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El humor *
Miguel Mihura

 

La ironía es de mala educación; es obra del mal genio, del rencor, de los celos, del resentimiento. Lo satírico es agrio, antipático, es un aguafiestas que llega a una casa convidado y dice cosas desagradables a la gente, sin necesidad. Pretende asignarse una misión moralizadora y por esto es impertinente, con impertinencia de viejo gruñón o de convaleciente de la gripe. Crea odios y rencores, fomenta lo esquinado, lo tortuoso, lo turbio.

El humor es un capricho, un lujo, una pluma de perdiz que se pone uno en el sombrero; un modo de pasar el tiempo. El humor verdadero no se propone enseñar o corregir, porque no es ésta su misión. Lo único que pretende el humor es que, por un instante, nos salgamos de nosotros mismos, nos marchemos de puntillas a unos veinte metros y demos una vuelta a nuestro alrededor contemplándonos por un lado y por otro, por detrás y por delante, como ante los tres espejos de una sastrería y descubramos nuevos rasgos y perfiles que no nos conocíamos. El humor es verle la trampa a todo, darse cuenta de por dónde cojean las cosas; comprender que todo tiene un revés, que todas las cosas pueden ser de otra manera, sin querer por ello que dejen de ser tal como son, porque esto es pecado y pedantería. El humorismo es lo más limpio de intenciones, el juego más inofensivo, lo mejor para pasar las tardes. Es como un sueño inverosímil que al fin se ve realizado.

Como dijo Mark Twain: “El humor es nuestra salud. Cuando aparece en nosotros, toda dificultad se vence; todo rencor se evapora. Y la tempestad de nuestras cóleras se abren a un alegre sol”.



 * Miguel Mihura, Mis memorias, en Obras selectas, Barcelona, Editorial AHR, 1971, pp. 802-803. Fragmento.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012