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El sentido del humor *
Edgar Neville

 

Cuanto más y más se afila el hombre refinado, más lejano se siente el que quedó a medio camino por sentirse ya satisfecho de sí mismo y de su vida.

Nada tan desconsolador como volver a encontrar compañeros después de veinte años de separación y de saberlos perdidos en tierras de pan y sosiego, pero de incuria espiritual, y comprobar que el mismo idioma ya no nos sirve para entendernos. ¿Cuál es la diferencia más profunda entre el hombre verdaderamente civilizado y al tanto de las cosas del día y aquel que no lo está? Aparentemente está bien definida esa diferencia: la cultura, tal vez los modos sociales, posiblemente la desenvoltura en el trato, en la manera de vivir…; pero si reparamos un poco, lo que caracteriza más profundamente al hombre civilizado es el tener un sentido irónico de la vida, “el sentido del humor”. Pero, ¡cuidado!, porque esta condición establece una frontera mucho más sutil que las de la clase social, las del tiempo y las de la geografía.

La riqueza y la instrucción no traen siempre aparejado ese sentido; por eso encontramos a veces unos sonrientes y menesterosos semianalfabetos con este apreciado don del humor.

El sentido del humor es una actitud ante la vida en la que el sujeto tiene los ojos muy claros y la mente muy serena, en la que el individuo no está dispuesto a creer ni a admitir los tópicos y lo establecido así como así. Es un espectador de todo lo que alrededor suyo, pero más dispuesto a encontrarle a las cosas y a las actividades el lado irónico que el dramático.

A veces se ha identificado el humor con la amargura y con el escepticismo, pero hay que rechazar de plano esta idea, porque el humor no es siempre, ni muchísimo menos, sátira, y si en la sátira a veces, sólo a veces, vemos mezclada un poco de amargura, en el auténtico humor no cuenta este saber para nada. El hecho es que ningún tonto, ningún ser primitivo tiene sentido del humor, porque es privativo, como decíamos, del hombre refinado.

Los ingleses y americanos, salvo excepciones, tienen sentido del humor, y los alemanes, salvo excepciones también, son la negación del sentido del humor. Vaya esto por delante para aclarar lo que queremos decir.

El francés raramente tiene sentido del humor: tiene a veces esprit, que no es lo mismo. Y es que para que un pueblo tenga sentido del humor necesita creer que es lo que en realidad es, y no creer que es lo que no llega a ser.

En España, y sigo salvando las excepciones, claro está, tenemos dos zonas donde el sentido del humor se da con facilidad: Madrid y Andalucía llana, y otros focos menos definidos, pero que andan por los bosques de Ampurdán y por algunos puntos esparcidos aquí y allá.

No hay que confundir, naturalmente, el sentido del humor con la gracia o con el esprit, como hemos dicho antes. La gracia, en su sentido de lo “cómico”, llega también a otras regiones pero, repetimos, no tiene que ver con el humor. Si hablamos del humor de Andalucía llana no nos referimos a lo que se llama la gracia andaluza, tan discutible; no nos referimos a los chistes y comparaciones, al que si esto se parece a lo otro y a lo de más allá, al poner motes, en fin, a todo ese gracejo de escaleras abajo que no hace daño a nadie, pero que es generalmente una gran vulgaridad.

No, lo que demuestra que el andaluz, hasta el más pobre y el más inculto, es un hombre extremadamente civilizado, es el sentido irónico que tiene la vida, la sonrisa exterior a veces sólo interior, con que escucha y mide todo lo que se le dice y la manera que tiene de acoplar su vida al medio a veces difícil en que se desenvuelve. Esto mismo le pasa al madrileño, aunque en menos extensión, y desde luego eliminando al chispeante gracioso profesional.

Ahora habría que hablar de la proyección que tiene en el mundo, en la política de cada país, en las relaciones internacionales, el que éstos estén llevados y gobernados por gente que tiene sentido del humor o por gente que no lo tiene.

¿Hubiera ocurrido la catástrofe pasada si Hitler hubiera poseído una mínima chispa de ironía, un atisbo de humor?... ¿Y qué hubiera ocurrido si Mussolini no hubiese perdido la sonrisa interna de su juventud?

Lo único que sabemos es que la guerra la han ganado principalmente, aun utilizando ejércitos no propios, América y Gran Bretaña, a cuya cabeza había hombres con gracia, con risa, con alegría y que nunca, ni en los momentos más críticos, perdieron el sentido del humor.

Quede, pues, el desarrollo de estas ideas para otra ocasión.



 * Edgar Neville, “Sobre el humorismo”, en Obras selectas, Madrid, Biblioteca Nueva, 1969, pp. 745-746.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012