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Del uso de lo cómico en Sudamérica *
Juan Bautista Alberdi

 

Aunque piense Victor Hugo que el drama es la forma conveniente al arte actual en Francia, otro tanto no podría decirse del arte en nuestro país, bien distante de la situación actual de la Francia.

Parece que el elemento del arte que más conviene a nuestra posición es el elemento cómico. Se debe esta creencia a las razones que siguen:

La risa es una necesidad de toda infancia; es un elemento con el cual quiere ser combinado todo lo que es destinado para ella. La infancia come, estudia, descansa, reza riendo; y la austeridad misma no consigue con la severidad más que excitar su risa. La sociedad americana está en la infancia. En todo, hasta en sus actos más graves, ostenta a menudo cierta jovialidad infantil. Su vida está delante, no ha pasado: puede volver hacia atrás sus ojos, sin tener que llorar glorias que ya no gozará. Una larga tradición, una larga vida melancoliza los pueblos como los hombres: es un manantial de melancolías el recuerdo de lo pasado. América no tiene pasado.

Esta sociedad, ahora tan bella, no tiene recuerdos:

las ciudades son nuevas, y los sepulcros de ayer.

Chateaubriand

El sol de sus destinos aún no ha nacido: recién asoman las alegrías de la aurora. Se desean gorjeos y no suspiros.

Por otra parte: la vanidad, que no cede a la razón, tiene horror al ridículo. La sociedad americana es vana, la revolución la ha formado así: se reputa en más de lo que realmente vale. Las revoluciones envanecen a los pueblos, dice bien Quirot. Cuando ha debido emanciparse, la sociedad americana ha tenido necesidad de esfuerzos desmedidos. Para ello tuvo necesidad de poderosos estímulos. Fue menester prometer el rango de otras naciones: persuadirla de que era tan acreedora, tan digna como la primera. Que su conquista era obra de breves sacrificios: a cada balazo debía nacer una libertad, a cada sablazo una garantía. Así que cuando hubo sableado, cuando hubo vencido, cuando hubo obrado portento de valor, de novelería, de heroísmo, llegó a creer como lo cree todavía, que había llevado a cabo la obra de su emancipación. Entretanto, y es necesario confesarlo, la verdad no es esta; ella se cree ilustrada, y no lo es tanto como se cree; se considera emancipada, y depende aún de la industria, de las ideas, de las tradiciones extranjeras. Es menester desengañarla: tenemos esta misión desgraciada los que estamos llamados a comunicarla un progreso. Tenemos que decir a nuestros grandes hombres, que no son tan grandes hombres, a nuestros ciudadanos que no son tan ciudadanos, a nuestras ilustraciones que no son tan ilustraciones, a nuestras naciones que todavía les falta bastante para serlo.

Cuando un pueblo está en el fango, es menester mentirle que es lo que no es, a fin de ennoblecerlo: cuando ha conseguido levantarse a otra región, es preciso desilusionarlo, hablarle la verdad, declararle lo que es realmente, a fin de que se conozca y procure perfeccionarse. Lo contrario sería engañarlo pérfidamente, sería proceder como vencedor, como un cortesano, como un malvado. Pero decid a nuestras sociedades lo que son: no os lo creerán. Pero ponedlas en relieve, presentadlas un espejo verídico, un retrato austero, y no podrán menos que verle, y confesarle, y corregirle. Los pueblos americanos son hoy una especie de caballeros andantes que campean en la civilización del siglo XIX: su Dulcinea es la libertad. Es menester que un Cervantes los haga dejar la lanza, porque el Toboso, a punto fijo, es la industria y las ideas, que no se conquistan a lanzazos.

El ridículo rebosa por todas partes en la sociedad americana: en la política, en el comercio, en la administración, en las artes, en las letras, en las costumbres, en los hombres, en las cosas. Resalta a la luz que refleja la civilización de la Europa de este siglo, la revolución nos ha sacado bruscamente de entre los brazos de la edad media, y nos ha colocado, sin preparación, al lado del siglo XIX. Las dos civilizaciones se han desposado en nuestro país, pero viven mal casados, como era de esperar. El joven siglo brillante de gracia, de juventud, de actividad, no puede menos que sonreír con ironía a cada instante de su esposa chocha, decrépita, ridícula. Este consorcio heterogéneo se presenta, en todas las situaciones, en todos los accidentes de nuestra sociedad. En nuestras bibliotecas, Newton y el padre Almeida, Alfieri y Jouffroy, Lerminier y Covarrubias, Tapia y Pardessus. En nuestras tertulias, la brillante cuadrilla y el taimado y decrépito minué, las ideas de Leroux y los cuentos de duendes resucitados. En nuestra legislación, un código civil de la edad media, y un código político del porvenir. La misma antítesis en las personas, en los edificios, en los muebles, los trajes, los usos, las costumbres. El trabajo del cómico para evitar la risa no sería, pues, otro que alumbrar con la antorcha del siglo XIX las facciones visibles de las cosas viejas que nos circundan.



 * Juan Bautista Alberdi, “Del uso de lo cómico en Sudamérica”, en El iniciador, julio 15 de 1838. Seguimos la versión de Escritos satíricos y de crítica literaria, José A. Oría ed., Buenos Aires, Academia Argentina de las letras, 1986, pp. 137-141.

Guillermo Espinosa Estrada, 2012