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Berenjenas con queso *
Hugo Hiriart

 

“Estalló un incendio en la biblioteca de la Casa Blanca, pero los dos libros de Bush fueron salvados.” El humor es agresivo, busca una víctima. Es exagerado (en el caso del ejemplo, dicen que no tanto). Y es, digamos, poético, en el sentido de ser una forma indirecta y elaborada de decir algo.

“Llámase virgen en Roma a la mujer que no ha recibido ninguna proposición”, define Juvenal. Y ahí están las tres notas: pendenciero, desorbitado y barroco.

A veces el humor es simétrico, con elegancia neoclásica, Bernard Shaw dice a Churchill:

–Te regalo dos boletos para mí estreno, mañana. Lleva a un amigo, si te queda alguno.

–Mañana no puedo ir –responde Churchill–, voy pasado mañana... digo, si tu obra aguanta dos noches.

¿Qué sería de nosotros sin el humor?

Pero ¿quién lo entiende? Que yo sepa, nadie. Forma parte del misterio de la más enigmática de las capacidades humanas, la capacidad de reír.

¿Por qué nos reímos?, ¿qué nos da risa?, ¿para qué reímos?

No. Sería pedir demasiado tratar de explicar eso. El universo de la risa es inabarcable: una forma de comunicación con una gama infinita de matices.

Antes de aprender a hablar, el niño ya sonríe. ¿Por qué sonríe? Así está hecho. Bien, pero ¿por qué está hecho así? ¿Por qué desarrollo el mono la sonrisa?

Estas preguntas son anormales, raras como fenómenos de feria.

El humor, como la poesía, nos permite entrar en contacto con lo que no acabamos de entender. Debe de haber sido Nacho Méndez, que era incansable, el primero, allá en el café de Filosofía y Letras, en explorar el subgénero de los “chistes explicados”, que consistía en contar chistes malísimos, y luego proceder, con seriedad y cierta ampulosidad, a explicarlos.

–Vea usted caballero: lo gracioso de este chiste reside en que el perico...

Lo más risible eran, por supuesto, las explicaciones.

Porque, en efecto, el humor, como la poesía, no se puede explicar. Para capturar un chiste se necesita cierto sentido, el sentido del humor, que no es universal, sino variable de persona a persona.

El sentido del humor es cosa muy extraña. Por ejemplo, a Tennesse Williams la famosa línea de su obra Un tranvía llamado deseo: “I have always depended on the kindness of strangers”, más o menos equivalente a “siempre he dependido de la amabilidad de los extraños”, que es en la pieza a todas luces patética y desamparada, le parecía chistosa y siempre se reía estruendosamente cuando la oía en el escenario (razón por la cual el difunto Elia Kazan, primer director de la obra, le prohibió entrar a presenciar los ensayos de su obra).

¿Y, bueno, la línea es o no es chistosa? Depende de cómo la veas, porque, aunque nadie, excepto Tennessee, creo, la ha visto como laugh line (línea de risa, es decir, chiste), él pudo verla así. Los chistes alemanes que eligió Schopenhauer para ilustrar su teoría de la risa son impenetrables, pero todo, hasta eso, podría ser chistoso visto desde cierto ángulo.

Cierto ángulo. El padre de Groucho Marx, que pasa unos días en la casa de su ilustre hijo, le informa:

–Hijo, tienes ratas en el sótano.

–Y dónde querías que las tuviera, papá, ¿en la sala?

El humor siempre es sorpresivo. Lo consabido y ordinario no da risa. Sólo lo extraordinario, lo anómalo, lo intempestivo mueve a risa. El ingenio verbal consiste en dar con lo inesperado. Como sabía muy bien Oscar Wilde, quien –demos un ejemplo de su inagotable ingenio– observó: “La diferencia entre un capricho y una gran pasión es que el capricho dura más.”

Pero, claro: no es todo lo inesperado, sino lo inesperado oportuno y ligero, porque el humor casi siempre es desahogado y libre y juguetón.

“No te rías, que es muy serio”, nos conminan. Los libros sagrados, por ejemplo, son serios y no abundan en humor. Sólo ciertos textos taoístas o del budismo zen, que yo sepa, se valen del humor como vehículo de experiencia religiosa.

La Biblia tiene sólo un libro entero que puede entenderse como comedia. Es el del profeta Jonás. Y es buena comedia, creo yo. Tiene también el episodio del asno parlante de Balaam (Números 22, 22-23). El asno habló, aunque, curiosamente, no fue muy interesante lo que dijo el animal. El sentido del episodio es mostrar, dicen los exégetas, que Dios puede hacer profetizar a Balaam que era un mal hombre y un mal profeta –como puede, si quiere, hacer hablar a un asno.

Lo que no se entiende, lo absurdo, lo inmotivado y loco, anda cerca del humor. Digo, en la ciencia hay poco humor. Pero ¿por qué nos reímos cuando encontramos la solución de un problema? Bueno, no te ríes porque sea chistoso: hay muchas clases de risas.

“Cuando en la tierra los humanos planean su futuro, los dioses en los cielos ríen a carcajadas.” El humor involuntario de los humanos. ¿Por algo así se producen las sonoras y emblemáticas carcajadas del diablo? Ahí habría un ejemplo de humor que no es precisamente ligero y juguetón.

La noche que la mataron
Rosita andaba de suerte:
De tres tiros que le dieron
Nomás uno era de muerte.

El humor pertenece, digo, a un grupo de actividades que precisan una peculiar capacidad apreciativa. La poesía, la música, la filosofía y la religión figuran entre ellas, y tienen en común que son maneras de tratar con lo inexplicable. Un problema filosófico –como este que consideramos, a saber: ¿qué hace chistoso lo chistoso? –puede integrar y despertar la fantasía de algunos, y dejar por entero fríos e indiferentes a otros. Los versos de Baltasar de Alcázar

Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón:
la bella Inés, el jamón
y berenjenas con queso.

ilustre muestra de poesía humorística, no engendran en todos el mismo entusiasmo.

Mi amigo Francisco Liguori, que acaba de fallecer, era incomparable poeta satírico. Sólo Salvador Novo o Renato Leduc se igualan con él, creo, en el México moderno. Liguori hacía epigramas portentosos, epigramas con el aguijón escondido en la miel, como debe ser. Por ejemplo, a su querido maestro Azuela, el jurista, hijo de don Mariano, el novelista, que asistía con perezosa irregularidad a sus clases en la facultad de Derecho, le clavó este epigrama:

Ya se murmura en la escuela
en son de chunga y relajo
que al caro maestro Azuela
pesan mucho Los de abajo.

Luis Spota, joven e inexperto, atacó a Novo en un artículo titulado La culta dama, nombre de una pieza teatral de Novo. En su respuesta el maestro acuñó el más celebre, ponzoñoso y letal de los epigramas modernos mexicanos, como se sabe, así:

Este grafococo tierno
tiene por signo fatal
en el apellido paterno
la profesión maternal.

“Grafococo”: reducción a bacteria literaria; nada mal. Pero es tirar con piedras. Mi humor predilecto no es ese, frontal, de ofensiva cerrada. Prefiero el humor lateral, oblicuo, que aparece como que no quiere la cosa en la seriedad. Uno de los maestros de esta deleitosa hipocresía es, claro, Thomas de Quincey, y en esto nada como su insuperada obra maestra Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes. He aquí una muestra del toque señero con que inicia su trabajo:

“Probablemente la mayoría de nosotros hemos oído hablar de la Sociedad para el Fomento del Vicio o del Club de Fuego del Infierno, que fundó en el siglo pasado Sir Franco Dashwood. En Brighton, creo recordar, se estableció una Sociedad para la Supresión de la Virtud. Dicha sociedad fue asimismo suprimida, pero lamento decir que en Londres existe otra de carácter aún más atroz. Por sus tendencias podría llamarse Sociedad para el Fomento del Asesinato, pero mediante un delicado eufemismo se hace llamar Sociedad de Entendidos en el Asesinato. Sus miembros se declaran interesados en el homicidio; aficionados y diletantes en las diferentes modalidades de matanza: en pocas palabras, amantes del asesinato. Siempre que se registra un nuevo horror de esa naturaleza en los anales policiacos europeos, se reúnen para hacer la crítica como si de un cuadro, de una escultura o de otra obra de arte se tratara.”

He ahí el planteamiento. Sigue todo el libro. Como pueden observar, y observó Julio Torri –que parodió muy bien a De Quincey en De fusilamientos–, la sustancia está en el tono socarrón.

No es así en Neary, un personaje de Beckett quien “maldijo primero, el día en que había nacido, luego –en audaz flash back– la noche en que fue concebido”. Esta línea me parece feliz. En las letras del siglo XX no hay como Beckett: es el más chistoso. ¿No es eso de “audaz flash back” algo exquisito? Su humor es sardónico, o, como dice el diccionario, “sin alegría interior”, porque, claro, Beckett no es precisamente jovial y felizote.

La cualidad sardónica se capta fácilmente en Sam, personaje de Watt, quien “no hacía secretos de haber cometido adulterio locamente a gran escala, moviéndose de lugar en lugar, en su autoimpulsada silla de inválido, con viudas, casadas y solteras...”

Al agotarse las posibilidades de respuesta racional, sostiene Sartre en su conocido esbozo de teoría de las emociones, sobreviene la emoción. Nos emociona lo que no acabamos de dominar con la cabeza. Por ejemplo, lo absurdo, lo contradictorio que, por serlo, es incomprensible, nos hace reír. “Quiero mucho a mi madre –dice otro personaje de Beckett– porque, después de todo, hizo todo lo posible porque yo no naciera.” Esto es ingenioso justamente porque es contradictorio y, al contradecirse, suscita una respuesta emotiva.

Lo absurdo es el hábitat de la risa. La risa doméstica humaniza lo absurdo, es nuestra defensa contra lo caótico. ¿Qué no aligera y hace soportable la sátira certera?

Por eso, en calidad de defensa ante el poder irracional, la risa es invencible. ¿Qué puede hacer la tiranía contra ella? Como esa inmortal súplica que contiene el recado que es fama que el gran Petronio dejó a Nerón, el emperador con ínfulas de artista, cuando éste lo obligó a abrirse las venas en la tina de agua caliente: “Calumnia, asesina, quema Roma, roba lo que quieras, pero por favor, Nerón, no cantes.”

“¿Por qué un pato?”, se titula la comedia de los Hermanos Marx. Y bueno, ¿por qué no? A la hora de la risa, recordamos para terminar, se vale todo y más, si lo encuentras.

¿Qué sería de nosotros sin la risa?



 * Hugo Hiriart, “Berenjenas con queso”, en Letras libres 59, México, noviembre 2003, pp. 16-18.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012