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Derivación de sátira hacia el humorismo *
Teodoro Torres

 

En esos siglos en que a la caballería sustituye la cortesanía galante de los que vinieron a dulcificar las costumbres de los hombres de hierro de la edad media y del feudalismo, es cuando comienza a echarse de ver la derivación de la sátira hacia un concepto más agradable en la crítica de las debilidades humanas. En una de las comedias de Shakespeare, Las alegres comadres de Windsor, encontramos por vez primera la palabra “humour” en boca del cínico Falstaff, que había de tener ilustre descendencia en los lores y gentlemen, elegantemente cáusticos, de las comedias de Oscar Wilde. Rabelais y Molière dan vida a Pantaguel y a Tartufo, dando, al mismo tiempo, a la humanidad, “el gran confortativo de la risa”. Según Sainte Beuve, Molière ya no fue el satírico cuya principal misión fuera zaherir, sino que consideraba a la humanidad como a “una vieja chiquilla incurable a quien hay que corregir un poco, a quien hay que consolar, pero, sobre todo, divertir”.

Falstaff, Tartufo y Sancho Panza forman la trinidad de los grandes tipos cómicos y señalan al mismo tiempo la diferencia de los humores, conforme al temperamento de las razas. Falstaff es una avanzada del humorismo inglés, que tiene los más cínicos desplantes y dice las más regocijadas agudezas sin mover un músculo de su cara, a la manera de Chaplin, ilustre nieto de los grandes histriones ingleses. Tartufo, con la abundante teoría de los personajes de Molière que encarnan todos los vicios y todas las bajas pasiones: el avaro, el misántropo, el farsante, las preciosas ridículas, tiene ya lo que se ha llamado más tarde el “esprit” francés; Sancho es la quintaesencia de la cazurrería, “costal de malicias”, ensartador eterno de refranes, y un poco abuelo de nuestros rancheros y campesinos, de los mozos de estribo, arrieros, sotas y toda esa gente que en México, desde Periquillo hasta Canillitas, ensanchó el refranero español con los dichos, pullas, refranes, albures, tanteadas, carnes, choteos, y vaciladas que desfiguran el idioma para disfrazar vergüenzas o subrayar descaros.

El razonador y frío sajón es el padre del humorismo, de la sátira civilizada que no se descompone ni se exalta para decir las burlas más agudas, sino que es elegante y hasta poética con Lord Byron y vivamente mordaz con Bernard Shaw. El español es el creador del género cómico, que “en el tinglado de la antigua farsa” hizo reír con sana y exultante risa a los públicos de aquellos duros tiempos en que, según el insigne Benavente, “el pueblo tenía esa filosofía del que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura”. La ingenuidad y la sencillez del pueblo no precisaba del chiste científico, tabulado, preparado con máquina de calcular, en que vino a tener remate, con Muñoz Seca, el sainete que era jugoso, desbordante de ingenio con don Ramón de la Cruz y don Ricardo de la Vega, y tuvo la soberana gracia andaluza en las comedias de los hermanos Quintero y en los entremeses de Arniches y Luceño.

Entre estos dos pueblos, tan diferentes de espíritu y de naturaleza y modo de vivir y de sentir la alegría, encarnó, haciéndose gentil, la antigua sátira. Y la verdad es que no sabríamos con quien quedarnos a la hora de escoger un rasgo de ingenio, de oportunismo chispeante y vivaz: si con Mark Twain, consanguíneo cercanísimo de los Moore y de los Swift y, para mí, uno de los humoristas natos, que llevan el humorismo en la sangre y lo sienten y lo viven y se alegran con él; el humorismo cuya vida tiene la palpitación convulsiva y espasmódica de la risa; o con Quevedo y Ricardo de la Vega, que en trance de muerte y a la hora de las supremas tristezas hicieron el último chiste.

A Mark Twain le escribió, cierta vez, un admirador e imitador suyo preguntándole si era cierto que los mariscos fortalecen el cerebro y aguzan el ingenio, y mandándole al mismo tiempo unas cosas humorísticas que había escrito para que, en vista de la calidad de las composiciones, le dijera si estaban bien así o si necesitaba él la fosfórica refacción y en qué cantidad, de los consabidos mariscos.

La respuesta de Samuel Clemens, el verdadero nombre del humorista yanqui, fue rápida y mortal como una bala: “Yo creo que para que mejore su ingenio –respondióle– le bastarán a usted unas dos o tres ballenas...!

Ricardo de la Vega, el que había condensado en sus sainetes la gracia infinita del pueblo madrileño, próximo a expirar, llamó a sus hijos para confiarles un secreto que toda la vida le había abrumado; y cuando los dolientes esperaban la revelación de un misterio espantoso, el sainetero español les dijo, con la lívida y macabra seriedad de un moribundo: “Habéis de saber, hijos míos, que toda la vida me ha cargado el Dante...”

Y Quevedo, cuando el notario que recibió su testamento le preguntara cuánto dejaba para la música que en aquellos tiempos acompañaba a los entierros, protestó diciéndole: “que la música la pague el que la oiga”.

La diferencia que hay entre estos humoristas y los satíricos antiguos es que aquellos se despojaron de la parte amarga, hiriente y personalísima de la crítica y del ataque individual, y encubrieron con alegre vestidura las realidades serias que los otros atacaban de frente y sin el soslayo que hace tan graciosa una invectiva, amortiguada como va con el algodón del eufemismo, lanzada como un “boomerang” en sentido opuesto de su dirección final para que vaya a dar, de sorpresa, en el blanco y atenúe el encono del ataque.

Esta es, a mi modo de ver, la diferencia que existe entre humorismo y sátira. Hay quien pretenda hacer todavía una nueva clasificación entre “humour”, el humor inglés y el humorismo, que debe ser todavía más suave, como el que sale dulcemente de las doloras de Campoamor.

Un entendido escritor suramericano, don Mariano de Vedia y Mitre, establece esa diferencia diciendo que el “humour” inglés no es el equivalente del humorismo, aunque se roce con él. “El ‘humour’ surge de una profunda desilusión de todo lo humano. Huye de la gravedad para desdeñar en definitiva vanidades, sueños de grandeza, de gloria, así como la mística de la acción. Y en medio de todo ello aparece espontáneamente una jovialidad que hace contraste con el cuadro desilusionado de la vida. Nada lejos está Cervantes de este aspecto típico del humor inglés. Y encuadra bien en él Rabelais. Taine en su conocida historia de la Literatura inglesa, ha dicho con exactitud: ‘Entre otras cosas tiene el gusto de los contrastes’. Swift chancea con la expresión grave de un oficiante y desarrolla con hondo convencimiento los absurdos más grotescos. Hamlet, estremecido de terror y desesperado, es un chisporroteo de bufonerías. Heine se burla de sus propias emociones. Gustan del disfraz, recubren solemnes a las ideas cómicas y ponen una casaca de Arlequín a las ideas graves”.

Con todo, nuestro comentarista americano admite que Shakespeare es francamente humorista en Las alegres comadres y en Como gustéis, y tiene que hacer consideraciones que se quiebran de sutiles para decirnos cuándo hay “humour” en una obra y cuándo humorismo.

Si alguna otra clasificación quedara por hacer, y eso aplicándola al riquísimo coto de las letras castellanas y al ingenio de nuestros pueblos que hablan la lengua de Cervantes, sería el de la gracia, hija legítima, por línea recta de varón, del humorismo, en maridaje con la disposición romántica y amorosa que todos, a Dios gracias, poseemos en estas tierras de cielos azules, de sol y de encanto: la gracia andaluza y madrileña, castiza y gitana, que nos tocó en herencia con la sangres de nuestros abuelos hispanos; la que brota luminosa, como el sol de una tarde estival, de las comedias de los hermanos Quintero, en las que hay un pasaje (en Las flores) donde un ardido galán se acerca a un puesto de rosas y pide un manojo de ellas para obsequiarlas a su dama, y la florista, que quiere aumentar sus beneficios, pues se trata de una obra de caridad, anticipa:

-Aquí las flores son caras, caballero...

y el interpelado responde:

-No, aquí las caras son flores...

la gracia picante de las doloras de Campoamor:

Te advierto, ángel caído,
Que ya has perdido en la opinión las alas
Y que el olor de santidad que exhalas
Ya sólo lo percibe tu marido.

la gracia de nuestros rancheros que barajan “albures” e improvisan canciones y echan silvestres flores a sus enamoradas, en charreadas y jaripeos, entre una mangana y una crinolina; gracia humilde y sencilla que huele a flor de campo, a tierra recién mojada, y a fragante hálito de selva virgen:

Comadre, cuando yo muera
Haga de mi barro un jarro
Si de mi tiene sed, beba.
Si la boca se le pega
Serán besos de su charro.



 * Teodoro Torres, “Derivación de sátira hacia el humorismo”, en Humorismo y sátira. Discurso pronunciado por el autor en su ingreso como Individuo Correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua, Correspondiente a la Española, el 24 de Septiembre de 1941 y respuesta del Académico de Número, Don Carlos González Peña, México, Editora Mexicana, 1943, pp. 42-49.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012