un despliegue prodigioso de imaginación. Sus aventuras reales o realistas opacan, en cuanto a fantasmagoría se refiere, a las más irreales peripecias inventadas por los autores de libros de caballerías o de cualquier otro género de ficción. Por no citar sino un destello de esta portentosa imaginación de Cervantes traeré a cuento un párrafo del estrambótico cuanto extraordinario discurso que el caballero endilgó a Sancho para persuadirlo de que eran combatientes y no carneros quienes en la llanura levantaban espesa polvareda:  

“Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laucarco, señor de la puente de plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en el campo azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros gigantescos que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán del Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta que según es fama, es una de las del templo que derribó Sansón cuando con su muerte se vengo de sus enemigos; pero vuelve los ojos a estotra parte, y verás delante y en la frente de estotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles azules, verdes, blancos y amarillos y trae en el escudo un gato de oro en campo leonado con una letra que dice Miu, que es el principio del nombre de su dama que, según se dice, es la sin par Miulina, hija del duque de Alfeñequín del Algarbe.”

Del realismo del Quijote, no se diga. Frutos imperecederos de ese vivo realismo, gente verídica que todavía anda por esos caminos de Dios, son, no solamente Sancho y Dulcinea, sino todos los personajes que rodean al incorruptible paladín de la Triste Figura, inclusive los duques, que mal rayo los parta. Las sabrosas charlas que mantenían el hidalgo y el escudero, cuantas veces reposaba el brazo del caballero entre uno y otro fragor de las batallas, son sublime contraposición o contrapunto de imaginación y realismo. Nos brindan esos diálogos la más elevada expresión de “incongruencia entre una idea y el objeto real”, de que habla Schopenhauer, que viene a ser el mismo “sentimiento de lo contrario” de Pirandello, e igual al “contraste de conceptos antagónicos” de Baroja. Vale decir: humorismo.

A riesgo de que la cita resulte un tanto larga, copiaré fragmentos de una de esas pláticas, la que se produjo cuando Sancho Panza (el realismo) regresó a Sierra Morena tras haber partido hacia el Toboso portando una carta que el enamorado y penitente caballero (la imaginación) enviaba a su sin par Dulcinea:

“–Todo eso no me descontenta; prosigue adelante –dijo don Quijote–. Llegaste y ¿qué hacía aquella reina de la hermosura? A buen seguro que la hallaste ensartando perlas, o bordando alguna empresa con oro de canutillo para este su cautivo caballero.

–No la hallé –respondió Sancho– sino ahechando dos arengas de trigo en un corral de su casa.

–Pues haz cuenta –dijo don Quijote– que los granos de aquel trigo eran perlas tocados por sus manos; y si miraste, amigo, el trigo ¿era candeal o trechel?

–No era sino rubión –respondió Sancho.

–Pues yo te aseguro –dijo don Quijote– que, ahechado por sus manos, hizo pan candeal sin duda alguna; pero pasa adelante: cuando le diste mi carta ¿besóla?, ¿púsosela sobre la cabeza?, ¿hizo alguna ceremonia de tal carta, o qué hizo?

–Cuando yo se la iba a dar –respondió Sancho– ella estaba en la fuga del meneo de una buena parte del trigo que tenía en la criba y díjome: Poned amigo esa carta sobre aquel costal, que no la puedo leer hasta que acabe de acribar todo lo que aquí está.

–¡Discreta señora! –dijo don Quijote–; eso debió ser por leerla despacio y recrearse con ella delante. Sancho, y en tanto que estaba en su menester, ¿qué coloquios pasó contigo?, ¿qué te preguntó de mí?, y tú, ¿qué le respondiste?, acaba, cuéntamelo todo, no se te quede nada en el tintero ni una mínima... Bendigo y bendeciré todos los días de mi vida por haberme hecho digno de merecer amar tan alta señora como Dulcinea del Toboso.

–Tan alta es –respondió Sancho–, que a buena fe que me lleva a mi más de un coto.

–Pues ¿cómo Sancho –dijo don Quijote–, haste medido tú con ella?

–Medime de esta manera –respondió Sancho–, que llegándole a ayudar a poner un costal de trigo sobre su jumento, llagamos tan juntos, que eché de ver que me llevaba más de un gran palmo.

–Pues es verdad –replicó don Quijote–, ¡qué no acompaña esa grandeza y la adorna con mil millones de gracias del alma! Pero no me negarás, Sancho, una cosa: cuando llegaste junto a ella, ¿no sentiste un olor sabeo, una fragancia aromática, y un no sé qué de bueno que yo no acierto a dalle nombre? Digo ¿un tuho o tufo como si estuvieras en la tienda de algún curioso guantero?

–Lo que se decir –dijo Sancho–, es que sentí un olorcillo hombruno, y debía ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa.

–No sería eso –respondió don Quijote–, sino que tú debías de estar romadizo, o te debiste oler a ti mismo; porque yo sé bien a lo que huele aquella rosa entre espinas, aquel lirio del campo, aquel ámbar desleído.

–Todo puede ser –respondió Sancho–; que muchas veces sale de mí aquel olor que entonces me pareció que salía de su merced la señora Dulcinea; pero no hay de que maravillarse, que un diablo parece a otro.”

En cuanto a la humanidad, quinta propiedad del humorismo que hemos venido requiriendo, el Quijote está tan plenamente impregnado de ella que sería preciso leer ante vosotros la obra completa para abarcar la medida cabal de su contenido humano y humanístico. Como vosotros no me permitiréis que lo haga, me limitaré a traer a cuenta que la contextura espiritual de don Miguel de Cervantes era tal compendio de lealtad, de bondad, de generosidad y de valentía, que no es improcedente fantasía el considerar el libro del Quijote como trasunto directo de su silueta anímica. Quien conoció una niñez y una adolescencia de estrecheces y penurias; quien quedó manco en plena juventud; quien permaneció cinco años cautivo del moro Dalí Mamí; quien intentó fugarse repetidas veces de su galera de esclavos y otras tantas fue descubierto, encadenado y sepultado en oscura mazmorra; quien echó sobre sus propios hombros toda la responsabilidad de esas fugas, a riesgo de su vida, para proteger y salvar a sus cómplices; quien regresó a España a mal vivir de su magnífica literatura, en forma tan precaria que mejor provecho le produjo abandonarla por largo tiempo; quien vióse forzado a recurrir al oficio de comisario del reino, comprando víveres en las provincias y llevando unas cuentas que nunca supo llevar; quien fue a para a la cárcel por culpa de esas enrevesadas cuentas y porque soportó sobre sus espaldas toda esa vida dolorosa e injusta y, al final de ella, con mucho más de sesenta años a cuestas, fue capaz de concebir y escribir la regocijada y deliciosa segunda parte del Quijote, ése tuvo que poseer un alma grande y luminosa, un ejemplar espíritu de temple excepcional. Y como tal, dotado espléndidamente de las cualidades humanas que se requieren para realizar obra humorística, en el sentido cósmico que al humorismo le hemos venido atribuyendo.

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Con las anteriores sentencias, paciente y distinguido auditorio, había pensado dar remate a mis desaliñadas palabras sobre el humorismo del Quijote. Mas luego recordé haber afirmado al principio de este parloteo que mis apuntes contienen más de aventura que de charla y no echo en saco roto que, según las normas flexibles de nuestro señor don Quijote, no es lícito acometer aventuras sin pelear por alguien y con alguien. Pelearé, pues, antes de concluir y buscaré para ello, no a un endeble contenedor de fuerzas parejas a las mías, sino a un gigante que me aventaje desmesuradamente, como es de estilo en las camorras de los caballeros andantes.

Es así como he elegido de adversario, por mi cuenta y riesgo, al ilustre historiador, crítico y filósofo francés Hippolyte Taine, muerto a fines del siglo pasado. Admiro sincera y devotamente al señor Taine por su filosofía positivista y por su investigación científica de la historia, tanto más cuanto que Taine contribuyó eficazmente a diferenciar la historia de los libros de caballería; cosa que ya había hecho Cervantes con mucha anterioridad con respecto a la novela. Pero es el caso que Taine, en su estupenda y documentada Historia de la literatura inglesa, edifica una teoría acerca del humorismo que es abiertamente opuesta a cuanto yo he venido sosteniendo en estos papeles. Taine asevera, al analizar la obra de Thackeray, que el humorismo y la sátira son perjudiciales para la obra artística, amenguan el interés del relato y falsean los personajes. Y en otro capítulo mantiene, al analizar la obra de Carlyle, que el humorismo es género de talento que sólo puede agradar a los alemanes e ingleses, por ser demasiado áspero y demasiado amargo.

Es imposible que no ande descaminado Taine en los casos particulares de las sátiras de Thackeray y del humorismo de Carlyle, pero no logramos explicarnos el motivo que lo llevó a generalizar tan a la ligera, atribuyendo las fastidiosas digresiones de Thackeray y la gruñona aspereza de Carlyle, no a sus propias limitaciones y deficiencias, sino al género humorístico que emplearon. Si Thackeray se aleja de la trama y amengua el interés del relato, para pronunciar sermones de sátiras moralistas, la culpa es de Thackeray y no del humorismo. Si Carlyle se derrama en asperezas y amarguras, culpa es de sus rencores puritanos y reaccionarios, y no del humorismo.

En forma muy diferente, y mucho más ajustada a la verdad, se expresaría Taine si, al intentar juzgar y definir el humorismo, hubiese entresacado como modelos a Gogol o a Dickens, a Boccaccio o a Quevedo, a Rabelais o a Molière, y, particularmente, a Cervantes. Porque el humorismo del Quijote no es aspereza, sino humana dulzura; no perjudica el arte, sino lo eleva; no amengua el interés de la trama, sino lo acrecienta; no falsea los personajes, sino los insufla de vida eterna.

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Librado ya el combate contra el gigante muerto que no puede responder a mis mandobles, me apresuro a concluir esta disparatada charla sobre un excelso tema. A concluir repitiendo aquí una antigua apreciación mía, tan irresponsable y desatentada por cierto, que una profesora de literatura de cierta universidad latinoamericana dejó de saludarme para siempre a causa de habérmela escuchado. Dije yo entonces que admiraba la gracia y el ingenio de Cervantes por encima de todas las cosas de este mundo y del otro, y que, en el transcurso de la historia de las letras y del arte, sólo vislumbraba un ingenio y una gracia merecedores de equipararse a los del inconsumible clásico castellano. Hasta ese punto me escuchó sin inmutarse la buena señora, pero cuando yo le detallé que esa gracia y ese genio de estatura cervantina pertenecían a un inglés y que, para complemento, el inglés estaba vivo, quiso matarme.

Comprendo que es harto difícil aceptar que se admire en forma tan irrestricta a los hombres vivos, sobre todo si son ingleses. Pero no me causa sonrojo confesar ante vosotros que no obstante haber transcurrido años después del incidente, y a pesar de haber perdido irreparablemente la amistad y la estima de la sapiente educadora, sigo creyendo que el humorismo, el ingenio y la gracia de Cervantes sólo topan un rival digno en la trayectoria de los tiempos, y que ese competidor proporcionado se llama Bernard Shaw.

Apedreadme si queréis, gentil y resignado auditorio, para castigar debidamente este postrero desatino, que si por desventura me apedréais, yo correré en demanda del precioso bálsamo de Fierabrás y con una sola gota dejaré mi cuerpo libre de magulladuras y más lozano que una manzana.



 * Miguel Otero Silva, “El humorismo del Quijote”, en Prosa completa, Barcelona, Seix Barral, 1976, pp. 185-206. Texto leído en la Universidad Central de Venezuela, el 17 de octubre de 1954.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012