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Conceptos *
Ramón Pérez de Ayala

 

Ironía y humorismo
El Quijote es un gran libro irónico y es un gran libro humorístico. De aquí que algunos confunden e identifican humorismo e ironía. Aunque compatibles, son actitudes psíquicas diversas, y aun contradictorias en ocasiones. Cabe esta duplicidad de actitud en una misma obra literaria, y por tanto en la psique del autor. Claro que sí. Yo puedo, al propio tiempo, decir que sí con los labios y que no dentro de la cabeza. La ironía consiste en fingir que se toma en serio algo notoriamente indigno de ser tomado en serio. Consiste, en general, en decir justamente lo contrario de lo que se da a entender, sirviéndose de cierto énfasis retórico, burlesco y delator. El ejemplo más alto: los Diálogos platónicos. Cuanto más evidentes desatinos declara el interlocutor, tantos más elogios simulados, y tanto mayor asentimiento y más aduladores adjetivos finge dedicarle Sócrates. El humorismo, por el contrario, no es que finja tomar en serio lo que unánimemente se reputa indigno de tal consideración, sino que, en efecto, y con toda sinceridad, lo toma en serio (como ya hemos explicado en artículos previos). Y viceversa: muchas cosas y personas, admitidas por común asenso como muy serias, no las toma en serio el humorismo, antes bien, desentraña en ellas, por modo inconcuso, una falta absoluta de seriedad. La ironía es una actitud estrictamente intelectual, abstracta, desarraigada del terruño afectivo. El ironista enfoca al hombre en cuanto máquina de pensar. La falta de una máquina de pensar consiste en pensar mal, en discurrir con torpeza o con error. Esto consiste un fracaso del mecanismo mental, una falta de continuidad funcional; por tanto, una falta de seriedad, en el sentido de seriación lógica. Y el ironista juega, fingiendo tomar por lo serio esta falta de seriedad (o seriación) intelectual. Pero, el humorismo es, en cambio, una actitud de totalidad psíquica (intelectual, afectiva, patética, de signo positivo; esto es, de simpatía). Acaso el humorista trata a su persona irónicamente, en cuanto este personaje es sujeto pensante, pero a la vez lo trata humorísticamente; es decir, si por un lado finge tomarlo en serio, burlándose de él intelectualmente, por otro lado lo toma muy en serio, cordialmente en serio, con toda simpatía humana; trasciende así el humorista de su subjetividad (aunque sin perderla) y se infiltra en la intimidad individual (inteligencia, afectos, pasiones; unidad psíquica, en suma) del personaje. Los griegos, raza sobremanera intelectualista, propendían a la actitud irónica. El humorismo es una actitud moderna. Sobreviene después de muchos siglo de Cristianismo; o sea después del descubrimiento del infinito valor íntimo espiritual de todos y cada uno de los hombres. Cervantes trata a Don Quijote y Sancho irónica y humorísticamente, de consuno.

 

Comicidad, sátira y humorismo
La comicidad ininteligente no ve en el objeto cómico sino un estímulo de risa contenida, casi fisiológica. La comicidad inteligente (comedia clásica), solicita la risa como un correctivo ético. Lo cómico inteligente se presenta como anotación de una falta de la conducta moral, y viene a ser como una demostración ejemplar por el procedimiento ad absurdum. La sátira encierra, asimismo, un fin ético y ejemplarizante, sirviéndose, no pocas veces, como medio instrumental de la risa. Pero en tanto lo cómico inteligente se ciñe a la moral habitual (lo ético, en cuanto saludable o conveniente colectivo, comprobado por largas costumbres), la sátira se orienta hacia una moral más exigente, hacia una idea de perfección, generalmente más bien individual que colectivo. Pero la sátira no ve en el individuo sino la distancia que le separa del ideal de perfección, y a causa de esto le veja, flagela y condena; en tanto, el humorismo no deja de percibir aquel apartamiento entre lo individual y lo real, pero conviene también en la intimidad patética del individuo, y por virtud de esto, le disculpa y le salva. Hace lo que aconseja la teología moral: aborrece el pecado y perdona al pecador. Y no ya le perdona, sino que le justifica. Comoquiera (ya lo hemos visto) que el territorio propio del humorismo es la intimidad individual, se deduce que el humorismo guarda cierto parentesco colateral con la sátira. Si la sátira es un procedimiento eficaz hacia el perfeccionamiento (“castigo”, en latín, significa corrección; un estilo castigado es el corregido con esmero), o bien el satirizar es perder el tiempo, recordemos lo que asevera el gran satírico inglés Swift: “La sátira es un espejo donde el individuo aludido ve la imagen de su semejante, pero jamás la suya propia.” No hay humorismo ingenuo (bien nacido) sin la apetencia de perfección, sin un ideal consciente de perfección, precisamente individual. El Quijote nace con intención satírica contra los libros de caballerías. Esta sátira no va contra los resultados nocivos y vitandos de los libros de caballerías en la colectividad, sino en un individuo singular, Don Quijote. El satírico, a secas, se hubiese circunscrito a poner de bulto aquellos absurdos e irrisorios resultados individuales. El humorista, en cambio, se adentra en Don Quijote, y nos revela su dignidad humana. Y no sólo eso, sino que, a la par, se adentra en la intimidad del ideal caballeresco, en el cual concluye descubriendo también allí un magnífico contenido de dignidad humana, a pesar de las insensateces de los libros de caballerías y de las consecuencias desastrosas de su mala o excesiva aplicación a la vida real y cotidiana.

 

Fórmula
A título provisional, propongo la siguiente fórmula del humorismo: ironía + sátira + comicidad + ideal humano + simpatía humana. Son seudohumorismo: la ironía estúpida, la sátira negativa (sin ideal) y la comicidad inteligente; tomadas vulgarmente todas ellas como humorismo de ley.

 

Trascendencia
Lo que predomina en la fórmula del humorismo es la trascendencia, de dos órdenes. A: trascendencia intelectual, espiritual; ideal humano (lo cual supone un concepto general de la vida y del universo). B –más especialmente, tanto en lo cualitativo como en lo cuantitativo–: trascendencia subjetiva, trasfusión del autor en el personaje, simpatía humana. Según el concepto general de la vida y del universo sea más elevado, amplio y preciso, en el humorista, se eleva en igual relación la calidad del humorismo. Los más grandes humoristas: Cervantes y Shakespeare.

 

Lo grotesco
Dotar de humanidad densa e inmediata a un personaje literario, novelesco o teatral, de suerte que estimula al pronto simpatía, comprensión humanas en el lector o el contemplador, es empeño mediocre y sobremanera hacedero si se trata de personajes de mediocridad cómica, tallados por el patrón medio y asadero de todos los hombres (mitad risibles y mitad patéticos), puesto que cada persona por sí se ve sin esfuerzo de dislocación, traslación o trascendencia, representada en ellos. El humorista, por eso, busca y se propone tempranamente empeños más arduos e infunde la más irresistible y representativa simpatía humana en personajes de insuperable traza ridícula o repulsiva, grotescos: por ejemplo, Don Quijote, Falstaff. En este respecto, los primeros humoristas de nuestro tiempo son Dickens y Galdós. Aventaja el español al inglés, porque el ideal de éste es un subideal (sentimentalismo, únicamente), y el del otro abarca una completa intuición de la vida y del mundo, a la cual nada humano es ajeno.

 

Figuras ideales
Por todo lo expuesto y como quiera que el territorio peculiar del humorismo es la intimidad individual, la meta suprema de esta actitud y aptitud literaria consiste en la creación de grandes figuras ideales humorísticas (Cervantes, Shakespeare y Galdós).



 * Ramón Pérez de Ayala, “Conceptos”, en Amistades y recuerdos, Barcelona, Aedos, 1961, pp. 269-273.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012