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Humor, poesía y estupidez *
Isidoro Blaisten

 

Los actores saben que es mucho más difícil hacer reír que hacer llorar. Esto se debe al hecho de que todo el mundo llora por las mismas cosas, pero no todos se ríen de las mismas cosas.

¿Quién no ha llorado cuando Gunga Din muere tocando la corneta? ¿Quién no ha llorado cuando la gaita resuena entre los clanes diezmados y los vuelve a la batalla? ¿Quién no ha llorado cuando Enrique Muiño, que hace de ciego, toca el violín y muere convocando a los patriotas? ¿Quién no ha llorado cuando Enrique Muiño, que hace de cura, hace tañir a rebato las campanas? Sólo un insensible.

Aguatero hindú, gaitero escocés, ciego salteño, cura gaucho, todos morirán tocando su instrumento y el espectador llorará. Llora también leyendo. ¿Quién no ha llorado con la muerte de Don Quijote, quién no ha llorado en la parte en que a Miguel Strogoff le queman los ojos con la espada al rojo vivo, quién no ha llorado con La madre de Gorki? Sólo otro insensible.

Sin embargo, hay quienes permanecen impertérritos ante la lectura de los cuentos de H. Bustos Domecq, de Borges y Bioy Casares, que a mí me resultan desopilantes. Me exalto, se los recomiendo, pero se me quedan mirando con cara de auto. Les recomiendo a Cortázar; me dicen que está acabado. Les recomiendo a Marechal; me dicen que fue peronista.

Creo que el humor, como la poesía, no es algo que se explica. Borges dice que sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, y agrega: “Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se dedican a enseñarla”.

No conozco ningún gran escritor que no frecuente el humor, que no trate con él, que no ejerza su comercio. Aventuro el porqué. El humor en la literatura, como en la vida, deriva de un mismo hecho: conjurar la angustia, exorcizar el dolor, salvarse. El humorismo es la penúltima etapa de la desesperación. El subrayado es mío y el libro, también. Se llama Anticonferencias.

 

Literatura y lugar común
Ante el estupor que provoca la incorregible estupidez humana, el humor impone su desmesura. Entonces el humor es una infracción, pero de alguna manera nos está ofreciendo un ordenamiento del caos, quizá la única forma de ordenamiento y la única forma de salvación: la del absurdo. Decía Lugones: “Yo sé que cinco más cinco son diez, pero me da una rabia...”.

Pero lo que nunca podrá vencer el humor es el lugar común. Pasarán los años, tejerán las arañas su tela en la ventana, nacerá la ternura en cada nacimiento, volverán las oscuras golondrinas, y la gente seguirá diciendo las mismas estupideces.

Hace ciento treinta y nueve años, Flaubert comenzó a definirlas en su inmortal Dictionnaire des idées reçues. He aquí doce de ellas:

Diamante. ¡Se terminará por producirlos artificialmente! ¡Y pensar que no es más que carbón! ¡Si lo encontráramos en su estado natural ni siquiera lo recogeríamos!

Pan. No se tiene idea de todas las porquerías que hay en el pan.

Jorobados. Tienen mucho talento. Las mujeres lascivas los buscan mucho.

Huevo. Punto de partida para una disertación filosófica sobre el origen de los seres humanos.

Lince. Animal célebre por sus ojos.

Navegante. Siempre intrépido.

Estornudo. Después de decir ¡”Salud”!, trabase en discusión sobre el origen de esta costumbre.

Infanticidio. Sólo lo comenten las clases populares.

Omega. Segunda letra del alfabeto griego, ya que siempre se dice: alfa y omega.

Erección. Sólo se menciona al hablar de monumentos.

Rubias. Más ardientes que las morenas (ver morenas).

Morenas. Más ardientes que las rubias (ver rubias).

Ciento treinta y nueve años después, en la Argentina, “las cuentas no cierran”, “el tejido social está enfermo” y todo es “más de lo mismo”. No hay ironía que no sea fina ni lirismo que no sea hondo, ni reportaje a pintor, músico, maestro panadero o filetero mayor de ochenta años que no comience con estas únicas palabras: “Con sus jóvenes ochenta y tres años, el maestro filetero Antonio Piedrabuena...”.

 

Tres maestros
Creo que el humor, como la poesía, da lugar a la metáfora. El humor es siempre una metáfora, la intuición que establece el nexo entre dos imposibles. Enlaza dos ideas imposibles y las torna visibles. Es un dictamen de belleza que encierra en su mecanismo poético el júbilo del descubrimiento.

La poesía descorre el velo de la belleza. El humor desgarra el velo de la estupidez.

La vida me confirió la felicidad de haber conocido a tres poetas que transformaron el humor en la literatura: Borges, Mastronardi, Marechal.

El humor de Borges era único. Campeaba aun en los ensayos. En Arte de injuriar, habla de la célebre parodia de insulto que improvisó el Dr. Johnson: “Su esposa, caballero, con el pretexto de que trabaja en un lupanar, vende géneros de contrabando”.

Mastronardi era un diablo entrerriano. Sus prólogos eran famosos: “No lejos del hallazgo, el autor no teme esa leve monotonía”. En 1942, Borges presentó su libro El jardín de senderos que se bifurcan para optar al Premio Nacional de Literatura. No le fue concedido. La revista Sur publicó un número de desagravio. Allí, Mastronardi escribió esto:

“Los jurados resolvieron agasajar la tristeza argentina en las personas de Carrizo y Acevedo Díaz, escritores que nunca se mostraron sospechosos de inspiración creadora. Ese doble entendimiento con la melancolía, y también con numerosas páginas constrictoras, hizo que el mejor libro presentado a dicho certamen quedara al margen de toda consideración oficial. Gentiles con lo imposible y escrupulosos con los ausentes, los integrantes de ese organismo han querido demostrarnos que en la realidad caben todas las formas del prodigio y la fantasía.”

Refiriéndose a la literatura argentina de su época, Marechal escribió: “Siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de la última estética”.

Creo que siempre “la última estética” será un cadáver mientras carezca de humor, descubrirá cada tres años lo que ha sido descubierto ciento treinta y nueve años atrás y correrá el albur de acercarse peligrosamente a la enumeración final del Adán Buenosayres:

“–Serio como bragueta de fraile, más fruncido que tabaquera de inmigrante, mierdoso como alpargata de vasco tambero, con más vueltas que caballo de noria, solemne como pedo de inglés.”  



 * Isidoro Blaisten, “Humor, poesía y estupidez”, en Cuando éramos felices, Buenos Aires, EMECÉ Editores, 1992, pp. 84-90. 

Guillermo Espinosa Estrada, 2012