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El humorismo en México (en serio) *
Amado Nervo

 

I

La Crónica Mexicana, como sin duda saben mis lectores, ha abierto un concurso para composiciones humorísticas, la mejor de las cuales será premiada con un bronce que representa a Don Quijote en una de sus gloriosísimas campañas.

Al concurso han acudido autores más o menos desconocidos, con versos más o menos chistosos, leyendo algunos de los cuales se pregunta el lector: “¿Dónde encuentra la risa?” Y la pregunta no tiene respuesta.

De todos modos, el certamen que La Crónica ha abierto es digno de laude, porque estimularía a la musa regocijada y bulliciosa que en México duerme profundo sueño. El simpático periódico ha venido a ponernos de manifiesto que en México, en efecto, casi no hay poetas humorísticos.

Ahora bien: ¿por qué no se cultiva aquí esa literatura alegre, sana, que divierte al lector de sus tristes pensamientos y da grande amenidad a las publicaciones ilustradas?

¿Será porque nuestro numen es de suyo amante de la belleza trágica y romántica y desdeña los fáciles y encantadores alardes que hacen tan atractivas ciertas publicaciones de España? Parécenos que no radica ahí la razón de nuestro mutismo en el género ligero, sino más bien, como decíamos, en la falta de estímulo.

En general los poetas humorísticos son raros, estando en mayoría los serios; pero aun estos, si tienen verdadera inspiración, podrían encauzarla hacia el fin de que venimos hablando, con poco esfuerzo de su parte. Mas ¿para qué emplear ese esfuerzo si no se le recompensa?

En Madrid, a lo que sé, siguen, los escritores jóvenes sobre todo, un procedimiento de vastos resultados.

Reúnense todos en tal o cual tertulia familiar, y cada vez que en el seno de la alegre asamblea surge un chispazo feliz, una frase alegremente cáustica, una definición graciosa, no falta uno de los presentes que la anote en su cartera y que se aproveche de ella después para una crónica en verso, para una fábula, para una humorada de buena cepa.

Ahora bien: aquí en México se desperdicia mucho fósforo en las conversaciones y nadie piensa en aprovecharlo. Los hombres de cerebro de oro, que diría Daudet, van arrojando esquirlas por dondequiera, en el café, en la cantina, en los salones, y de esas esquirlas no saca partido nadie.

Generalmente no hay reunión, no hay tertulia de literatos, por pequeña que sea, donde no se establezca un fuego nutrido de graciosos equívocos, de atinadísimos quid pro quos, de picantes chistes, que darían material suficiente para una sección amena en un periódico ilustrado.

Muchos de esos equívocos, de esos chispazos espontáneos y brillantes, necesitarían para presentarse al mundo, hojas de parra; mas otros podrían ir por dondequiera tal cual su autor los parió, pues pertenecen a ese humorismo sano y casi inocente que el público saborea con fruición.

Estamos por decir que lo mejor de un literato es aquello que no escribe, aquello que dice sin pretensiones, para hacer amena una conversación, aquello que corre de boca en boca entre un reducido número de amigos y se pierde después.

Federico Gamboa, Luis Urbina, Peñita, Valenzuela, Bustillos, Larrañaga, Micrós, Peón del Valle, Martín Pescador, Michel y tantos otros, derrochan en íntimas conversaciones lo mejor de su humorismo, y cuando se trata de escribir suelen buscarlo y, o no lo encuentran, o lo desdeñan, y se lanzan a la literatura seria y gravedosa.

Y entre tanto, La Crónica Mexicana abre un concurso y concurren tres o cuatro poetas inéditos...

3 diciembre 1895

 

II

Comentando el ilustrado cronista del Universal, de amplia y hermosa manera, lo que dije acerca del humorismo en México, escribe:

“Es extraño –hacía notar un articulista– que los literatos de la generación actual, tan regocijados y alegres en los paliques, se enserien al tomar la pluma y pongan en el risueño rostro de Momo, a fuerza de retocamientos inútiles, un gesto doloroso. La verdad es que a mí no me parece este fenómeno tan extraño. Creo percibir que nuestros poetas modernos carecen de gracia nativa, de alegría ingénita, y aunque en ligeras conversaciones de calle lancen el chiste oportuno, envuelto en la irónica carcajada, este se funda, por lo general, en un violento retruécano, en un sutil juego de palabras, en la gimnasia extravagante de la dicción, más bien que en el concepto, en la idea artísticamente desproporcionada, engendradora de las emociones gozosas y de las risas francas. En España, donde la lírica agoniza con Campoamor –el anciano Mefistófeles– y Núñez de Arce –el viejo Merlín– el instinto musical de la raza ha aparecido de pocos años acá en un enjambre de abejas epigramáticas, cuyo zumbido alegre imita con gentil donosura las carcajadas inmortales de Quevedo, Góngora y de Cervantes. Sinesio Delgado, Pérez Zúñiga, Fiacro Yraizoz, Vital Aza, se ríen a mandíbula batiente de la sociedad en que viven, porque ella los estimula y los obliga a hacerla reír.

“El español, por naturaleza, es un burlón ingenuo que no posee la venenosa ligereza del francés ni la amarga jovialidad del germano. España es la tierra del chiste inocente y burdo, tomado d’après nature, sin adornos que lo falseen o encubran: la tierra en que nacieron El lazarillo de Tormes, Don Lucas del Cigarral y Rinconete y Cortadillo.

“Allí fue donde Quevedo tuvo el sueño de las calaveras y Velásquez vio sus borrachos.

“Ahora mismo, Luis Taboada, que suele ser grosero hasta lo soez, no hace más que convertir en artículos cuanto recoge en los arroyos matritenses. La gracia está en la atmósfera y se respira allá como un acre perfume.

“Aquí, entre nosotros, el pueblo bajo que ha tenido un magnífico Homero en Fidel, tiene su gracejo; pero ya no es, por cierto, aquel que nos trasladó Guillermo Prieto al libro, el de La musa callejera, con sus chinas de enaguas lentejueladas, sus léperos de vívido refajo y sus verbenas coloridas y vertiginosas, como las fantasmagorías de una linterna mágica. Hoy, ese pueblo, que quizá no ha existido sino en la fantasía de su poeta, es un taciturno que, cuando se embriaga, en una locura imbécil, insulta con la obscenidad. No hay aquí modelos para esculpir la estatua de la Risa. Nos ha quedado, como un sedimento negro, la tristeza indígena. El indio no conoció la gracia. Nuestros literatos, los que aguzan las saetas del epigrama, son imitadores: dibujan sus sátiras al margen del libro espiritual. Calcan los finos contornos de la desnuda alegría parisiense. Hasta suelen comentar y traducir a Rabelais. No pueden imitar la innata sencillez de Cervantes. No son humoristas espontáneos.”

*

No creo que el humorismo vaya alicaído en México; más bien dijera con el cronista que esos modelos para esculpir la estatua de la Risa no han existido nunca; y sí creo firmemente que ese pueblo bajo, de Fidel, jamás ha existido sino en la imaginación de Fidel.

Poco tiempo ha que vivía, se movía, palpitaba romances. ¿Y tan pronto habría muerto?

El artista, que sensibiliza el ideal, hermosea la realidad, y Fidel ha hermoseado a nuestro pueblo; pero ¡qué caudal de imaginación ha gastado para ello! Nuestro pueblo ha sido siempre el mismo: el taciturno, que cuando se embriaga en una locura imbécil, insulta con la obscenidad.

En la atmósfera nuestra sí podría respirarse la gracia. El sol ha hecho más conquistas que Don Juan, decía, si no me equivoco, Byron. Nuestro sol y nuestro cielo podrían reconquistarnos para la alegría; pero nuestra generación siente las tristezas de un difícil y duro estado de cosas: es esta una sociedad naciente y, sin embargo, viciada ya; una sociedad que lleva, en embrión si se quiere, todas las desolaciones de las sociedades refinadas.

Pero aún hay almas sanas que saben reír con la risa franca, sana y graciosa que contamina la alegría. Yo conozco algunas. ¡Que escriban! Que sean la nota regocijada en el cuadro de las tristezas de nuestros pensadores.

10 diciembre 1895

 

III

De mi primer fuego fatuo relativo al humorismo en México, han tenido la bondad de ocuparse algunos estimables colegas míos, cuyas opiniones, como tenía que suceder, discrepan tantico así.

El conceptuoso e inspiradísimo Luis Urbina dice que nuestra generación es una generación triste, y que cuando en México se hace humorismo, es este una calca del humorismo francés, de ese regio, de ese travieso, de ese espiritual y juguetón humorismo francés.

Añade el poeta que aquí el chiste se forja, retorciendo, moldeando, descomponiendo la frase. Y es esta la picaresca, no la idea. Es cierta, en parte, tal afirmación: nuestro humorismo es calamburesco generalmente, ni más ni menos que el francés; pero también tenemos de otro, del filosófico, del tendencioso.

Y en cuanto al calamburesco, siendo nuestro idioma tan rico, se explica su privanza.

Quisiera citar a este propósito muchos artificiosos juegos de palabras que me sé, pero temo hacer extenso mi artículo y recordaré solo algunos.

Pidiéronle en cierta ocasión a Peña y Reyes una frase picante para Varona Murias, y escribió:

Varona: lo contrario de varón; Murias: lo mismo…”

Un amigo mío refería la siguiente historia:

En una de las exposiciones de Coyoacán, un ranchero se acercó a un americano que cuidaba de una jaula de gallinas.

–¿De dónde son? –preguntó con curiosidad.

Y el cuidador respondió con acento netamente yankee

–Sumatra.

–¡La suya! –contestó el ranchero dando media vuelta indignado.

A otro amigo mío, llamado Cuauhtémoc, pedíale cierto sujeto una regular cantidad de dinero, y Cuauhtémoc contestó:

–¿Estoy yo acaso en un lecho de rosas?

Y preguntando un poeta qué género de piezas teatrales le gustaba más, respondió:

–En el teatro, lo mismo que en la vida privada prefiero la come-dia a la trage-dia.

Hasta aquí el equívoco gracioso, y otro hasta aquí, por no llenar muchas cuartillas.

En cuanto al chiste de otro género, el que no hace retruécanos ni desmembra frases y que van animado por gentil esprit, abunda tanto o más que el primero, pero solo tiende su ala en las tertulias familiares de los literatos.

¿Es también artificioso?

Acaso, más yo suelo hallarlo espontáneo.

Así, pues, nuestra ingénita tristeza no nos impide ni afilar calambures ni moldear agudezas.

¿Por qué, entonces, vuelvo a preguntar, aquellos y estas no salen a lucir en el apropiado campo de la revista dominical?

Ecco il problema.

Monaguillo, cuando supo que alguien se atrevía a negar la existencia del humorismo en México, encendió una hermosa luz de bengala, para decirnos:

–Pero, señores, si no hay humorismo, ¿cómo se llama eso que me permite pagar al sastre y al librero, a la casera y a la criada?

Humorismo se llama, sin duda, y del bueno; pero… una golondrina no hace verano.

Y Crónica Mexicana tercia también en la cuestión. En su concepto, no consiste el humorismo en el chiste insulso. Es claro que no.

El humorismo es la sonrisa de la literatura, y acaso, acaso, el más fino no hace reír, hace sonreír únicamente.

El filósofo, por ejemplo, enciende una sonrisa leve y nada más, porque provoca la reflexión.

Más bien hace reír el inofensivo, el que tiene una gota de filosofía, diluida, una sola; ejemplo: El burrito precoz, de Michel, y los cuentos bíblicos de Dávalos.

Y es que cuando el humorismo hace pensar... ya no se ríe.

Jamás ha hecho surgir en mi rostro una sonrisa el excelso humorista Campoamor, y sí, algunas veces, me ha dado tristezas.

El humorismo filosófico es triste; más aún, es cruel... Sin embargo, muy bello.

Y hoy por hoy, tampoco lo tenemos en México.

Por lo demás, decir que no tenemos humorismo no es decir que no lo tendremos. Que las publicaciones literarias estimulen ese género y habrá quien lo ensaye, quien se cure más de escribirlo que de derrochar el poco que pone en reuniones íntimas.

Nuestra literatura, naciente apenas, está melancólica; pero es una gentil muchacha que necesita solo un rayo de sol para abrir el capullo bermejo de sus labios con celestial sonrisa.

2 enero 1896  

 

Humorismo

Yo sostuve en El Nacional (y en esa ligera campaña hicieron armas en mi favor algunos colegas) que en México no florecía el humorismo; que con dificultad se encontraba un humorista de buena cepa; que el esprit entre nosotros claudicaba. Atribuí esto a tales y cuales causas, y otros lo atribuyeron a causas distintas, y se filosofó mucho, hablando quién de la tristeza ingénita de nuestra raza, quién de la neurosis “emperadora” que se nos ha colado por todas las claraboyas del cuerpo, y quién de la falta de estímulo.

Se discutió mucho y, naturalmente, no se convino en nada, absolutamente en nada.

Words, Words, Words que dijo un tal Shakespeare, y todo quedó como antes. México, sin más que dos o tres humoristas: Monaguillo, Martín Pescador, etcétera, y la cuestión en pie o en cuclillas, como ustedes quieran.

Pero la evolución en teorías es indispensable; todos opinamos hoy de distinta manera que ayer, y yo, que no constituyo la excepción de ninguna regla, estoy a punto y en sazón de retractarme.

¡Que no hay humorismo! Pero ¿dónde tendría yo el criterio, Dios mío? Para castigo de mi afirmación, casi no recorro hoy periódico que no traiga una sección bajo cuyo nombre exótico, se hacen chistes.

Ya se denominan puyazos (que no pinchan), ya quiscosas (que ni a cosas llegan), ya dimes y diretes.

Tres, cuatro nombres distintos y el humorismo... en potencia.

Veamos algunos specimens de ese humorismo de nuevo cuño:

“El periódico Fulano dice que el triunfo de la candidatura del General Díaz fue unánime.”

“¡Hombre, hombre!”

*

“El periódico Mengano se enojó con nosotros porque le dijimos subvencionado.”

“¡No me mates, no me mates!”

*

“El Gobernador de tal parte anda ahora de banqueteo.”

“¡Oh santa onomastía!”

Bueno, lector, pues ya no citaré más. Pero ¿verdad que la risa no parece? Que siente uno deseos de preguntar como los escolapios: “¿Dónde entra?”

Recuerdo que en Michoacán hay un pueblecillo, Ixtlán, famoso por sus salinas, de las cuales se extrae una sal de primera calidad. Y recuerdo asimismo que cuando alguien en aquellas comarcas refiere un chascarrillo soso, los oyentes dicen a una voz y con solemne gravedad:

–¡Le falta la de Ixtlán!

Así digo yo al leer los humorismos (?) de algunos periódicos:

-¡Le falta la de Ixtlán!

23 julio 1896.



 * Amado Nervo, “El humorismo en México (en serio)” y “Humorismo”, en Obras completas, t. I, Madrid, Aguilar, 1967, pp. 522-523; 525-526; 540-541; 636-637.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012