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Lo cómico *

Azorín

 

En 1909 se estrena El método Górriz, de Carlos Arniches y de Enrique García Álvarez. Un crítico, Francos Rodríguez, lo he visto en uno de sus libros, dice que esta obra “no es literaria”, pero que “hace reír”. ¿Y qué es lo literario y qué es lo iliterario? ¿Lo sabe alguien? En el teatro todo es contingente: todo es literario y todo es iliterario. Según se mire. En el siglo XVI, un autor escribe, entre otras, una obra en que salen veintidós personajes: no hacen más que comer y beber; beber y emborracharse. Son todos, nos dice Moratín, “ladrones, glotones, borrachos, maldicientes, blasfemos, provocativos, disolutos”. Habla uno en latín, otro en francés, otro en italiano, otro en valenciano, otro en portugués y los demás en castellano. Promueven todos con sus lenguas diversas y sus borracheras una confusión babélica. ¿Será esto literario o iliterario? Y en el teatro, ¿qué es tragedia y qué es melodrama? ¿Es melodrama o tragedia el Edipo, de Sófocles? ¿Es melodrama o tragedia el final de Don Álvaro? En El método Górriz se levanta el telón y contemplamos a un profesor que está dando la lección a unos alumnos. Se trata de una academia para la formación de tenorios en veinticinco lecciones. La lección que presenciamos es la primera; es decir, lección de piropos; después vendrá la lección de ratimagos, y luego, prácticamente, en la calle, la de seducción. Pero este primer cuadro, ¿es literario o no lo es? No puede ser ni más fino, ni más cómico, ni más bien observado. No es posible que se dé más delicado ingenio. He leído –con placer– el teatro de Eugenio Labiche; su autor fue académico; sus obras se pusieron en los dos teatros oficiales de París, Comedia Francesa y Odeón; en el Odeón he visto una de las más celebradas comedias de Labiche. Y puedo asegurar, después de la lectura, pensando en la representación de El sombrero de paja de Italia, que es la obra vista por mí en el Odeón, que Labiche, académico, autor aceptado por el Estado francés, no es, ni mucho menos, superior en comicidad a nuestros autores cómicos, un Arniches, un García Álvarez, un Joaquín Abati, un Antonio Paso. Y sus obras, las de Labiche, tan celebradas, no superan en lo cómico a El método Górriz, o El pollo Tejada, o El pobre Valbuena, o El terrible Pérez.

Las cosas en su punto. Hay en unos cuarenta o cincuenta años, comprendidos entre parte del siglo XIX y parte del siglo XX, un extraordinario florecimiento de lo cómico.

Se podrían contar hasta doscientos escritos cómicos en prosa y verso. El centro de todo lo cómico, en esa época, es el Madrid Cómico. No solo existen infinitos escritores cómicos, sino que lo cómico está sancionado por los grandes periódicos: muchos periódicos insertan diariamente una sección cómica en verso. Por ejemplo, como descollantes, citaremos la de El Liberal, en Madrid, y la de El Cantábrico, en Santander, redactada por José Estrañi. Y no sólo pululan los escritores cómicos, sino que llega a publicarse una Historia cómica de España, en dos volúmenes, en Madrid, en 1911, escrita por Taboada, Pérez Zúñiga, Sinesio Delgado, Tomás Luceño, Vital Aza, Manuel del Palacio, Ramos Carrión, etc. Y nos preguntamos: ¿a qué se debe tan sorprendente floración de lo cómico? ¿Qué causas contribuyen a tal desenvolvimiento de una facultad literaria? Se nos antoja que el auge de lo cómico responde a la plenitud de una literatura. Y que sólo se da lo cómico cuando una literatura alcanza su máximo esplendor. En el Siglo de Oro existe, naturalmente, lo cómico: cómicos son muchos romances, ya con el matiz de la sátira, ya con el de la parodia; parodia de los socorridos romances moriscos. Han escrito también poesía cómica Lope, en las Rimas, de Tomé de Burgillos; Góngora, en sus letrillas; Quevedo, en sus Jácaras. Y en el siglo siguiente, el XVIII, siglo en que el estro amengua, no deja de haber poesía cómica también. ¿Y qué son las parodias que José Iglesias de la Casa hace de los grandes poetas clásicos, sino graciosísimas poesías cómicas? ¿Y qué hace sino comiquizar la vida, en cuanto se lo permite la Ordenanza, “el capitán coplero”, Eugenio Gerardo Lobo?

Lo cómico en el teatro tiene modernamente, entre nosotros, una trayectoria que hemos de señalar: en el siglo XIX, durante cincuenta años, domina la intriga: digo la intriga en obras cómicas. Se da vueltas y más vueltas al teatro de Scribe. Se acomoda Scribe a nuestras maneras y costumbres. No hay comedia que no gire en torno de un enredo más o menos hábil. ¿Y por qué, pasado ese afán, en la segunda mitad del siglo, la intriga en el teatro es lo secundario, y lo principal es la pintura de costumbres? ¿Cómo se ha pasado de una modalidad a otra? ¿Ha influido en ello el auge de la novela? Comoquiera que sea, el cambio es plausible; cambio que implica un amor a España, una observación de España, una descripción de las costumbres españolas, que vemos manifiestas en el teatro cómico. El llamado sainete –que es algo más que sainete– condensa la modalidad de que hablamos. El sainete es pintura de costumbres. Y el sainete es sentido de lo cómico. 

¿Cómo ha desaparecido el sainete? ¿Cómo ha disminuido el gusto por lo cómico?

 


 * Azorín, Estética..., Obras completas, v. IX, Madrid: Aguilar, 1963, pp. 1108-1111.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012