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El humor como expiación *
Álvaro Mutis

 

Es bien sabido que el verdadero humorista no es el que hace reír sino el que nos hace reflexionar con desconsuelo sobre nuestras incurables debilidades. El que hace reír es el contador de chistes, ya sea de viva voz o por escrito. Este humor bastardo no deja huella, la risa ha servido de exutorio y por ella nos hemos liberado de toda posible meditación, de toda incómoda conciencia de nuestras flaquezas y piadosas mentiras que nos sirven para sobrevivir precariamente. Es por esto que el verdadero humorista es ave rarísima en toda literatura. Pocos son los que cabe señalar en cada siglo como dignos de tal distinción. El humorista clásico jamás busca efectos cómicos a fuerza de magnificar monstruosamente las cosas que le suceden a la gente o las manías y debilidades que la siguen implacables. El humorista mira, percibe y escoge, y en esta selección de los detalles consiste todo su arte, toda su destreza de impiadoso relator. Después de leer una página de un humorista auténtico, sólo nos queda la indulgencia con los demás y con nosotros mismos. Una resignada indulgencia que desemboca a menudo en una tenue sonrisa de aceptación. La gran carcajada sirve, en cambio, para aliviar al que, a fin de cuentas, no acabó viendo más allá de sus narices.



 * Álvaro Mutis, “Guillermo Muñoz de Baena o el humor como expiación”, en A mí me encantan los niños… ¡Asados!, de Guillermo Muñoz de Baena, México, Porrúa, 2006, pp. xiii-xv. Fragmento. 

Guillermo Espinosa Estrada, 2012